Guayaquil suele aparecer en la conversación sobre la moda ecuatoriana por su capacidad comercial, sus talleres y su ritmo empresarial. Detrás de ello existen marcas que encontraron distintas formas de construir su identidad dentro de la industria. En el marco de las fiestas julianas, tres historias demuestran que desde este puerto se diseña, se confecciona y se compite.
Alma Blanca
Cuando Daniela Concha, de 32 años, y su madre imaginaron Alma Blanca, no querían simplemente abrir una boutique de vestidos de novia. Su intención era construir una experiencia propia de las grandes capitales de la moda nupcial y demostrar que una mujer ecuatoriana no necesitaba viajar al extranjero para encontrar diseños y un servicio de primer nivel. Seguramente, en algún momento, viste ese programa en el que una novia entraba a un salón repleto de vestidos y, después de probarse decenas de opciones, finalmente decía sí al indicado. Ambas levantaron una empresa especializada en ese ritual, con una curaduría que evocaba esa ilusión televisiva. Su equipo selecciona, negocia y reúne algunas de las propuestas más importantes del mercado nupcial y de gala contemporánea.
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Actualmente, Alma Blanca trabaja con más de 700 vestidos entre novias y gala, y reúne diseñadores y casas de España, Italia, Polonia, Ucrania, Turquía, Líbano y Estados Unidos. Entre ellos están nombres como Alberto Palatchi, heredero del legado de Pronovias; la firma ucraniana Polardi y la estadounidense Justin Alexander. La selección de cada diseñador responde a mucho más que una cuestión estética. Los tejidos, la construcción interna de las piezas, la calidad de las costuras y la posibilidad de adaptación forman parte del análisis previo antes de incorporar una nueva firma al portafolio. Concha explica que cada vestido debe funcionar en el cuerpo real de una clienta y mantener intacta su estructura incluso después de modificaciones y ajustes personalizados.

Los vestidos de novia, por ejemplo, tienen precios que van desde US$ 750 hasta US$ 4.000. Estos valores incluyen IVA y los ajustes necesarios, como entalle, altura y cola. Además, la boutique se asegura que de cada diseño exista un solo vestido por talla, por lo que no hay dos piezas idénticas disponibles en la tienda.
Para las próximas temporadas, las novias buscarán principalmente vestidos con encaje Chantilly y delicados detalles de pedrería, una tendencia impulsada por firmas polacas y ucranianas. Al mismo tiempo, los modelos minimalistas en satín o mikado, así como los encajes guipur, se mantienen como opciones atemporales. Para Daniela, la novia actual es una mujer independiente, segura de sí misma y auténtica, que vive este momento con ilusión y elige un vestido que refleje su personalidad antes que las expectativas de los demás.

