Harper's BAZAAR

"Yo sé quién es Nina Gualinga"

Esta ecuatoriana-sueca celebra la vida desde una visión centrada en el cuidado y el amor propio. Sus actos de resistencia ya no están vinculados estrechamente con la confrontación, sino que encontró un nuevo espacio de lucha política, social y cultural que tiene que ver con el arte, la música y el cambio.

Por Daniela Segovia Velasteguí

He tenido la oportunidad de entrevistar a Nina en dos ocasiones. La primera fue en 2023, en medio de una consulta popular en contra de la extracción petrolera en Ecuador. La segunda fue apenas hace unas semanas. Nos conectamos por videollamada porque estaba en Londres cumpliendo con algunos compromisos. Antes de sentarme frente al computador a redactar estas líneas, volví a leer la entrevista que le hice en 2023. No porque dudara de los hechos, sino porque quería comprobar si la imagen que había guardado de Nina seguía siendo la misma: una mujer que sabe lo que quiere y tiene un carácter tajante frente a los medios de comunicación. La recuerdo seria y con una actitud distante; al ver aquella sesión de fotos, apenas esboza una pequeña sonrisa. En esta ocasión, la recibimos en Quito y buscamos una locación en los alrededores de la ciudad que la sacara un poco de su entorno, para plasmar su esencia como una defensora de la biodiversidad ecuatoriana.

La vi de lejos, sentada, mientras la maquillaban y le arreglaban su larga cabellera. Tenía una taza de café en sus manos y tampoco había huella de una sonrisa. No estaba conversando con el equipo, pero escuchaba con atención. Me acerqué y le di un abrazo de bienvenida. Intercambiamos unas pocas palabras, le pregunté si tenía dudas y la dejé sola con sus pensamientos. En el primer encuentro —hace tres años— me dijo que odiaba las entrevistas, pero era algo que le tocaba hacer para dar visibilidad a la lucha que vive su pueblo. Y lo entiendo. En estos años han tratado de desacreditar su trabajo. Al ser una figura pública, con alcance global, está expuesta a que cualquier frase que diga sea descontextualizada, algo muy común en nuestra sociedad. Me atrevo a decir que ese recelo (o temor) muestra una faceta distinta de ella.

Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo. Top: Moda Meee. Collar: Mónica Moreno.
Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo. Top: Moda Meee. Collar: Mónica Moreno. Falda: Lía Padilla. 

En este shoot pasamos con Nina casi ocho horas y conté con mis dos manos las veces que sonrió. Proyecta una imagen distante y hermética. Su rostro es difícil de leer. No obstante, en unas cuantas ocasiones se veía un poco nerviosa o insegura. “No me gustan las fotos, no sé qué hacer frente a la cámara”, dijo a todo el equipo antes de comenzar. Aun así, estuvo abierta a los pedidos e incluso —bajo un sol de mediodía que no nos dio descanso— intentó sonreír para nuestro lente.

Lamentablemente, esa sonrisa no se ve plasmada en esta portada porque ese rostro discreto, con gestos que muchos podrían confundir con enojo, es la Nina Sicha Siren Gualinga sin poses y sin la intención de querer agradar. Sin embargo, tampoco considero que esa sea el 100 % de ella. Un invitado muy especial, su hijo Tiam, me dio una pista de que esa actitud está reservada para “los extraños” (y es muy válido). Hablan juntos en quichua y ella usa un tono cargado de dulzura y hasta devoción. Él la acompañó en todo momento y ella nunca le alzó la voz (incluso cuando tomó su celular sin permiso). En medio de la entrevista, Tiam apareció en la pantalla, me saludó, y Nina le acarició la frente, le dio un beso y le pidió que nos diera un tiempo. Esa Nina, en su faceta como mamá, es muy parecida a aquella que está con sus amigos. Dos de ellos la acompañaron en esta jornada y la vi reírse en incontables ocasiones. Esa es otra Nina, aquella que me dijo —hace unos años— que las risas son parte indispensable de su comunidad y de su familia. La veo con frecuencia a través de las redes sociales y se siente esa magia, esa dualidad entre la seriedad, la reserva y la felicidad que se plasma en una sonrisa que llena su rostro.

