Talento ecuatoriano

La moda que resiste al tiempo tiene el sello de Liz Cárdenas

Liz Cárdenas presenta Exuvia, una colección que refleja su proceso creativo, su visión del cuerpo y su forma de entender la moda.

Por Camila Miranda Mieles

Liz Cardenas — Cortesía

Liz Cárdenas diseña desde 1997. Lo hace sin taller fijo, sin producción masiva y sin responder a tendencias aceleradas. “Mantenerse activo uno, dos o tres años es una cosa —y tiene todo mi respeto—, pero hacerlo durante 25 años es otra completamente distinta”, comenta esta diseñadora a Harper’s BAZAAR Ecuador. Su trayectoria comenzó en Quito, se expandió internacionalmente y hoy se articula entre Ecuador y ciudades como París, con una práctica sostenida, independiente y personal.

Formada en diseño en DISMOD (Instituto Superior de Diseño de Moda) en la Capital y con estudios en historia del traje en Florencia, Italia, Cárdenas empezó a crear incluso antes de tener una formación académica formal. “Así apareció mi propia marca —nunca hice otra cosa—, incluso mucho antes de que se entendiera el concepto de diseño de autor”. Desde el inicio, se centró en el cuerpo, el color y la experimentación, alejándose de los códigos dominantes de la época.

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A finales de los años noventa, abrió junto a un socio lo que hoy puede leerse como una de las primeras concept stores de Quito. Desde allí comenzó a vender sus propias colecciones bajo su nombre. “Esta ciudad que me abrió las puertas como profesional y como artista, le guardo un cariño especial por eso”. En el año 2000, participó en la Fashion Week of The Americas en Miami, donde compartió pasarela con Oscar de la Renta. Al año siguiente presentó My Sacred Heart, una colección que reinterpretaba el Sagrado Corazón desde una lectura contemporánea y transgresora. “En ese momento fue muy iconoclasta. Hoy muchos usan esos códigos, pero yo lo hice en 2001”. A partir de ahí, su carrera tomó un giro decisivo.

Fotografía Daniela Trujillo. Cortesía de Liz Cárdenas. 

“Me sentía como un pez en una pecera demasiado pequeña y decidí aventurarme en otro país”. Su sueño era París, pero un viaje de negocios la llevó a Egipto y decidió quedarse. Lo que iba a ser un año sabático se convirtió en una década en El Cairo. “Allá perdí la fama que estaba consolidando, perdí el prestigio, pero volví a construir todo desde cero”. En Medio Oriente desarrolló una segunda etapa de su carrera. 

Regresó a Ecuador a finales de 2014 y se estableció en Manta, su ciudad natal. El retorno no fue sencillo porque la escena local había cambiado y su práctica seguía siendo nómada. Durante años viajó, constantemente, realizó showrooms fuera del país y mantuvo su producción activa sin buscar exposición mediática. Ese silencio se rompió en 2024, cuando presentó El Código de Alejandría, inspirada en su tiempo en Egipto, en el Quito Fashion Week; y se consolidó en 2025 con Exuvia, una colección profundamente personal.

“Habla de los estados de ánimo, de las emociones y de las vivencias que he transitado en este último año. No es retrospectiva. Es una muda de piel”.

Fotografía Daniela Trujillo. Cortesía de Liz Cárdenas. 
Fotografía Daniela Trujillo. Cortesía de Liz Cárdenas. 

La colección cuenta con 10 looks y nace de un proceso íntimo que Cárdenas atravesó durante el último año. “Siempre he diseñado desde lo visceral y lo instintivo”. Ese impulso se manifiesta a través del color, del movimiento y de la fluidez. Organzas, sedas naturales, lentejuelas líquidas y estructuras no rígidas construyen prendas pensadas para acompañar al cuerpo, no para imponerle una forma. “Creo piezas que no aprisionan, que se mueven con quien las lleva”. El cuerpo, sin distinción de género, sigue siendo el centro de su arte.

Aunque Exuvia es una colección completamente artesanal, Cárdenas se distancia deliberadamente de ciertos discursos dominantes en la moda latinoamericana actual. “Veo un uso y un abuso del ‘soy latina, soy ancestral, soy raíces’. Mi búsqueda es más íntima. No diseño disfraces, vestuario, ni prendas cargadas de códigos fáciles de leer. Yo diseño moda”. Para ella, lo artesanal no debe ser sinónimo de folclore ni de ornamento evidente, sino de honestidad en el proceso y precisión en el resultado.

“Una pieza puede ser sencilla a primera vista, pero tener un corte impecable y durar décadas. Todavía me escriben clientas que usan diseños míos de hace más de veinte años. Eso, para mí, es lujo”. Prendas que cambian de cuerpo, de contexto e incluso de generación sin perder vigencia. 

Quito Fashion Week. Fotografía Daniel Queirolo. 
Quito Fashion Week. Fotografía Daniel Queirolo. 
Quito Fashion Week. Fotografía Daniel Queirolo. 

En términos de producción, Cárdenas trabaja sin un taller fijo. Su proceso es descentralizado y colaborativo con artesanos y especialistas de Quito, Guayaquil y Manta. A esto se suman procesos textiles sostenibles desarrollados con una empresa ecológica, que funciona bajo principios de permacultura. “Todo es hecho a mano, con tintes no contaminantes, secado al sol y cero impacto ambiental”. Incluso los accesorios de resina —unos maxi aretes que acompañan la colección— fueron elaborados por ella misma. Los precios de sus piezas responden a los materiales y a los procesos involucrados, pueden superar los US$ 1.000.

Actualmente, Cárdenas tiene su showroom en Manta y comercializa sus piezas de manera directa. “Lo que está ahí se vende, no hago prendas a la medida”. Su enfoque —confiesa en la entrevista— está en el mercado internacional especializado. “No es una carrera de velocidad, es de resistencia”. Proyecta su crecimiento, bajo un modelo B2B, hacia plataformas de moda de lujo y ferias internacionales en Dubai y París.

Quito Fashion Week. Fotografía Daniel Queirolo. 

A pesar de su trayectoria internacional, esta creativa insiste en la importancia de fortalecer la escena local. “Creo mucho en la unión y en la fuerza de los eventos nacionales”. Por eso decidió presentar consecutivamente sus últimas colecciones en la Quito Fashion Week. 

“No fue casualidad. Quería volver desde un lugar honesto, sin artificios”. 

Hoy, tras casi tres décadas de carrera, su motivación sigue intacta. “Soy feliz en el mundo del color, de las texturas. Me emociona cuando una mujer, en cualquier parte del mundo, se pone una de mis piezas y se siente ella misma”. No le interesa la fama ni la validación constante, lo que considera un privilegio en la industria. “Gracias a Dios puedo seguir haciendo lo que me gusta. Eso es una suerte inmensa”. (I)