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OBRA DE BECKY KOLSRUD. © BECKY KOLSRUD, CORTESÍA DE LA ARTISTA Y MORÁN MORÁN. FOTOGRAFÍA DE JEFF MCLANEBecky Kolsrud, Figures/Face II, 2019.

Natalie creció en el oeste de Estados Unidos, en una familia dedicada a los restaurantes. Su padre era dueño de un restaurante que lleva casi 70 años en funcionamiento, uno de esos lugares donde se puede pedir un filete acompañado de una cola de langosta. Ya adulta, comenzó a trabajar en tecnología y consultoría, pero hace siete años recibió una llamada: su padre quería que se hiciera cargo del negocio.

Al principio se arrepintió de haber aceptado. “Era como: ‘¿Por qué estoy haciendo esto? No sé nada de este mundo’”, recuerda. Sin embargo, logró adaptarse durante la pandemia y hoy asegura que le encanta. Hace un año, a los 33, se mudó a Nueva York para abrir una segunda sucursal. Ese mismo año dio a luz a una niña e invitó a su madre a visitarla. Fue entonces cuando comenzaron los problemas.

Mientras Natalie aprendía a toda velocidad sobre grandes cortes de carne y hospitalidad de alto nivel, su madre, que había luchado contra el sobrepeso durante décadas, comenzó a tomar un GLP-1 y bajó varias tallas de ropa. De pronto, tenía un cuerpo nuevo y opiniones sobre el de los demás.

Cuando Natalie llevaba apenas tres meses de posparto y estaba en plena construcción del nuevo restaurante, su madre le dijo: “Quizá deberías considerar tomar un GLP-1 para que estés delgada cuando abra el restaurante”.

Natalie se resistió. “Le dije: ‘O podría esperar y dejar que mi cuerpo haga lo suyo’”, recuerda. Pero su madre insistió: “Y ella seguía diciendo: ‘Sí… o podrías simplemente tomar un GLP-1’”.

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Ni siquiera su nieta recién nacida escapó de los comentarios. “Mi mamá me dijo: ‘Creo que deberías reducir la cantidad de leche. Creo que está comiendo demasiado’. No me di cuenta de lo tóxicas que podían ser algunas de las ideas en torno a los GLP-1 hasta que tuve a mi hija”, cuenta Natalie.

Ahora que una SIMPLE INYECCIÓN puede controlar lo que una LUCHA DE TODA LA VIDA no había logrado, una gran carga de EMOCIONES está SALIENDO A LA SUPERFICIE.

Hoy, los medicamentos agonistas del receptor GLP-1 están por todas partes. Según una encuesta reciente de Gallup, el 15 % de los estadounidenses afirma haber utilizado en algún momento uno de estos medicamentos —Ozempic, Wegovy, Zepbound, Mounjaro o Saxenda— para perder peso.

La médica e investigadora Jennifer Manne-Goehler, profesora adjunta de Medicina en la Facultad de Medicina de Harvard y colaboradora en el desarrollo de las directrices de la Organización Mundial de la Salud sobre el uso de GLP-1 para tratar a adultos con obesidad, señala que, tanto en su experiencia clínica como en diversos estudios, muchas personas pierden al menos el 5 % de su peso corporal total en un período de tres a seis meses. En los ensayos clínicos, la pérdida de peso promedio ha oscilado entre el 15 % y el 22 % durante un período de 12 a 16 meses.

Para muchas personas, esto ha sido nada menos que un milagro. Al mismo tiempo, la revolución de los GLP-1 ha puesto sobre la mesa algunas de nuestras ansiedades culturales más profundas en torno al peso y la imagen corporal, alterando amistades y transformando matrimonios. Quizá en ningún otro vínculo haya generado tantas fricciones como en el de madres e hijas.

Después de todo, muchas hemos heredado de nuestras madres —quienes, a su vez, las heredaron de las suyas, y así sucesivamente— nuestras ideas más arraigadas sobre la belleza, pero también sobre el autocontrol y el apetito. Ahora que una simple inyección podría controlar aquello que una lucha de toda la vida no consiguió, madres e hijas se enfrentan a las implicaciones de este cambio y a una gran carga de emociones que comienza a salir a la superficie.

Zoë Bisbing, terapeuta en Nueva York especializada en imagen corporal, observa una y otra vez los mismos escenarios en su consulta. Están las mujeres de mediana edad cuyas madres, de 70 u 80 años, toman un GLP-1 y han convertido el tema en el centro de las conversaciones familiares. “Escucho mucho a mujeres que me dicen: ‘Sí, las abuelas lo están tomando y no pueden dejar de hablar de ello’”, cuenta Bisbing.