Esta especialista sostiene que emprender desde Guayaquil representa una responsabilidad. "Hacer empresa aquí es una forma de hacer patria. Es decidir apostar por el lugar donde nacimos y asumir la responsabilidad de aportar para que nuestra ciudad esté a la altura de todo su potencial". Lo dice porque, para ella, persiste la idea de que las mejores experiencias, la mejor moda o el mejor servicio siempre pertenecen a otro lugar. Actualmente, Alma Blanca representa el trabajo de un equipo conformado por más de 10 mujeres que participan diariamente en el desarrollo del proyecto. Para Concha, este es uno de los logros más importantes de la marca. "Esta es una plataforma capaz de generar oportunidades para otras personas y demostrar que el talento ecuatoriano puede sostener propuestas de clase mundial".
Sarture
En la vida de Roberto José Ribadeneira, la sastrería no fue un descubrimiento; fue el ambiente en el que creció. La costura ha acompañado a su familia por generaciones. Su abuela, Irene López, tenía un taller en Guayaquil y transmitió ese oficio a sus hijos. Más adelante, María del Carmen Hanna, madre de Roberto, convirtió ese aprendizaje en una empresa de uniformes ejecutivos junto a su esposo, mientras que uno de sus hermanos estudió diseño de modas y trabajó en Nueva York. "Dice la leyenda que mi mamá a los ocho años ya sabía coser y hacía sus propios vestidos".
El taller estaba en casa y la confección formaba parte de su rutina diaria. A los 14 años ya trabajaba junto a sus padres y entendía cómo funcionaba una empresa textil. Sin embargo, lograr que aceptaran que quería dedicarse a la moda era otra historia. Creció en un colegio militar y durante muchos años la idea de ser diseñador parecía incompatible con ese entorno. "Imagínate hace 30 años decir en un colegio militar que querías ser diseñador de modas. Era algo que me gustaba y me atraía, pero que mantenía medio camuflado".
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Su primer intento profesional estuvo lejos de las telas. Estudió varios semestres de Negocios Internacionales, aunque sabía que necesitaba un espacio más creativo. Después migró hacia la infografía y el diseño digital. Mientras estudiaba, seguía trabajando con sus padres en la empresa familiar. Con más experiencia comenzó a involucrarse activamente en el negocio y aportó una mirada distinta. "Yo quería que los clientes entendieran que esos US$ 50.000 que invertían en uniformes no eran una formalidad burocrática, sino vallas ambulantes de la empresa".
Con 20 años comenzó a reunirse con gerentes generales, departamentos de marketing y directivos. Su objetivo era que la conversación dejara de girar alrededor del precio para centrarse en imagen, posicionamiento y percepción de marca. La estrategia funcionó. Los clientes empezaron a buscarlo personalmente para diseñar su vestuario ejecutivo, sus trajes para eventos y, poco a poco, también su ropa para la vida cotidiana. Su incursión en la moda llegó cuando finalmente cumplió su anhelo y estudiaba en Eurodiseño, durante el primer Guayaquil Fashion Week organizado en la ciudad. Cursaba el primer semestre cuando recibió la propuesta de presentar una colección completa en cuestión de semanas. La cápsula estaba inspirada en el tango, la milonga y el cabaret, y el corsé era el protagonista de cada look. El desfile fue transmitido para toda la región por Fashion TV, una cadena dedicada exclusivamente a la industria de la moda, las pasarelas, las modelos y el estilo de vida.

Después continuó su formación en Perú, en Chio Lecca Fashion School y Marangoni Fashion Center, la filial latinoamericana del reconocido instituto italiano. Este país, explica, ya trabajaba bajo estructuras productivas que Ecuador todavía no desarrollaba y eso cambió su manera de entender la moda. A su regreso decidió concentrarse definitivamente en la sastrería. Primero desde el vestuario ejecutivo y luego con una propuesta mucho más personalizada. Compraba trajes durante sus viajes y los desmontaba completamente junto a su equipo para entender cómo estaban hechos. "Hacíamos autopsias a las prendas. Descubrimos materiales y técnicas que muchos sastres nunca habían visto antes".
El diseñador se enfocó en detalles como los ojales funcionales en las mangas, las estructuras internas, las entretelas, las construcciones livianas y los acabados propios de la alta sastrería europea. "Eran pequeños detalles que para la mayoría podían parecer insignificantes, pero eso definía la diferencia entre un traje y una pieza sartorial". Así nació Sarture. Hoy el trabajo se distribuye entre talleres especializados exclusivamente en chaquetería, pantalonería y camisería. Cada equipo se dedica a una sola categoría. "Tengo un taller que vive, duerme y sueña con chaquetas; otro que solamente hace camisas y otro que trabaja exclusivamente pantalones". Para Roberto, esta especialización eleva la calidad.

