Harper's BAZAAR Ecuador

En el mundo de la moda, la vigencia es la prueba de fuego. Mientras las tendencias se desvanecen al ritmo del fast fashion, existe una firma ecuatoriana que logró mantenerse intacta en el gusto del público por casi una década: Lolilolita. Detrás de los patrones y las telas de la marca, hay una fuerza llamada Krysthel Chuchuca. Seguirla por su tienda en Guayaquil es entrar en su propio ritmo, un movimiento constante que ella domina sin esfuerzo. Llega, saluda, sonríe, pero en cuanto el fotógrafo levanta la cámara, la transformación es absoluta. Más que una sesión de fotos, es un ejercicio de magnetismo. 

Se congela en cuclillas sobre tacones de aguja, con una pierna cruzada y esa mirada penetrante que impone un silencio absoluto en el set. Está cargada de una seriedad que parece traspasar el lente. Sin embargo, al primer corte, la tensión se desvanece en un segundo. “Menos mal hago cardio”, bromea. Es la estampa viva de una mujer contemporánea que proyecta fuerza y empoderamiento. 

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Entre flashes, la fundadora y CEO de Lolilolita alterna con la naturalidad de quien domina su territorio y durante los descansos saluda a su comunidad digital —de más de un millón de seguidores, entre su cuenta personal y las de la tienda—. Al mismo tiempo, coordina los detalles finales para la próxima celebración de la primera década, que será en noviembre; mientras supervisa el merchandising con un ojo clínico. Con el reciente lanzamiento de She is the boss, reafirma su misión de vestir a quienes transforman cada desafío en un escalón hacia el éxito. En esta colección destacan blusas, blazers, pantalones y bermudas para un estilo más ejecutivo y casual. 

Cortesía de Lolilolita.
Cortesía de Lolilolita.
Cortesía de Lolilolita.
Cortesía de Lolilolita.

La marca presenta cuatro colecciones al año, con las que equilibra una producción pensada para el consumo y la exclusividad. Mientras sus piezas de alta rotación (los básicos esenciales) se producen en tirajes de hasta 200 unidades por color, las piezas de colección mantienen una esencia más limitada, con series de 60 a 70 unidades por diseño.

Sin embargo, el verdadero pulso de la firma late en sus dos pilares indiscutibles: los pantalones sastreros y los bodys de alta compresión. Los primeros se convirtieron en un referente gracias a una obsesión técnica por el fit. De hecho, la empresaria logró decodificar la silueta de la ecuatoriana, entre la compleja relación de cadera y cintura, con variaciones ejecutivas de pinzas que estilizan y empoderan. A ellos se suman los bodys, piezas que han sido la columna vertebral de la marca durante ocho de los casi 10 años, que garantizan seguridad absoluta.

Cortesía de Lolilolita.
Cortesía de Lolilolita.

Para ella, estas prendas no son simple moda pasajera, sino “básicos con identidad”, piezas de ingeniería textil diseñadas para resistir el paso del tiempo y convertirse en el uniforme eterno de alguien que exige calidad, versatilidad y una integridad estructural impecable.

Krysthel se define como la directora creativa que orquesta a expertos. “No soy diseñadora; soy una artista y empresaria”. Es precisamente esa distinción la que le permite unirse a los mejores para delegar la técnica y enfocarse en crear una experiencia de vida. “La ropa comunica quién eres antes de que abras la boca”. En su mundo, es la envoltura de una seguridad que se cultiva desde adentro. 

“Para mí, de dónde vienes no te define; lo que te define es si tienes claro o no hacia dónde quieres llegar. Mi cliente ideal es una mujer segura o una que está en búsqueda de esa seguridad”. 

