Las creaciones de José Ibarra hablan de su infancia. Una llena de colores, animales, flora y fauna. Nació en Esmeraldas y fue el séptimo de 10 hermanos. Su padre era agricultor y ganadero, mientras que su madre se dedicaba a la familia y al negocio de la tienda. “Nacimos ahí. En medio de la nada. Era tierra virgen que no había sido habitada por nadie. Para ir a la escuela caminábamos dos horas”.
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Su primer contacto con el textil ocurrió mucho antes de pensar en la moda. Llegó a través de los sacos de algodón en los que venían la harina y el arroz. “Las primeras memorias que tengo son que mi mamá nos hacía ropa con eso. Tenían motivos infantiles; supongo que las empresas sabían que era una práctica común. Ese fue el primer acercamiento que tuve a la costura”.

El vínculo temprano con ese material —hoy uno de los más reconocibles de su firma— marcaría el camino creativo. El colegio lo estudio en Quinindé, una ciudad cercana. La familia siempre se movilizaba entre su hogar y el pueblo. En 2005, se trasladó solo a Quito para terminar el colegio. “Para mí fue una locura salir del campo a la ciudad. Me costó mucho desarrollarme socialmente, porque antes vivía en una comunidad y con mi familia”, cuenta.
Aunque en algún momento se interesó por la psicología, fue la arquitectura la que terminó atrapándolo. Le atraía su capacidad de ordenar el caos. “Siempre he sido una persona muy perfeccionista; ahora, por suerte, ya no tanto”. Sin embargo, no llegó a graduarse. Un préstamo estudiantil lo obligó a trabajar intensamente para poder pagarlo y, poco a poco, se desconectó de la universidad. Durante más de diez años se dedicó a la arquitectura.
La pandemia de Covid-19 marcó un quiebre. Un día antes del confinamiento total viajó a Esmeraldas para celebrar el cumpleaños de su madre y terminó pasando alrededor de seis meses ahí. Mientras las noticias mostraban incertidumbre y encierro, él vivió una experiencia muy distinta. Fue el regreso al lugar donde creció. “Ahí hubo una ruptura con lo que venía haciendo. Allá éramos totalmente libres”. Ese tiempo le permitió cuestionar el ritmo que llevaba.
“Empecé a considerar que la vida no era trabajar diez horas en una oficina, llevar trabajo a tu casa y terminar amaneciéndote”.
Al volver a Quito, el estudio donde se desempeñaba no logró restablecerse por completo, lo que lo impulsó a buscar nuevas opciones. “Tenía mucha tela en casa, cosas que siempre compraba hasta por inercia. Había pinturas y materiales que siempre rayaba y marcaba sobre las telas. Entonces fue cortar dos piezas y hacer un tote bag. Así inició José Ibarra Estudio: con un bolso muy básico, pero con arte”.

Al inicio, Ibarra no se asumía como artista. Los accesorios que confeccionaba eran regalos para sus amigos, pero pronto llegaron los primeros pedidos. Versiones más grandes, modelos tipo mochila o piezas reforzadas. Con eso comenzó una exploración más consciente sobre el textil, la funcionalidad y el valor de su trabajo. “Cuando entiendes que esa pieza que construyes puede tener un valor, empiezas a pensar en eso y a considerar que ese hobby puede convertirse en algo serio”.
En esa etapa de prueba y error aparecieron varias de las técnicas que hoy forman parte del ADN de la marca: la pintura manual, los motivos gráficos y los deshilachados. Esta última surgió de manera casi accidental. “En algunas piezas quedaban bordes expuestos de las costuras. Entonces iba sacando los hilos para que no pareciera que estaban mal cosidos”, explica.

Por más de un año combinó la producción de sus bolsos con el trabajo en arquitectura. La idea de convertirlo en un negocio todavía no estaba del todo definida, pero no dejaba de rondarle la cabeza. “Me llené de tantos modelos que pensé que se podían comercializar si me dedicaba y le daba el tiempo suficiente para que funcione de una manera más práctica”.
En 2021 se mudó al Centro Histórico de Quito en busca de espacios más amplios y económicos. Dos años después, en 2023, estableció allí su taller y contrató a Anita, una costurera con más de 50 años de experiencia.
Vivir en este lugar fue también una forma de acercarse a una identidad que, aunque estaba presente en su historia, no había explorado de manera tan consciente. La cercanía con mercados, plazas, oficios tradicionales, migración interna y culturas indígenas y andinas transformó su mirada.
“Fue poner los pies en la tierra y decir: ¿quién habita este lugar? Aquí, a dos cuadras, está el Mercado Central; a unas ocho, la Plaza Grande. Llegar me hizo asentar eso y florecer la identidad; como ecuatoriano, como alguien andino”. La exploración se refleja hoy en sus prendas. Las cintas, los flecos, el color, la pintura y el movimiento aparecen como referencias a una cultura popular que observa desde la cotidianidad.