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Esa ambigüedad entre tener un perfil público, con más de 145.000 seguidores en Instagram, y, al mismo tiempo, resguardar para ella y los suyos su vida privada. Esta activista, defensora y artista —a sus 33 años— abre a Harper’s BAZAAR Ecuador un pedazo de su mente y de su corazón, para descubrir quién es hoy esa niña que creció entre ríos, con las patas lluchas.

Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo. Vestido: Ana Andrade. 
Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo. Vestido: Ana Andrade. 

Su nombre significa fuego. Nació en Ecuador y es de Sarayaku, una comunidad que se asienta en medio de la selva amazónica, en la provincia de Pastaza. Vivió la mitad de su vida en este lugar y la otra en Suecia, el país de origen de su padre, Anders Siren. En el país europeo vivió desde los 15 años. Allí culminó el colegio y obtuvo su título universitario en derechos humanos. Ahora, su residencia permanente está en la selva, ya que quiere que su hijo se acerque a sus antepasados y aprenda las costumbres de su pueblo.

Habla cuatro idiomas, ha participado en cumbres con líderes globales y ha sido reconocida por organismos como el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés). Un día la podemos ver como parte de la lista Time 100 Next, que reconoce a las 100 personas que están en pleno ascenso y tienen el potencial de convertirse en los próximos grandes líderes; y, al otro, está en un concierto de Bad Bunny disfrutando con sus amigos. A veces, sus roles como activista y cabeza de hogar pueden chocar con las expectativas sobre el comportamiento de una mujer en una sociedad machista. Por un lado, carga con responsabilidades importantes y, al mismo tiempo, tiene el derecho de “ser joven”. Y de mostrar “ese lado” que para muchos puede ser efímero y superficial, aunque todos lo hemos vivido; solo que, en este caso, está escrutado por miles de usuarios conectados a través de un celular.

Hasta ahora ha preferido mantenerse al margen de espacios que considera excesivamente centrados en la apariencia y en la celebridad. Su participación en Harper's BAZAAR Ecuador respondió a una excepción más que a un cambio de postura. Este espacio está concebido para amplificar la voz de una mujer que no teme hablar duro. Esta portada apuesta por una indígena ecuatoriana que tiene mucho que decir desde una visión más humana y más crítica. Y qué mejor que ella misma para contarla. Esta fue mi entrevista con Nina, a veces con pausas, con largos silencios y con respuestas que le salieron de la cabeza y, seguramente, del corazón.

Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo. Top: Adolfo Domínguez. 

Cuando piensas en tu infancia, sobre todo en Sarayaku, ¿hay algún olor, un sonido o una imagen que te transporte a esa época?

Lo que más me acerca a mi infancia o a mi casa es la lluvia. Esa sensación que queda después. La tierra húmeda y ese olor que emanan las plantas mojadas.

¿Qué te enseñó la selva en aquella época?

Un niño no conceptualiza las cosas de la misma manera que un adulto, solo vivimos y ya. Pero, desde muy pequeña, gracias a mis abuelos y a mi mamá, comprendí que hay un sistema de vida en la selva que merece ser cuidado, que es muy resiliente, pero —al mismo tiempo— frágil y puede verse interrumpido por actividades externas. Aprendí a cuidar estos espacios desde pequeña.

Creciste entre la selva y Europa, ¿cuál de estos mundos te ayudó a definir quién eres?

Probablemente ambos. Pero mi identidad, la forma en que me veo a mí misma, mi infancia y mi adolescencia se forjaron en Sarayaku: el lugar donde nací, crecí, di a luz a mi hijo y donde vivo ahora. Muchos de los momentos más importantes para mí han transcurrido allí. Aun así, uno nunca deja de descubrirse; cada lugar por el que paso me enseña algo sobre mí misma.

¿Recuerdas el momento en que entendiste que tu vida estaría marcada por la lucha contra el extractivismo?

Sí, cuando tenía entre ocho y nueve años llegó una compañía petrolera a Sarayaku. Hubo una reunión con el representante de la empresa y yo estaba sentada al lado de mi mamá, escuchando lo que decía la gente de mi comunidad, especialmente las mujeres. Después de esa reunión comprendí que este señor venía a ofrecernos educación, salud y dinero a cambio de que permitiéramos la explotación petrolera en Sarayaku. No eran promesas transparentes ni venían con un interés de cuidar a mi pueblo. Desde entonces me comprometí a tomar acción. Lo hice desde muy pequeña, cuando veía injusticias, situaciones de opresión, destrucción de la naturaleza y de los tejidos sociales… 

Nunca dije: “yo quiero hacer esto”. Es algo que me tocó.