La historia de Lolilolita es, ante todo, un ejercicio de resiliencia. En sus inicios, la firma se centraba en eventos sociales, pero la llegada de la pandemia obligó a un giro de timón necesario. Lejos de aferrarse al pasado, la empresaria comprendió que la capacidad de reinventarse es la única vía hacia la permanencia. Fue así como migró hacia lo funcional y lanzó la icónica colección Girl boss: una propuesta de blazers estructurados, cortes sastre y básicos impecables que definieron una nueva era para la firma. El resultado fue un éxito absoluto: la audiencia, las ventas y la presencia digital se dispararon. Así confirmó que la fórmula perfecta no es algo estático, sino una construcción constante. “Te preocupas o te ocupas. ¡No hay más!”

Krysthel Chuchuca
Krysthel Chuchuca. Fotógrafo: Juan Pablo Castillo. 

La raíz de todo: el juego de roles 

Lejos de una oficina, la historia de Krysthel empezó bajo las luces del teatro. Nació en noviembre de 1991 en Machala y fue criada en Pasaje, provincia de El Oro. Creció como una niña inquieta que encontraba en la poesía, el teatro y la lectura su forma de drenar una vitalidad desbordante. En esas áreas ganó certámenes escolares y sus familiares y amistades le decían “terremoto”, porque no podía parar. “Si había un casting para una obra de teatro, yo tenía que estar ahí. Mi mamá ya lo sabía y me acompañaba”.

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La chispa por la moda se encendió en la calidez de su hogar, junto a su abuela. A los ocho años, mientras otras niñas jugaban, Krysthel observaba con fascinación cómo los retazos tomaban forma bajo sus manos. Ya fueran uniformes escolares o disfraces improvisados para vestir en alguno de los roles que desempeñaba, la precisión con la que trabajaba su abuela se convirtió, años más tarde, en el estándar de calidad de su proyecto. “Esa niña de Pasaje nunca se fue”, sostiene hoy.

Tras estudiar artes escénicas en Guayaquil, descubrió que la actuación y la moda no eran caminos opuestos. Con una inversión inicial de US$ 400 (ahorrados entre grabaciones televisivas) y una visión clara, entendió que su marca debía ser el reflejo de una persona real, para quien el lujo no reside en una etiqueta, sino en la elección. “El lujo para mí es un estilo de vida; es tener una pieza que te dure años”. En otras palabras, Lolilolita está para esa mujer multifacética en la que se ve reflejada Krysthel. “Soy mamá, soy influencer, soy mánager del peleador de la UFC, Michael Morales; soy CEO de mi propia marca, me gusta el marketing, ahora tengo un segmento de moda televisivo. Entonces, creo que sigo siendo esa niña que juega con diferentes roles”.

Krysthel Chuchuca. Fotografía: Juan Pablo Castillo.
Krysthel Chuchuca. Fotografía: Juan Pablo Castillo.

La anécdota de la etiqueta de precio sobresaliendo en su espalda durante la firma de un contrato es su recordatorio favorito de que la perfección es un mito y la autenticidad es lo que realmente crea lealtad. “Salí rápido de una sesión de fotos y como ya no alcanzaba a cambiarme, me fui así a una firma de contrato con un sponsor. ¡Fue mi momento de 'trágame tierra'! Pero, al final, me di cuenta de que tenía dos opciones: quedarme con la vergüenza o simplemente contarla. Decidí lo segundo porque estoy segura de que no soy la primera ni la última a la que le ha pasado; al final, la vida es demasiado corta para vivir atormentada por una etiqueta”. Así sintetiza su filosofía de vida. 

Ahora, con la mirada puesta en 2026, el reto está en ampliarse a cinco puntos de venta en Ecuador. Actualmente, tiene una tienda en Guayaquil y otra en Quito, aunque sus ventas online están 24/7. La visión de Krysthel Chuchuca no conoce techos. Su ambición es transformar Lolilolita en un sello con proyección global. Por lo pronto, planifica aterrizar en Panamá y El Salvador. Al despedirnos, Krysthel se baja de los tacones y el ritmo pausado de su caminar nos recuerda que, más allá de la pose, lo que realmente la sostiene es su inagotable capacidad de movimiento. Porque, como ella misma sentencia: “Si esto llega a convertirse en un imperio, será sencillamente porque no pienso parar”. (I)