También están los adultos jóvenes cuyos padres los presionan para que tomen uno de estos medicamentos —a veces incluso se ofrecen a pagarlos—, en una dinámica que recuerda a una infancia marcada por las visitas obligatorias a Weight Watchers. Algunas mujeres ni siquiera quieren que sus madres sepan que están tomando estos fármacos. “Sienten que es algo que complacerá a sus madres y no quieren complacerlas”, explica Bisbing,

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OBRA DE BECKY KOLSRUD. © BECKY KOLSRUD, CORTESÍA DE LA ARTISTA Y MORÁN MORÁN. FOTOGRAFÍA DE JEFF MCLANEBecky Kolsrud, Figures/Face (Double Figure), 2020.

Cuando un miembro de la familia pierde peso de manera repentina y drástica, la sensación de traición puede ser intensa. La última novela de Rainbow Rowell, Cherry Baby, publicada en abril, sigue a una protagonista que tiene cuatro hermanas. Las cinco son de talla grande y comparten una visión de la positividad corporal centrada en la familia, aunque sin demasiadas reglas. Por eso, cuando la hermana mayor comienza a bajar tallas de ropa de forma misteriosa —está tomando un GLP-1, pero no lo cuenta—, las demás quedan conmocionadas.

Rowell no toma un GLP-1, aunque tampoco descarta hacerlo en el futuro. Sin embargo, ahora observa historias similares entre sus amigos y familiares, algunos de los cuales sí utilizan estos medicamentos.

“Los GLP-1 introducen un elemento de control que antes no existía. Así que empieza a parecer que ser una persona gorda es una elección, o al menos se percibe como tal. Antes existía más la sensación de que estábamos todos en esto juntos. Creo que los GLP-1 nos han colocado en páginas distintas", afirma.

Para Rowell, la popularidad de estos fármacos puede provocar un cambio profundo en la identidad. “He pasado toda mi vida intentando aceptar que soy gorda. Intentando quererme y agradecerle a mi cuerpo lo que hace por mí. Por eso, tener una salida que parece posible puede sacudirte el mundo. Si tomas esa salida, ¿qué dice eso de todo el trabajo que has hecho? ¿Le estabas mintiendo a todo el mundo? ¿Te estabas mintiendo a ti misma?”.

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Rowell ha visto lo que ocurre en las familias cuando alguien comienza a tomar un GLP-1 e intenta mantenerlo en secreto. “Cuando dices: ‘Simplemente he sido más disciplinada con el ejercicio’ o ‘Por fin estoy tratando la comida de una manera saludable’, todos los que te rodean piensan: ‘Mentira. Y, encima de todo lo demás, nos estás mintiendo’”, explica.

“Antes existía más la sensación de que estábamos todos en esto juntos. Creo que los GLP-1 nos han colocado en páginas distintas”.

—Rainbow Rowell

Cuando estás acostumbrada a ver a tus seres queridos desenvolverse en el mundo con un cuerpo parecido al tuyo, presenciar un cambio repentino puede desestabilizarte.

“Estás constantemente lidiando con tus propios sentimientos al respecto, y estos chocan con los sentimientos de los demás. Se siente como un juicio, como soledad y como competencia”, dice Rowell.

Es fácil quejarse de las almond moms, el término popularizado en redes sociales para describir a las madres que proyectan en sus hijos una relación poco saludable con su propia imagen corporal. ("¿Tienes hambre? ¡Come unas cuantas almendras sin sal!"). Sin embargo, Bisbing señala que este impulso, aunque esté equivocado, puede surgir de una intención genuina de proteger.

“Los padres tienen una necesidad instintiva de apoyar y proteger a sus hijos. Y todos sabemos que vivimos en una cultura profundamente gordofóbica, donde existen privilegios asociados al cuerpo y jerarquías corporales”, explica.

“Las madres no quieren ver a sus hijas sufrir ni sentir vergüenza de sus cuerpos”, afirma Geneen Roth, autora de 11 libros sobre la alimentación emocional y la liberación de la cultura de las dietas, entre ellos Love, Finally: Untangling the Knot Between Mothers, Daughters, and Food, publicado este año. “El problema es que una hija percibe lo que siente su madre, no solo lo que dice. Hay una transmisión de lo que la madre siente respecto a su cuerpo y a la comida”.

Lucy Anson, terapeuta de Baltimore especializada en imagen corporal y trastornos de la conducta alimentaria, cuenta que sus pacientes pueden darse cuenta cuando sus madres comienzan a tomar un GLP-1 en secreto.