¿Recibiste una herencia o una responsabilidad? ¿Cómo entiendes hoy ese legado?

Hay figuras de mi familia que me inspiran y me enseñan mucho: mi mamá, mi tía, mi abuela, mi hermana… Y siento que es una responsabilidad muy profunda. En algún momento no lo podía nombrar, pero comprendí el privilegio que significaba tener un padre sueco, acceder a educación en Europa o aprender otros idiomas. Eso se sentía como una responsabilidad y pensaba: “¿qué hago con eso?”. Me lo tomé muy en serio y traté de hacer lo que estaba a mi alcance para generar conciencia, para educar a la gente… Y es lo que sigo haciendo.

¿Alguna vez te sentiste extraña o diferente en tu comunidad?

No creo que me haya sentido extraña, pero estoy muy consciente de mi posición, de las oportunidades que he tenido en comparación con otros.

Si tus ancestros pudieran verte hoy, ¿qué crees que pensarían de la forma en que continúas esta lucha?

No quiero especular sobre lo que dirían, pero espero (ojalá) que se sientan orgullosos y representados, sobre todo mi linaje femenino. Yo he tratado de cuidar a la Madre Tierra y, en el transcurso de mi existencia, entendí la importancia de cuidar también a las mujeres. Tenemos un largo camino que recorrer, pero intento hacer mi parte, poner estos temas en la conversación y generar ese cuidado.

Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo. Top: Adolfo Domínguez. Pechera de semillas: Lía Padilla. 
Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo. Top: Adolfo Domínguez. Pechera de semillas: Lía Padilla. 

Estás muy expuesta en redes sociales, ¿cómo lo manejan en casa?

La mayoría de la crítica viene de gente que no es de mi comunidad o no son indígenas. Muchas veces, la manera de deslegitimar es decir: “Ah, ella no habla quichua, ella no sabe esto, ella no vive en la comunidad…”. Y claro, he vivido fuera muchos años, pero eso no borra lo que sí he vivido. Una vez, mi abuela escuchó un comentario de que yo no hablaba quichua, no sabía hacer chicha ni trabajar en la chacra. Ella solo se rió, porque me conoce y sabe quién soy. Dijo algo como: “Claro, ¿cómo van a saber si nunca la han visto en la comunidad?”. Eso me dio mucho poder. Aprendí a tomarme esas críticas como ella lo hace.

¿Cómo tomabas antes esos comentarios?

Nunca lo he tomado personal. No me han afectado mucho porque —más allá de lo que puedan decir o pensar— yo sé lo que he vivido, yo sé lo que soy, yo sé los valores que tengo, yo sé dónde estoy parada, yo sé quién es Nina Gualinga. Entonces, lo que los demás, que no me conocen, puedan pensar, no me importa.

¿Qué significa para ti pertenecer?

Desde muy pequeña he tenido este sentido de pertenencia gracias a mi mamá. Ella nos enseñó la importancia de la colectividad y de construir este tejido comunitario y familiar. Pertenecer no siempre significa complacer en todo. A veces hay que desafiar, pero sí es sinónimo de aportar y cuidar.

Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo. Camiseta: Cloteu. Falda: Lía Padilla. Collar: Mónica Moreno. 

¿Cómo ha ido cambiando tu idea de hogar con el tiempo?

Es el lugar en el que uno se siente seguro. Para mí, eso siempre ha sido la selva. No ha sido solamente mi hogar, es mi santuario.

Tu perfil siempre está orientado mucho al activismo. Pero, ¿quién es Nina cuando no está en esta faceta?

No sé si haría una separación porque todo eso es lo que me construye, pero sin duda hay una parte que no es tan visible. La mayoría de las cosas que hago siempre tienen algún sentido o propósito. Durante muchos años, mi trabajo fue como activista —no me gusta usar esa palabra— y fue muy confrontativo, en el campo de los derechos, de la defensa ambiental, de las mujeres… y me hacía falta crear.

