Quito es reconocido por su relación histórica con el pan de oro. Basta con atravesar las puertas de la Iglesia de la Compañía de Jesús, en el Centro Histórico, para entender la fuerza visual de esta técnica: columnas, retablos, figuras y ornamentos cubiertos de brillo. Consiste en el empleo de hojas extremadamente delgadas de oro puro o aleado para dorar de forma decorativa superficies de madera, metal, yeso o piedra.
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Su uso se remonta a civilizaciones antiguas. Los estudios recopilados en “Ancient Egyptian Materials and Technology” documentan el uso de este metal precioso en el antiguo Egipto para recubrir y decorar objetos, vasijas y elementos funerarios o sagrados. Este conocimiento evolucionó durante siglos. Según la investigación científica “Foil and leaf gilding on cultural artifacts”, el testimonio visual más antiguo de este oficio se descubrió en un cementerio sagrado de Egipto llamado Saqqara. En este lugar, un relieve en piedra que data del año 2500 a. C. muestra por primera vez a un artesano golpeando el oro con una piedra redonda, dejando una prueba histórica de cómo nació este arte.
Con el paso del tiempo, distintas culturas perfeccionaron las formas de adherirlo a superficies. Las resinas, el yeso, las colas animales y los aceites fueron parte de fórmulas que permitieron sostener esas láminas casi imperceptibles. Más adelante, durante el Renacimiento y el Barroco, el uso del bol —una arcilla rojiza que sirve como base para el dorado— y el bruñido con piedra de ágata dieron a las obras ese acabado luminoso que todavía deslumbra.
En nuestro país, mucho antes de la llegada de los españoles, los pueblos originarios ya eran maestros de la metalurgia. No fue hasta el siglo XVI, con la fundación de escuelas de arte, que se utilizó la técnica del pan de oro. Así fue como se dio origen a la famosa Escuela Quiteña. Hoy, ese saber se radica en San Antonio de Ibarra, en la provincia de Imbabura. Esa mezcla entre lo indígena, lo europeo y lo mestizo es precisamente el punto de partida de Mestiza, la línea de joyería que Alina Torres creó junto a la artesana Magali Maza.
La primera vez que Alina vio de cerca el proceso fue en 2016. La diseñadora, nacida en Cuenca y criada en Quito, llegó al taller de Magali y de su esposo, Hernán García, durante un recorrido en tren que incluía una parada en su localidad.
“Quedé fascinada por el tallado en madera y el pan de oro. Nunca había tenido esa exposición a las técnicas de la Escuela Quiteña y ese recuerdo quedó marcado en mi mente”.
Alina estudió diseño de interiores en Italia y luego realizó posgrados en diseño de muebles y design management en Barcelona. Después de trabajar en proyectos de mobiliario y remodelación, sintió la necesidad de experimentar una versión más manual y artística de sí misma. Era una inquietud que venía de su familia porque su abuela creaba collages con flores secas y su bisabuelo fue pintor y profesor de dibujo en Cuenca.
En 2017, mientras buscaba un nuevo rumbo profesional, encontró un curso de tallado en madera. No tenía una idea definida sobre su futuro o si solo aprender por curiosidad. Pero al recordar aquella visita al taller de Magali y Hernán, pensó que esas técnicas tradicionales podían tener otra vida.
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En la misma escuela, comenzó a tomar clases de joyería. Allí apareció la idea de aplicar esos conocimientos a piezas pequeñas, contemporáneas y portables. Entre 2017 y 2018 elaboró sus primeros bocetos y prototipos junto a un maestro tallador en Quito, pero no estaba convencida del resultado. Las piezas aún eran experimentales; sin embargo, definieron la colección: flores, frutas, hojas y figuras relacionadas con la naturaleza y la identidad ecuatoriana.
A inicios de 2019, Alina volvió a buscar a Magali. Habían pasado casi tres años desde aquella primera visita al taller. Esta vez llegó con una propuesta concreta. “Al principio Magali no estaba muy segura porque era un producto distinto a lo que ellos trabajaban. Ellos hacen escultura, retablos, piezas grandes. Había que probar cómo iba a reaccionar el material en una joya, con el uso diario”.
Magali aceptó el reto. Juntas elaboraron las primeras 10 piezas de un mismo diseño. Fueron meses de pruebas para encontrar la madera adecuada, mantener los detalles del tallado y lograr que el oro resista.
Esta artesana, de 52 años, conoce el arte desde niña. Su abuelo materno fue escultor en la misma locación y, aunque su madre prefería que eligiera otro camino, insistió en estudiar en el Instituto Técnico Superior de Artes Plásticas Daniel Reyes, uno de los referentes de formación artística de la provinica. Más adelante continuó sus estudios de Arte en la Universidad Central del Ecuador.
Conoció a su esposo en el colegio. Se casaron tras graduarse y fue en el taller familiar de él donde Magali empezó a profundizar en el tallado, la policromía y el pan de oro. Hoy, su negocio se dedica principalmente a la creación de imágenes religiosas y a la aplicación de técnicas tradicionales. Cuando Alina regresó con sus bocetos, Magali reconoció algo que hacía tiempo buscaba: una posibilidad de salir del formato habitual de la escultura religiosa sin abandonar el oficio.
Años atrás, la artesana trabajó con una clienta de Cuenca en objetos decorativos —caballos, toros y candelabros— intervenidos con pan de oro. Sin embargo, el proyecto no se sostuvo. La demanda local se concentraba en las imágenes religiosas y no en piezas decorativas de alto valor. “Cuando Alina nos propuso todo esto, me gustaron sus ideas. Fuimos intengrándolas en el proceso”.
Esta joyera realiza sus creaciones y las digitaliza en un programa… (I)
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