Actualmente, Sarture produce entre 12 y 15 trajes semanales y trabaja con más de 1.500 opciones de telas que llegan principalmente de Europa y Asia. Entre ellas aparecen nombres históricos de la industria como Loro Piana, Vitale Barberis Canonico y Reda, además de nuevos desarrollos textiles elaborados con fibras de bambú capaces de ofrecer la apariencia del lino sin sus arrugas características. La asesoría, la elección de la tela y la construcción de la silueta forman parte del servicio. No existen moldes universales ni estilos rígidos, por lo que cada cuerpo y cada cliente requieren soluciones distintas.
Para este diseñador, formar parte de la industria local tiene un significado especial. "Me hace sentir muy bien colaborar, aunque sea un poco, con la manera en la que las personas ven a Guayaquil". Según explica, el crecimiento de la ciudad y de la moda local es un trabajo colectivo entre diseñadores, empresarios y profesionales que durante años han intentado demostrar que la imagen importa. "No lo he hecho yo solo. Somos muchas personas las que nos hemos esforzado por enseñar que es importante cómo te ven, especialmente si quieres crecer y escalar".
Aneu swimwear
A los 18 años, Liz Borrero vivía un problema común: casi ningún bikini le quedaba bien en ambas partes. Como muchas mujeres, utilizaba una talla para la parte superior y otra para la inferior, pero las marcas que encontraba no permitían mezclar piezas ni adaptar los diseños al cuerpo real. Pensó en la solución de comprar bikinis en Estados Unidos y comenzó a vender aquellos que no le funcionaban. Después empezaron a llegar preguntas a su Instagram personal sobre dónde los había conseguido, cómo podían comprarlos otras personas o si podía traer nuevos modelos. Así nació la demanda. En 2019 decidió convertir esas ventas en un proyecto propio. La idea inicial era importar trajes de baño, aunque más adelante tomó la decisión de producirlos en Ecuador.

Llegó la pandemia y el cierre coincidió con el inicio de la temporada playera. La emprendedora se quedó con mercadería, inversión y un negocio recién nacido sin posibilidad de vender. Sin embargo, ese tiempo le permitió replantear la marca desde cero. Comenzó a investigar proveedores, telas y procesos productivos. Revisó referencias internacionales, estudió marcas europeas y buscó aquello que podía diferenciar su propuesta. La respuesta fueron los bikinis reversibles.
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En ese momento prácticamente no existían opciones similares en Ecuador, asegura. A ello se sumó la decisión de apostar por siluetas menos convencionales y más cercanas al estilo que ella misma utilizaba en la playa, con cortes más pequeños y menor cobertura. La primera colección se lanzó a finales de 2020 y el resultado superó cualquier expectativa. El inventario que debía durar toda la temporada se agotó en pocas semanas y la obligó a producir nuevamente antes de terminar diciembre.
A medida que crecían las ventas, también aumentaban las solicitudes de las clientas: mezclar tallas, combinar estampados, elegir otro tipo de cobertura o unir piezas de distintas colecciones. En lugar de limitar esas opciones, Liz decidió convertir esa flexibilidad en el corazón del negocio. Hoy, Aneu Swimwear trabaja bajo un modelo de personalización que permite adaptar tops, partes inferiores, colores, estampados y niveles de cobertura según las preferencias de cada mujer. "Todos los cuerpos son diferentes (...) Nuestro objetivo es que cada una se sienta cómoda con lo que lleva puesto".

Aunque Borrero estudió Marketing y no Diseño de Moda, se involucró en cada etapa del proceso: recorrió talleres, buscó costureras y pasó meses intentando encontrar las telas adecuadas. Finalmente llegó a proveedores colombianos especializados en textiles para baño, mientras la confección se mantiene en Guayaquil. Como parte de su compromiso por reducir el impacto ambiental, los sobrantes textiles se transforman en accesorios y las telas incorporan procesos certificados, secado rápido y protección del color para aumentar la vida útil de las prendas. Para Liz, la durabilidad también forma parte de la propuesta de valor. "Tenemos clientas que compraron sus bikinis en 2020 y siguen usando las mismas piezas".
Aneu nunca quiso ser solo una marca de trajes de baño. Desde el inicio, sus campañas buscaron construir una narrativa alrededor del mar, la naturaleza y la libertad. La intención era que las usuarias compraran "una forma de habitar el verano". Su logo es la mantarraya, un animal que se mueve con calma incluso en medio de corrientes intensas y que, para ella, representa exactamente la personalidad que quería transmitir. Aneu lanza una colección principal al año, generalmente en diciembre, complementada con pequeños lanzamientos durante la temporada.
Aunque su mercado natural es la Costa, la firma también tiene presencia en Quito y Cuenca, realiza envíos internacionales y ha llegado a clientes en Estados Unidos y Europa. Para Liz, cada paquete enviado al extranjero tiene un significado especial porque detrás de cada bikini viaja la ilusión de demostrar que desde Guayaquil es posible construir marcas locales con el potencial de competir, producir y crecer. (I)