Esa confrontación constante estaba restringiendo mi creatividad y, desde entonces, combino lo que me gusta (el arte, la música y la cultura) con mi trabajo. Yo aprendí a tejer el barro con mi abuelita. Y no quiero que se quede en el discurso de rescatar las prácticas ancestrales, sino que lo hago con mi cuerpo, con mis manos. Por eso vivo en Sarayaku; quiero que mi hijo crezca ahí, quiero caminar y trabajar esas tierras.

¿Por qué no te gusta la palabra activista?

Siento que se reduce a algo muy definido. Mi trabajo y el de otros se expanden mucho más. No es solamente una actividad, es todo lo que hacemos con oportunidades y sin oportunidades, con espacio y sin espacio. Esta misión se expande a todo.

¿Qué palabra usarías para definir tu trabajo?

Nunca sé. Pero sería algo como el cuidado o la defensa de los espacios de vida.

Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo. Camiseta: Cloteu. Falda: Lía Padilla. Collar: Mónica Moreno. 
Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo. Camiseta: Cloteu. Falda: Lía Padilla. Collar: Mónica Moreno. 

Cuando todo se vuelve pesado, ¿qué es lo que te sostiene?

Desde muy chiquita he sentido que las cosas tienen sentido de alguna manera, que hay algo más, que hay un propósito que me sostiene. A veces es difícil encontrar ese sentir y también me pregunto: “¿para qué todo esto?”. Pero de algún lado tengo que sacar fuerzas y energía. Y para mí siempre ha sido la tierra. Hay algo muy poderoso ahí, no lo puedo describir.

¿Qué les falta a los medios para dejar de ser superficiales y abrir conversaciones que realmente importen?

Lo bello siempre nos atrae: un atardecer, una flor o unos colores. Pero esos espacios también deberían transmitir valores. La pregunta es cuáles son los valores con los que queremos vivir e inspirar a los demás. Eso es lo que falta. Hoy existe una crisis de valores, no solo en el mundo de las revistas, sino en la sociedad en general.

¿Qué valores faltan?

Hoy, más que nunca, apuesto por la importancia del cuidado a nosotros mismos, a quienes nos rodean y al planeta. Ese cuidado está profundamente ligado al respeto, al amor y a la conciencia del impacto que nuestras acciones tienen en los demás.

¿Te incomoda que la imagen de una mujer termine pesando más que su voz?

Todavía existen muchas visiones sobre las mujeres que me incomodan. A menudo se nos subestima por ser mujeres, por ser jóvenes o por nuestro origen, pero esa subestimación puede convertirse en una fortaleza: te obliga a demostrar con hechos que sabes de lo que hablas. Lo que sí me preocupa es que aún exista la idea de que, para que una mujer sea tomada en serio, debe encajar en un estereotipo. Yo quiero romper con eso. Podemos ser inteligentes, preparadas y respetadas y, al mismo tiempo, disfrutar, salir de fiesta, compartir con nuestras amigas, hacer cosas artísticas y pasarla bien. A las mujeres que ocupan espacios de liderazgo o de decisión muchas veces no se les permite mostrar esa parte sin ser juzgadas. Si un hombre lo hace, rara vez se cuestiona; si lo hace una mujer, su credibilidad se pone en duda. Esa también es una forma de limitar nuestra libertad y de controlarnos.

¿Qué ha sido lo más agotador de este camino?

Muchas mujeres, desde que fuimos niñas, hemos vivido situaciones de violencia. Pueden ser agresiones físicas, sexuales, emocionales, lo que sea. Y yo no soy una excepción. A mí me ha tomado mucho tiempo y trabajo interno, no solamente reconocerlo para mí, sino decir: “No, esto no lo voy a permitir más”.

Eso también tiene implicaciones alrededor de uno. Eso ha sido lo más complicado: tomar una postura frente a la violencia contra niños y mujeres porque es lo correcto para mí, es lo justo para mí, es lo más sanador para mí y también para las mujeres y niñas alrededor mío. Pero, al mismo tiempo, también genera fisuras y grietas en mi entorno. Si las cosas no se rompen, no se pueden sanar. Entonces, es necesario. Yo soy muy sensible. Yo siento las incomodidades y las tristezas cerca de mí. Pero sé que estoy haciendo lo correcto. Lo más agotador ha sido esa batalla interna de saber que estoy haciendo lo correcto y saber que es doloroso para mí y para otras personas. 

