Diseñadores locales

El método de Carolina Valencia para crear joyas irrepetibles

Esta diseñadora guayaquileña crea joyas únicas a partir de piedras preciosas y semipreciosas, materiales reutilizables y procesos conscientes, alejándose de la producción en serie y de las tendencias.

Por Camila Miranda Mieles

Fotografía: Daniel Tapia. — Cortesía Carolina Valencia

Carolina Valencia pasó por la medicina, el diseño industrial, el diseño de interiores y múltiples oficios creativos antes de dedicarse por completo a la joyería. Nació en Guayaquil hace 38 años y —en una entrevista con Harper’s BAZAAR Ecuador— explica que su relación con este oficio comenzó mucho antes de que existiera una marca con su nombre. Creció entre talleres, vitrinas y piedras preciosas. Su madre y sus tías fueron joyeras durante décadas y el trabajo con metales y gemas formó parte de su entorno cotidiano.

Estudió medicina durante dos años antes de abandonar la carrera y probar otras maneras de expresarse. Pasó por diseño industrial, diseño de interiores y –durante años– exploró distintas líneas creativas como: bikinis, cinturones, carteras de cuero, zapatos e incluso un taller de costura industrial. “Parece que nada tiene que ver con nada, pero todo se fue conjugando. El diseño industrial me enseñó ergonomía, la medicina me enseñó el cuerpo y el diseño siempre estuvo ahí”. 

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La joyería, aunque estaba en sus venas, fue un territorio al que regresó más tarde. Tras un asalto que llevó al cierre de la joyería de su madre, el oficio quedó asociado a una experiencia dura. “Fue algo traumático, mi mamá decidió no volver a exponerse y yo me fui por otra rama”. Pero la pasión creativa se mantuvo. Probar materiales, procesos y productos fue una forma de entender qué quería hacer y, sobre todo, cómo quería hacerlo. Valencia encontró en la joyería un formato que dialogaba mejor con su forma de crear. A diferencia de la ropa o el cuero, donde el bodegaje y el desperdicio se acumulaban, las joyas le ofrecían flexibilidad y control. 

“Puedo deshacer y rehacer lo que quiera. No tengo desperdicios, todo se reutiliza. Es más versátil y más consciente”. 

Aunque siempre trabajó desde casa, formalizó su marca hace cinco años, cuando abrió su showroom y su oficina en Arcos Plaza, en Guayaquil. “Ahí fue cuando dije: ‘Carolina, ahora tú pagas todo, vende y ve si a la gente le gusta’”. Hoy, su propuesta se aleja deliberadamente de la joyería tradicional asociada al oro de 18 quilates y a la producción seriada. 

Esta guayaquileña trabaja con piedras preciosas y semipreciosas, plata 925, baño de oro de 18 quilates, cuero y alambres. No es orfebre en el sentido clásico, no funde metales ni produce en serie. Diseña y arma sus piezas a partir de materiales que obtiene de proveedores locales e internacionales. “Hay piezas que existen una sola vez en el mundo. Máximo dos, si logro replicar algo. Eso es lo que las vuelve especiales”. 

Fotografía: Daniel Tapia. Cortesía Carolina Valencia.

Esa decisión define también el valor de su trabajo. Sus joyas se mueven en rangos desde los US$ 100 a los US$ 500, dependiendo de la piedra, la cantidad de material y la complejidad del diseño. Se venden a través de su tienda, su página web y sus redes sociales. Los collares son su especialidad: le interesan las capas, la armonía visual y la forma en que una pieza se adapta al cuerpo sin quedar restringida a un solo contexto. 

“No creo en joyas solo para lo formal. Me interesa que puedas usarlas todos los días”.

Las piedras son uno de los ejes más personales de su proceso creativo. Valencia no diseña desde un calendario de tendencias ni desde significados preestablecidos. “Yo creo más en que la piedra te llama a ti, no en que tú la eliges”. La atracción visual es siempre el primer filtro; después viene la investigación, la comprensión del material y de lo que puede aportar a quien lo lleva.

En este momento, la cianita ocupa un lugar central en su trabajo. También conocida como distena, esta piedra pertenece a la familia de los silicatos y debe su nombre al griego kyanos, que significa azul, el tono que la caracteriza aunque también puede encontrarse en variaciones verdes, grises o blanquecinas. Su brillo vítreo y su transparencia parcial le dan una presencia particular, casi cambiante, que conecta con la forma en que Valencia concibe sus piezas. “Me enamoró desde que la vi”, dice, recordando el primer encuentro con una piedra que no buscaba, pero que terminó marcando una etapa completa de su producción.

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Más allá de lo estético, la cianita está asociada a una energía calmante, a la reducción del estrés y al fortalecimiento de la intuición y la comunicación personal, cualidades que dialogan directamente con el discurso de la diseñadora. “Yo recomiendo siempre que la gente elija la piedra que más le atrae, no la que le dicen que debería usar. Esa es la que realmente funciona para ti”. Estos ciclos creativos suelen durar entre tres y cuatro meses, hasta que el material se agota y una nueva piedra toma protagonismo, en un proceso que Valencia describe como orgánico y no forzado.

Definir a las mujeres que usan Carolina Valencia no pasa por edad ni por estilo. “Me adapto a una bebé o a una mujer de 80 años”. Sus clientas buscan piezas atemporales, eclécticas y distintas, joyas que no se repitan. 

“Hoy el verdadero lujo es sentir que una pieza es tuya, que te representa y que nadie más la tiene”.

Aunque en el horizonte existe la idea de desarrollar una línea de alta joyería, Valencia no ve ese paso como un reemplazo de lo que ya hace, sino como una expansión natural. “Lo que tengo ahora no lo pienso dejar nunca. Me encanta y me divierte. La alta joyería será un reto paralelo, cuando sea el momento”. Si Carolina Valencia tuviera que resumir su trabajo en una sola palabra, no elige sofisticación ni exclusividad, sino intuición. “La idea inicial siempre hay que seguirla. Eso es lo que guía todo lo que hago”. (I)