Tras dos años creando únicamente accesorios, Ibarra dio el salto a la ropa gracias a una propuesta del artista, también ecuatoriano, Sebastián Monsalve, quien había trabajado en el exterior para marcas y revisas de moda. Al volver al país, conoció a Ibarra y sus creaciones y, en el 2024, le propuso diseñar una colección para "Las voces de Latinoamérica".
Este proyecto consistía en vestir a destacadas cantantes que representaban el folclore y la cultura latinoamericana, tales como Margarita Laso, Susana Baca y Aida Cuevas. “Él me dijo que quería que trabaje sobre las prendas, de la misma forma que con los bolsos. Yo conocía bien los procesos de pintura que aplicaba, comprendía cómo la tela se comportaba. No sabía cómo hacerlo en ropa, pero ya entendía cómo se trabajaba en la materia prima”.
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Anita fue clave en esta transición. Su experiencia como costurera permitió que las ideas de José encontraran una construcción más precisa. El camino, según el diseñador, fue “interesante. Complicado al principio, pero muy genuino y natural”. Ibarra tuvo que confeccionar ocho piezas a contrarreloj en medio de cortes de luz y entregas personalizadas con las artistas.
“Desde ese momento no he parado de crear”. Este esmeraldeño explica que el hilo siempre lo guía entre cápsulas e ideas. En marzo de 2025 lanzó “La Primavera”, una colección de 12 prendas (equivalentes a 5 estilos completos) inspirada en flores y colores del país.

Su trabajo fue cada vez más reconocido. Monsalve también lo conectó con Brenda, cantante y artista ecuatoriana, quien le pidió prestadas sus creaciones. Luego de algunas presentaciones, Brenda lo invitó a diseñar para su participación en el Festival de Viña del Mar en Chile, donde buscaba vestir exclusivamente propuestas de diseñadores nacionales.
Ibarra hizo tres piezas exclusivas para su debut frente al “Monstruo de Viña”. Cada una buscaba dialogar con el repertorio y el escenario. La primera fue “Capullito”, una prenda intervenida con flores y cordones bordados que cuelgan y se mueven con el cuerpo. En la espalda llevaba el nombre de la canción. La segunda fue un look negro con dos partes, atravesadas por cintas bordadas y la técnica de splash, un recurso pictórico que ya había desarrollado en sus totes. La tercera, titulada “El cacique”, fue una exploración de capas y deshilachados. Eran fragmentos de tela superpuestos para crear un efecto de cascadas, texturas y niveles. Su elaboración le tomó alrededor de dos semanas.

Este año fue invitado a participar en la feria Ecuatextil, para la que diseñó una cápsula de alta costura realizada con denim 100 % algodón, material patrocinado por la empresa Vicuña. El requisito de que la mezclilla fuera completamente con ese textil, resultó decisivo para que Ibarra aceptara el proyecto.
“Lo interesante era descontextualizar un poco la idea de que el denim está hecho solo para pantalones".
La cápsula, elaborada en aproximadamente dos meses junto a Anita y en paralelo a los pedidos habituales, estuvo compuesta por cuatro atuendos inspirados en las regiones del Ecuador. El primero, “El mar”, está inspirado en la Costa y Galápagos. Es un vestido largo blanco con estructura, tiras que evocan el movimiento de las olas y pompones de colores. “Alta Sierra” toma como referencia a las princesas incas, incluye un chal con flecos y un vestido construido con cortes de tela negra que dibujan formas volcánicas.
La tercera propuesta representa a la Amazonía a través de un top voluminoso que emula la copa de un árbol y una falda blanca plisada, elaborada con seis metros de tela, que representa el tronco. Finalmente, está “La fiesta” que rinde homenaje al folclore nacional a través de un conjunto de blusa ligera y pantalón pintados a mano, complementado con un fajín cargado de listones y movimiento.

Hoy, Ibarra vende directamente en su taller del centro de la capital, donde recibe a varios turistas, aunque también comercializa sus piezas en Tienda Ciudad, el espacio municipal ubicado en la Plaza Grande. Su equipo fijo sigue siendo pequeño, pero alrededor de la marca se ha construido una comunidad. “Siempre digo que tengo los mejores clientes del mundo. Hay gente que llega, compra algo y luego termina siendo amiga. Tengo personas que tienen 20 piezas, amigas que tienen 30 bolsos”, afirma.
Entre octubre y noviembre de este año, planea lanzar una nueva colección de alrededor de 12 atuendos inspirados en los volcanes del Ecuador. Será, según adelanta, una propuesta más atrevida en el uso del color: fucsia, verde, amarillo, bordados y pintura.
“Yo siempre he sido minimalista, a más no poder. Pero la gente reconoce mi marca por los colores y para mí sigue siendo raro escuchar eso. Ahora quiero darles mucho de eso, sin miedo”.
Aunque dejó la arquitectura, su formación sigue presente en sus obras. “Hay gente que ve mi ropa y me pregunta si estudié esa profesión. Dicen que son prendas con mucha estructura. No sé exactamente cómo logran percibirlo, pero está ahí”.

Si hoy Ibarra pudiera definir su marca, lo haría bajo tres pilares. La sostenibilidad por el uso exclusivo de algodón, sin productos de origen animal ya que él es vegetariano; la fiesta, por los elementos como flecos y cintas que lo han acompañado en su arte; y la inocencia, al mantener un proceso humano, orgánico y con imperfecciones, alejado de la rigidez académica.
Durante todo este tiempo no ha tenido una capacitación formal o universitaria en esta esfera, y por ahora tampoco busca hacerlo. “Creo mucho en la exploración. Tenemos que formarnos en la experimentación de las cosas: hacer, errar, corregir y mejorar. Hasta ahora siento que tengo que darle espacio a ese desarrollo orgánico y natural del arte y de la moda. Quiero que llegue hasta donde tenga que llegar”. (I)