Si hay algo que me caracteriza es que no puedo huir de las dificultades o de los problemas; los enfrento.

¿Hay alguna parte de tu historia que nunca ha sido contada con honestidad?

Siempre hay una tendencia de los medios, puede ser por error o por lo que sea, a describir cosas que uno no ha dicho; o toman algo que uno ha dicho y lo escriben de otra manera. Pero no hay algo que me haya impactado profundamente. Tampoco es que estoy revisando todo lo que se escribe de mí. Entonces, no tengo idea.

Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo. Top: Adolfo Domínguez. Pantalón: Nia vau. 

¿Cómo conviven las luchas externas con tus propias batallas?

Simplemente son hechos que han atravesado mi vida, que me atraviesan ahora. Por mucho tiempo le hemos faltado a la Tierra y a las mujeres. Y para mí esto está muy conectado porque viene desde una visión de posesión, de no tomar responsabilidad sobre los actos de uno, de este pensamiento de que, si es mío, lo puedo explotar. Eso es lo que a mí me ha atravesado, lo que de alguna manera he vivido.

Cuando decidiste compartir públicamente el abuso que viviste con tu expareja, también padre de tu hijo, ¿qué aprendiste sobre ti misma?

Fue un proceso profundamente doloroso. Como dije alguna vez, sentí que salía de un infierno para entrar en otro. No lo digo para desmotivar a otras mujeres a denunciar, sino porque aprendí que el proceso judicial y la sanación personal son caminos distintos. Mi bienestar, mi alegría y mi paz no podían depender de un proceso legal. Me hubiera gustado entender eso desde el principio. Durante años tuve que aferrarme a recuerdos dolorosos para poder rendir mi testimonio, porque el sistema exige que recuerdes cada detalle o pone en duda tu verdad. Cuando finalmente pude hacerlo, entendí que ya no necesitaba seguir viviendo desde ese dolor. Seguí exigiendo justicia, pero decidí no condicionarme a ese proceso. Empecé a preguntarme qué quería para mí y la respuesta fue clara: alegría, disfrute y bienestar. Hoy, celebrar la vida, a la gente que amo y a mí misma es un acto de resistencia. Después de vivir algo así, entendí que el goce es un derecho.

¿Qué les dirías a las mujeres que les cuesta nombrar esta violencia?

Eso es muy complicado cuando tú no lo puedes identificar. Es todo un proceso para llegar a verlo, a entenderlo. Lo que sí diría es que todo mejora, aunque a veces uno siente que no puede más. Hay un lugar muy adentro de uno donde encuentras esa fuerza. Además, he sido muy afortunada de tener muchas personas muy lindas alrededor mío que me han apoyado.

¿Cómo lograste que este rol de Nina como mujer no se opaque al ser mamá?

Cuando quedé embarazada, muchas personas me dijeron que mi vida se había acabado porque tenía 23 años. Pero eso despertó un fuego en mí y pensé: 

“Mírenme”. 

Desde muy pequeña siempre quise ser mamá y soñaba con tener muchos hijos. La vida no me dio eso, pero sí un hijo maravilloso. Para mí, el embarazo no fue el final, sino el comienzo. Después vinieron años muy duros: viví violencia, me separé, estaba sola con mi hijo en otro país, estudiaba, trabajaba y tenía muy pocos recursos. Sentía que apenas sobrevivía. Aun así, mi hijo nunca fue un límite; fue mi mayor fuente de amor, inspiración y fortaleza. Me enseñó a bajar el ritmo, a descansar y a mantener los pies en la tierra. Ser madre no define quién soy, porque antes que nada soy Nina, pero sí me transformó. Me enseñó a comprender mejor a mi mamá, a entender que los adultos tampoco lo tenemos todo resuelto y que todos seguimos construyéndonos.

¿Sientes una responsabilidad distinta al criar a un hijo varón?

Sí. Justamente, la decisión de vivir en Sarayaku y estar cerca de mi mamá y de mi familia tiene mucho que ver con eso. Quiero que mi hijo crezca sabiendo que puedes estar en muchos lugares, pero esta es tu casa. Esa enseñanza viene de la práctica, no solo de las palabras. El tiempo dirá qué tanto aprende, pero he tratado de transmitirle la importancia del cuidado: de la tierra, de sí mismo y de las niñas y las mujeres.

