Tengo en la mente la primera vez que escuché a José Orellana con La Madre Tirana. Era 2017 y el Verano de las Artes había llegado a Quito. El Itchimbía acogió a más de 15 artistas, entre ellos Ricardo Pita, Pichirilo Radioactivo, Tripulación de Osos y esta banda cuencana. Clásicos como “Midas”, “El Cuadro” y “Agripina” mantenían al público bailando.
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Hoy, el proyecto cumple 10 años de trabajo, una trayectoria que celebra con su sexto álbum, “Grandes Fracasos”. Conversamos con Orellana un martes por la tarde, luego de su jornada como abogado. Este sábado 19 de septiembre se presentará por primera vez en vivo, con las nuevas melodías. Mientras hablamos se refirió a un disco que, pese al paso del tiempo y a la madurez de “La Madre”, sigue representando lo que la música ha significado siempre para él: diversión.

También confiesa que es difícil trasladar a palabras los detalles sensoriales de este álbum. Pero, si tuviera que definirlo, lo relacionaría con el olor de la casa de los abuelos, la madera vieja que perfuma los ambientes, las gradas que rechinan al subir, los objetos que guardan memoria.
“Todo cruje y tal vez olería un poco polvoso también, un color café sepia que se toma todo el lienzo”, detalla el artista.
El lanzamiento reúne nueve canciones y nació hace tres años. Mientras lo grababa, se dio cuenta —en sus propias palabras— de que era un disco “muy peculiar”, por lo que decidió darle tiempo, “para que madure correctamente”. Por eso, antes de su llegada, aparecieron otros trabajos como “La Madre Tirana 5”, un material que se acercaba más al rock y al pop. “El nombre habla sobre ese contexto latinoamericano de lucha, digamos, de sacar las cosas. Entonces, es una broma que planteamos, nosotros no podemos tener un ‘Grandes Éxitos’, pero sí un ‘Grandes Fracasos’”.

Orellana habla de esta creación como una exploración de sonidos orgánicos y de música latinoamericana. Hay referencias al bolero, la salsa, el son cubano y otros ritmos que la banda no había transitado de forma tan directa. Además, indica que se trabajó para que no se entiendan sólo como canciones aisladas, sino como un viaje completo, una unidad. “Si escuchas bien vas a encontrar referencias a otros títulos que están escondidas en la misma colección”. En esa trama, temas como “Katana”, “El ladrón del mundo”, “Salsa Costa” y “Toda la marea” funcionan como creaciones hermanas.
El desafío era encontrar una idea esencial, un núcleo sonoro que pudiera desplazarse y transformarse sin perder coherencia. La producción se realizó con Pablo Orellana y Bernardo Arévalo que forman parte del proyecto. Entre los tres grabaron todos los instrumentos, realizaron los arreglos y le dieron forma.
Este regreso a una sonoridad vintage —si se lo puede llamar así— también responde al momento que vive el mundo. Para el músico, la presencia creciente de la inteligencia artificial instala una sensación de saturación y desplaza, poco a poco, el protagonismo humano dentro de los procesos creativos. “Queríamos, conscientemente, alejarnos de eso. De los loops, cajas de ritmo, así… Buscamos que se sienta como seres humanos tocando instrumentos, que es algo que se está perdiendo. Para nosotros, es un espacio para encontrarse como individuos, con errores y que sea espontáneo”.
Es una apuesta, saltar de un ritmo conocido a otro que la banda no ha tocado. Pero la atención de Orellana no está en eso. “No buscamos gustar, si no hacer algo que nos divierta. Fue un desafío irnos por lo latino”. Esa idea es una constante en su ejercicio artístico: crear desde el gusto antes que desde la expectativa de la fama.
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Mientras conversamos, admite que siempre está pensando en música, aunque nunca la estudió de manera formal. “Lo que a mí me gustó de esto fue la idea de la libertad y de divertirme, no de disciplina”. Orellana se describe como alguien trabajador y obsesivo, pero insiste en que busca conservar cierta inocencia dentro del proceso.
“Me gusta mantener esa ingenuidad, que es difícil con el paso de los años. También es fácil frustrarse o dejar de sentir”.
Su trabajo como abogado y sus roles como esposo y papá conviven con el proyecto. Pero lejos de restarle intensidad, parece alimentar su relación con la creación. “El hecho de no dedicarme 100 % al arte también me ayuda a sentirla con intensidad. Para mí es súper importante tener otras vidas que me alimenten creativamente”.

La Madre Tirana sigue siendo un territorio de juego para él, un lugar desde el que puede imaginar personajes, tener su alter ego, habitar distintas bandas y probar nuevas formas de hacer canciones. “De cada LP espero siempre que sea algo nuevo y explorar un género distinto”. El próximo mes, saldrá del país para presentarse en Colombia. El viaje representa un nuevo paso y una oportunidad de conectar con públicos distintos.
Después de una década, la claridad también llegó. “La lección de mi vida de todo este tiempo en la música ha sido aprender a liberarme de lo que puedo controlar y lo que no. Y también identificar claramente qué es lo que me inspira, si es ser famoso o la música en sí”. Para él, la respuesta está clara. “Estoy en esa madurez de sentirme tranquilo. Mientras tenga canciones, amigos con quién tocar y que para la gente signifique algo, estoy satisfecho”. (I)