Existen quienes dicen que lo que es para ti, siempre encuentra la manera de llegar. Para Renata Díaz Valdivieso, diseñadora de indumentaria y textil graduada de la Universidad de Buenos Aires, no hubo mayor verdad.
Nació en Cuenca hace 32 años, de madre ecuatoriana y padre chileno, por lo que su vida transcurrió entre ambos países. Desde joven se interesó en explorar su creatividad en la moda, pero jamás pensó que la joyería y el vidrio serían de las pasiones que más impactarían en su carrera.
“Recuerdo leer una entrevista de alguien que utilizaba este material, a quien su astróloga le recomendó trabajar con fuego porque le hacía falta ese elemento según su carta astral, y esa idea me hizo mucho sentido”.

Antes de adentrarse en un medio dominado por transparencias, reflejos de luz y volúmenes delicados, Renata comenzó su carrera al experimentar con la moda. Su proyecto de tesis: Transeúnte, la llevó hasta el “Talente: Masters of the Future”, durante la Internationale Handwerksmesse de Múnich en Alemania. Fue la única ecuatoriana y latinoamericana seleccionada en la edición de 2025 de esta feria de artesanía y oficios, tan relevante en Europa.
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Todo partió de la pandemia, “la escasez de materiales y el poco acceso que existía en aquel momento al mundo exterior” hizo que Renata mirara hacia afuera, para tomar inspiración. De ahí abstrajo un concepto, nada ajeno a quienes vivimos el encierro, basado en la añoranza de aquellos espacios comunes.
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Frente a su ventana, encontró personas transitando distintos estilos de vida y ambientes, que empezó a fotografiar. Después de reunir un amplio archivo, lo estampó en prendas de moldería sencilla, elaboradas mediante técnicas de upcycling que recibió de donantes de todo el mundo. Buscó plasmar cómo “existen recuerdos o sensaciones que permanecen arraigados a cier tos lugares” y cómo esas personas y vivencias “también forman parte de la composición urbana”.
“La gente que había visto y retratado tenía algo en común al ocupar los espacios, a pesar de venir de lugares tan distintos”, menciona.

Si bien tenía una profesión establecida, la vida la llevó a explorar nuevas fronteras creativas. En 2024, se apasionó por la joyería de autor y todo lo que simboliza la ornamentación del cuerpo. Asegura que las piezas guardan una carga simbólica, emocional o hasta hereditaria y por eso quiso estudiar el oficio de la manera tradicional, al preferir un “enfoque práctico, más uno a uno”.
Se instruyó de la mano de la alta joyera, Azahara Santoro, en Valencia, España. Durante este acercamiento, aprendió a trabajar las materias primas más antiguas: el oro y la plata, pero al cabo de tres meses, empezó a sentir interés por un elemento totalmente nuevo: el vidrio. “Apareció muy de repente; en mis fines de semana recorriendo mercadillos, me atraían todo tipo de piezas de cristal”. Cosas que antes pasaban desapercibidas como vitrales, candelabros y cristalería de mesa, empezaron a ser más notorias en su día a día.
“Podría sonar algo hippie, pero hasta soñaba con piezas hechas de vidrio”.
Algo peculiar, pues, en aquel entonces, no había visto el material aplicado en ningún tipo de joya. Por lo que, aprovechó esta inclinación y la invitación a exhibir su colección en Alemania para mudarse a Europa e inscribirse en el Barcelona Glass Studio. Se trata de la escuela de Agustina Ross, fundada en 2015, con un enfoque en la enseñanza del flameworking, técnica que usa el soplete para modelar vidrio de borosilicato. Una variedad que es resistente a altas temperaturas.

Ahí aprendió a dominar la gravedad y el calor, para dar forma a objetos translúcidos. Según Renata, es impresionante ver cómo un material en estado sólido, formado por minerales como sílice y óxido de boro, provenientes de la tierra, se transforma con el fuego en un elemento maleable, “casi líquido”. Mientras que, con otras técnicas, como la soffiatura, o vidrio soplado, se logra crear siluetas infladas de aire, como las famosas piezas elaboradas por los artesanos de Murano, en Italia. Es un material que parece tomar vida propia.
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Para ella, experimentar con esta materia cristalina e impredecible fue como encontrarse “con un amigo que no había visto hace mucho tiempo”. Si bien el método se le dio más fácil que la joyería tradicional, al terminar sus estudios quiso perfeccionarse. Viajó a Colombia para aprender de Gerardo Gamboa, un artesano de Bogotá. Allí incorporó nuevas destrezas técnicas, que, mezcladas con las enseñanzas de Agustina, le permitieron evolucionar. “Uno siempre se inspira en sus maestros, todos manejan el fuego de manera distinta y luego cada uno lo aplica a su modo, por eso no hay dos personas que realicen una técnica exactamente igual”.
“Desde que encendí el soplete y trabajé directamente con el vidrio, sentí que era lo más cercano que había estado de lo divino”, dice entre risas mientras se pregunta si la falta de ventilación en el estudio causaría aquel “momento de epifanía".

Renata asegura que su conciencia parece estar en otro lugar mientras trabaja. Por un lado, abstrae las ideas de su imaginación y, por otro, sus manos transforman la materia prima en joyas, sin miedo alguno al fuego. “Siento que nos entendemos”. Con el tiempo, ha forjado su propia impronta gracias a cómo lo maneja y se deja llevar.
Todo comienza cuando se abren las boquillas, una de gas y la otra de oxígeno, para encender y regular la llama. Luego, se acerca el fuego a la varilla, que al entrar en calor toma una tonalidad rojiza intensa, tornándose en una especie de plastilina, que marca el punto exacto para empezar a transformar su silueta. A pesar de que cada pieza captura la esencia de su autor o cómo éste “entiende y manipula el material”, siempre se debe respetar el proceso. Renata confía en su intuición y fluye.
“Le permito que hable por sí solo, antes de imponer mis ideas”, porque el cristal no siempre se comporta como uno desea… (I)
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