La primera vez que vi la película Amores Perros era una adolescente. La historia no solo fue impactante por sus personajes desequilibrados pero reales, fue la primera vez que me encontraba con una narrativa que desafiaba tiempos, espacios y orden. No sé si fue el momento exacto en el que entendí que quería escribir o más bien, en el que contar historias se convirtió en uno de los mayores retos de mi vida. Raras, diferentes, perturbadoras y a veces hasta confusas.
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Pero, como dice el escritor y guionista de esta película, el mexicano Guillermo Arriaga: “hay que aceptar algo que es muy duro, vas a escribir lo que puedes, no lo que quieres”. Por eso, esta historia basada en la entrevista que accedió dar a Harper’s BAZAAR Ecuador, está escrita desde ahí. La narración de una periodista que vio todas sus películas y leyó muchos de sus libros para entender al final que la narrativa y, esta en especial, me permite hacer las paces con las limitaciones a las que me enfrento en este oficio.
Es el inicio y yo ya sé que este va a ser un diálogo distinto al que da Arriaga todos los días, en serie, como parte de las giras que lo llevaron por Italia, España y ahora por América Latina, camino a la Feria Internacional del Libro de Quito (FIL) 2026, que se realizará del 30 de septiembre al 4 de octubre.
Él me pregunta si sé de dónde viene el término ‘buchona’. Una de esas expresiones que usan sus personajes y que les dan carácter, pertenencia e incluso identidad. Me dice que viene del Buchanan’s, el whisky que toman los capos del narcotráfico. El ejemplo es mínimo pero revelador. Cómo su literatura no inventa el lenguaje desde cero. Lo escucha, lo recoge de rancherías, de brechas y de conversaciones con policías que compartió a media hora de una balacera, y lo devuelve convertido en ficción. Esa entrega absoluta tiene, según él, una explicación que tardó décadas en llegar.
“Cuando yo era niño no existían diagnósticos, era simplemente un pequeño tonto o malcriado”. De adulto, un psiquiatra confirmó lo que él llevaba toda la vida cargando sin nombre. Guillermo Arriaga tiene trastorno por déficit de atención (TDA). “No sé seguir instrucciones. Si compro una licuadora y hay que armarla, no sé cómo hacerlo. No conozco las reglas de la sintaxis y la ortografía –no las entiendo– aunque me las expliquen mil veces”. Lo expresa como quien enumera límites que ya dejaron de doler.
Compara su caso con quienes admira como Hemingway y Faulkner, que a los 60 años ya no podían escribir mejor que a los 29, y con eso se atormentaban. A él, dice, nunca le pasó. Asumió desde joven que tenía límites y que ni siquiera el talento más grande garantiza repetir una obra maestra. “¿Tú crees que no me encantaría escribir como García Márquez? No puedo. Yo puedo escribir como yo puedo”, dice, y en esa frase, cabe también, la manera en que hizo las paces con un cerebro que durante toda su infancia no tuvo nombre.
Lo primero que Arriaga me pide es que le trate de tú y no de usted. Luego, me dice que hay un malentendido que persigue su carrera. La gente cree que primero fue guionista y después escritor. En realidad, es al revés. “Yo empecé como novelista, no como escritor de cine. Yo entré a este mundo porque me compraron los derechos de mis novelas”. Alfonso Cuarón quería filmar Un dulce olor a muerte. Pero un productor se adelantó y le compró los derechos a sus espaldas.
Así, casi por accidente, Arriaga terminó escribiendo para el cine lo que había nacido como literatura. Amores perros fue, en su origen, un intento de libro. 21 gramos también. “El hombre”, su publicación más reciente, iba a ser una película que nadie en Hollywood entendió, hasta que sus propios agentes le dijeron que la escribiera. La idea de la narración tiene un origen que data con precisión, de 1982, después de leer “¡Absalón, Absalón!”, de Faulkner. Coincidencialmente la misma época en la que por primera vez estuvo en Quito. Tardó más de 40 años en escribirlo, aunque el libro final, con seis voces narrativas y 280.000 palabras, le tomó apenas un año y cuatro meses, una vez que se sentó frente al teclado.
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Detrás de esas voces hay años de trabajo de campo que no se parecen en nada a la investigación de escritorio. Arriaga conoce Texas desde niño. Tiene un amigo llamado Chuy, un vaquero cuyos nietos, Julio César y Mario, le prestaron expresiones y cadencias para construir personajes. Colecciona puntas de flechas apaches de 200 o 300 años, que encuentra cerca de la frontera. Visitó, de joven, un pueblo llamado Nacimiento de los Negros, fundado por esclavos que huyeron a México cuando el país abolió la esclavitud, uno de los orígenes reales de la guerra que noveló. “Lo que tú describes por investigación, yo lo vivo por contacto”, le dijo alguna vez a un amigo escritor. “Yo sé a qué huelen los animales de los que hablas”.
Ese contacto tiene, además, un precio físico que después reaparece en sus páginas. A los 17 años, cazando en la selva de Chiapas, muy cerca de la frontera con Guatemala, una vara le atravesó la pantorrilla. La herida se le infectó tanto que estuvo cerca de perder la pierna. “Se me infectó, como le pasa a un personaje ahí en ‘El hombre’”, dice como si fuera obvio que el cuerpo y la ficción comparten las mismas cicatrices. Lo mismo ocurre con “Salvar el fuego”, ambientada en un lugar real, uno de los más peligrosos de México, donde también terminó, otra vez, infectado, cubierto de garrapatas de la cabeza a los pies después de quedarse dormido persiguiendo un venado.
Ahí aparece lo que quizás define mejor su método: no tiene ninguno. “Yo no planeo, no hago diagramas. Me senté a escribir la novela ‘El hombre’ y puse Jack Barley. ¿Quién era Jack Barley? No tenía idea”. Henry Lloyd, el protagonista de esa historia, nació de la misma manera. Sin biografía previa, sin ficha de personaje, sin plan. “Yo no sé quiénes van a hablar en la historia. Yo lo voy descubriendo conforme lo escribo”.
“YO NO PLANEO, NO HAGO DIAGRAMAS. ME SENTÉ A ESCRIBIR LA NOVELA ‘EL HOMBRE’ Y PUSE JACK BARLEY. ¿QUIÉN ERA JACK BARLEY? NO TENÍA IDEA”.
Ese descubrimiento no siempre es cómodo. Cuenta que mientras escribía “Salvar el fuego”, llegó a un punto en el que un personaje mata a su padre quemándolo. Arriaga lo vivió como si no hubiera sido su propia decisión. “¡Ay no, ya lo quemó!”, se dijo mientras las palabras ya estaban ahí, como si lo hubiera incendiado otra persona…
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