¿Cómo imaginas el camino que quieres seguir como cuidadora de las personas, del planeta y de tu hijo?

Hoy quiero seguir creando desde un lugar que me inspire y me llene. No tengo un plan definido, pero sí siento un llamado muy fuerte hacia el arte y la cultura, porque muchas veces subestimamos el poder que tienen para transformar y dar vida a las personas. Quiero aportar desde esos espacios, sin dejar de lado lo político, pero quizás desde otra forma. Y, sobre todo, quiero estar en mi territorio, vivir el presente y dejar que el camino se vaya construyendo.

Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo. Vestido: Adolfo Domínguez. 

¿En qué trabajas actualmente?

Hoy estoy enfocada en un estudio llamado Paso Creativa, donde trabajamos en proyectos de arte, audiovisual, música e historias. En este momento estamos organizando una agenda cultural en Pastaza y un concierto en Puyo. La idea va muy ligada a lo que quiero hacer: reunir a las personas a través del arte, celebrar lo que tenemos, inspirar valores y promover el cuidado. Más que un festival para pasarla bien, buscamos crear un espacio donde los jóvenes y la comunidad puedan encontrarse, compartir y conectar, incluso desde sus diferencias.

¿Por qué usas el apellido de tu mamá?

Siempre me llamaron Nina Gualinga. En mi comunidad las familias se reconocen por ese apellido y, cuando vivía en Suecia, también era el nombre con el que me conocían mis amigos y profesores, así que fue natural usarlo públicamente. Con el tiempo entendí lo que significaba llevar el apellido de mi mamá en un país donde los apellidos indígenas muchas veces son discriminados y se consideran de menor valor que otros. Mantenerlo dejó de ser algo natural para convertirse en una decisión consciente. Nunca quise cambiarlo para encajar o sonar diferente. Al contrario, para mí el apellido de mi mamá es el más bonito y es parte de quién soy. Si hoy ese apellido se asocia con orgullo y respeto, me hace feliz, porque quiero que los niños y jóvenes con apellidos indígenas o ancestrales nunca sientan vergüenza de ellos.

¿Cómo te identificas?

Yo me identifico como quichua por parte de mi mamá y como sueca por parte de mi papá. No me identifico como mestiza. Nunca crecí en la ciudad, aprendí el español a los 18 años y no me identifico con la cultura mestiza. Yo soy mixta: tengo un papá sueco y una mamá quichua. Tengo mis raíces muy fuertes, mi primer idioma es el quichua y tengo estas dos identidades.

Antes de cerrar, ¿qué mensaje te gustaría dejar sobre el momento que vive Ecuador y el futuro que estamos construyendo como país?

Quisiera aprovechar este espacio para hablar de lo que hoy está ocurriendo en Ecuador. Más allá de las diferencias políticas, vivimos un momento en el que se sigue apostando por una agenda extractiva de petróleo y minería que prioriza beneficios inmediatos por encima del bienestar de las personas y de la naturaleza. Me preocupa que no se esté respetando la voluntad ciudadana, como ocurrió con la consulta del Yasuní, y que comunidades enteras vivan bajo una amenaza constante. Ecuador es un país extraordinario por su biodiversidad y su diversidad cultural, y deberíamos sentirnos orgullosos de protegerlo. El cambio pasa por imaginar otros caminos. Durante demasiado tiempo nos hicieron creer que no existe otra forma de desarrollo, pero sí la hay. Requiere educación, voluntad política y la capacidad de pensar a largo plazo. Las alternativas no serán una sola, sino muchas: la bioeconomía, el turismo, las iniciativas locales y otras formas de construir bienestar. Lo primero es atrevernos a creer que otro futuro para Ecuador sí es posible. (I)

*Créditos

Dirección de arte: Estefanía Córdova. Fotógrafo: Daniel Queirolo. Estilismo: Paulina Andrade. Personaje: Nina Gualinga. Maquillaje: Nataly Maldonado. Peinado: Mónica Herrera. Multimedia: Distrito Audiovisual. Diseñadores y marcas: Adolfo Domínguez, Ana Andrade, Cotléu, Lía Padilla, Moda Meee, Nia Vau, Ranti. Joyas: Mónica Moreno. Asistente de estilismo: Pamela Carrillo. Asistente de fotografía: Christian Espinoza. Asistente de producción: Micaela Ponce.

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