“De pronto, mi mamá ya no cena conmigo en Acción de Gracias”, dice, reproduciendo algo que ha escuchado de sus pacientes. “Ya no prepara los postres que solía hacer”.

Cuando estás acostumbrada a ver a tus SERES QUERIDOS desenvolverse en el MUNDO con un CUERPO parecido al TUYO, presenciar un cambio repentino puede DESestabilizarte.

Por cada mujer que se siente juzgada por su madre por utilizar medicamentos para perder peso, hay otra que se preocupa por contarles a sus hijos que ella misma toma un GLP-1, por temor a que interioricen un mensaje perjudicial.

“Incluso cuando los hijos ya son adultos, no quieres que piensen que necesitan cambiar su cuerpo. Al mismo tiempo, quizá quieras ser honesta sobre lo que estás haciendo y por qué", dice Bisbing.

¿Cómo puede una madre hablar sobre la pérdida de peso sin sembrar ideas equivocadas en sus hijos?

Anna, de 48 años, proviene de una familia judía de Nueva Inglaterra, donde, según cuenta, “existe una gran ironía: te obligan a comer, pero Dios no permita que subas de peso”. Su madre solía criticar su propio cuerpo y también el de los demás. Por ejemplo, señalaba cuando una prima “había engordado”.

Ya adulta, Anna mantuvo esa tradición familiar y pasó por ciclos de restricción alimentaria y recaídas, vergüenza y frustración, intentando controlar su peso. Nada funcionó hasta que comenzó a tomar un GLP-1.

No solo perdió peso, sino que también desaparecieron el dolor articular y la inflamación. Sin el constante ruido mental relacionado con la comida (food noise), sintió una mayor claridad mental. “Incluso semanas antes de irme de vacaciones, empezaba a angustiarme: ¿voy a comer demasiado?”. Ahora esa ansiedad ha desaparecido.

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Aun así, necesitaba encontrar la manera de hablar del medicamento con su hija preadolescente y su hijo adolescente. Ambos han señalado que su abuela “siempre está hablando de cuánto odia su cuerpo”. Anna le ha pedido que deje de hacerlo delante de los niños.

“Esa no era la manera en que quería enseñarles lo que valoro en otras personas”, explica.

Por cada MUJER que se siente JUZGADA por su MADRE por utilizar MEDICAMENTOS PARA PERDER PESO, hay otra que teme REVELAR a sus HIJOS que ella misma toma un GLP-1.

Bisbing respalda el enfoque de Anna. “Aquello a lo que prestamos atención y de lo que hablamos comunica lo que es importante para nosotros. Y, por Dios, una de las cosas más protectoras que podemos hacer por nuestra propia imagen corporal y por la de los demás —sean amigos, compañeros de trabajo o hijos— es hablar de lo que queremos que valoren de sí mismos”.

Al final, Anna decidió tratar su GLP-1 como trataría un antidepresivo: como una intervención médica, no como una señal de debilidad. Sus hijos la ven aplicarse la inyección y la escuchan hablar de su plan de salud.

Hasta ahora, asegura, el tratamiento no parece haberles llamado demasiado la atención, a diferencia de lo que ocurrió cuando hacía dieta y rechazaba un trozo de pastel incluso en su cumpleaños.

“Eso les llama mucho más la atención que lo que hago ahora, que es volver a comer lo mismo que todos los demás”.

Anna ya no prepara comidas diferentes para ella y mantiene una cultura familiar en la que no se habla del aspecto físico de otras personas.

“Me alegra muchísimo poder decir que mi hija nunca ha dicho que no le guste su cuerpo”, afirma.

Por su parte, Natalie, la restauradora, intenta comprender cómo criar a una hija en un mundo donde los ideales corporales a veces parecen haber cambiado radicalmente y, otras, permanecer congelados en el tiempo.

La obsesión de su madre con el peso después de comenzar a tomar un GLP-1, dice, ha afectado “drásticamente” la manera en que piensa sobre su propia maternidad.

“Antes estaba muy concentrada en cómo enseñarle a tener un buen corazón, ser inteligente, trabajar duro y todas esas cosas. Ahora también pienso: '¿Cómo me aseguro de que no se obsesione con estar delgada?'”.

Le molestan los comentarios sobre el cuerpo de su hija, incluso cuando se hacen con una intención positiva.

"Me sorprendo a mí misma cuando estoy con mi esposo y mis suegros y alguien comenta: “'Dios mío, está tan gordita! Es adorable'. Quizá deberíamos dejar de hacerlo. Quizá, en lugar de eso, simplemente deberíamos decir: “'Está tan feliz'”. (I)

Nota originalmente publicada en Harper's BAZAAR Estados Unidos.