Desde que tengo memoria, los tacos están presentes en mi vida de alguna manera. Me acuerdo de mi mamá, con sus escarpines de todos los colores, alineados en el clóset como una paleta de pintura: rojos, negros, verdes, con brillos, siempre listos para combinar con sus chaquetas y sus bolsos de los mismos colores. Recuerdo también a mi hermana y a mí, con 12 o 13 años, con botas con taco magnolia o kitten heels para los eventos de gala, y otras opciones “más discretas” para el día. El taco no era un tema de debate, era un código aprendido, parte del uniforme de lo que entendíamos como feminidad.
No se cuestionaba, simplemente se elegía cuál te gustaba más.
Esa costumbre, que también se replica en la historia de otras mujeres, está anclada a un recorrido mucho más largo. Aunque en la actualidad asociamos el tacón automáticamente con lo femenino, sus primeros usos documentados estuvieron vinculados a los hombres. Los indicios más antiguos nos llevan a Asia Occidental, específicamente a Persia, hoy conocida como Irán. Pinturas muestran a jinetes que usaban un tipo de tacón para anclar mejor el pie en el estribo, ganar estabilidad sobre el caballo, y manejar armas como arcos y flechas con mayor precisión. Esta solución práctica se convirtió en un signo de poder.

En esa línea aparece la figura de Fath-'Ali Shah Qajar, uno de los monarcas persas que se mantuvo fiel a la vestimenta tradicional, donde los tacones formaban parte del atuendo. Llevarlos comunicaba —según los libros de historia— el poder de pertenecer a una élite que no necesitaba hacer trabajo manual ni caminar largas distancias.
Según las investigaciones de Elizabeth Semmelhack, curadora del Bata Shoe Museum, el tacón viajó de Persia a Europa hacia finales del siglo XVI, impulsado por la diplomacia y los intereses militares. Las misiones enviadas a las cortes occidentales despertaron fascinación por este calzado. Diversas cronologías de museos recogen cómo los aristócratas europeos adoptaron este estilo para emular esa imagen de autoridad y transformaron el tacón en un símbolo de estatus. Los retratos conservados en estas instituciones muestran este zapato en figuras como Luis XIV, quien popularizó los tacones rojos como emblema de poder absoluto, reservados para quienes contaban con su favor.
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El giro hacia el vestuario femenino empezó a lo largo del siglo XVII. Las mujeres de la nobleza europea comenzaron a tomar elementos de la moda masculina como una forma de apropiarse visualmente de la autoridad y el poder reservados para sus pares.

Semmelhack explica que, con la llegada de la Ilustración en el siglo XVIII, el pensamiento “racional” definió de otra manera la relación entre moda y género. Se produjo lo que hoy se conoce como la “Gran renuncia masculina”: los hombres abandonaron adornos, sedas y tacones por considerarlos frívolos o afeminados, y optaron por un vestuario sobrio y funcional. Mientras el hombre se quedaba con zapatos planos y prácticos para el trabajo, la política y la vida pública, el tacón se hacía más alto, estilizado y ornamental. Así quedó relegado al universo de la feminidad y a la distinción social de la mujer.
Desde entonces, sobrevivió a revoluciones, guerras, cambios de siluetas, micro y macrotendencias, pero casi siempre ligado al cuerpo femenino…
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