OBRAS

Un río de Ecuador que llegó a Nueva York

¿Qué puede decir el Machángara que resuene en Estados Unidos? Harper’s BAZAAR Ecuador dialogó con Byron Toledo, artista ecuatoriano que llevó su trabajo a Tiger Strike Asteroids en Nueva York.

Por Emilia Palacios Mosquera

Cortesía. Byron Toledo — Cortesía. Byron Toledo

Una obra de más de ocho años. Esa es la reflexión que hace hoy Byron Toledo sobre su relación con el Machángara. Ha recorrido sus orillas, reconocido sus colores y recreado su fauna y su flora. Este año, ese proceso llegó a Nueva York con The Whole Water of a River, una exposición donde el río se presenta a través de video, cerámica, sonidos, plantas y aromas.

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Quiteño y mayor de tres hermanos, la creación siempre estuvo rondando su casa por su padre: pintor, acuarelista y publicista. “Él tenía un estudio, entonces siempre estaba pintando en su tiempo libre y yo pasaba con él. Me acuerdo que me daba materiales y me mostraba algunas técnicas”. Su madre, por otro lado, es economista, pero Toledo reconoce en ella una capacidad de inventar en el día a día que lo influenció.

Cortesía. Byron Toledo.

Al arte no lo pensó como profesión, sino hasta la adolescencia. Decidió estudiar artes visuales, carrera que cursó entre 2005 y 2010. Su paso por la universidad fue una experiencia de libertad y cuidado con sus compañeros. 

“Me gustó mucho esa sensación, como podríamos ser extraños, como podíamos ocupar nuestro tiempo en cosas que no son tan comunes como pasarnos dibujando, pintando o tocando barro”.

Durante sus estudios, su práctica evolucionó de la pintura hacia la escultura y, finalmente, a la instalación, un medio que le permitió explorar el espacio como material central. “Era muy afín. Me conectaba bien con la idea del volumen”. Poco a poco, este se convirtió en una puerta para reunir a varias técnicas, siempre desde una mirada espacial.

En su último año de universidad, Byron y un grupo de amigos fundaron No Lugar, un proyecto para artistas emergentes en Quito, con exposiciones y residencias artísticas. Luego, una beca le permitió cursar una maestría en Buenos Aires, una experiencia que amplió sus referencias y su mirada sobre otras escenas artísticas. 

Luego llegó el río. En 2018 tuvo su primer encuentro con el Machángara. Su proceso creativo ya estaba relacionado al caminar. “Para mí es un ejercicio que te permite perderte un poco, encontrar otro tipo de dinámica, salir de la ruta habitual; desplazarse no por una lógica productiva, sino por el simple hecho de hacerlo". 

"Es una forma de entender la ciudad a partir de poner el cuerpo”.

Cortesía. Ricardo Bohorquez.

Pero en este lugar fue imposible. O, al menos, no como él imaginaba. Según Toledo, la ciudad le dio la espalda al río y, salvo algunos tramos en parques lineales o espacios específicos, acceder a sus bordes no es sencillo. El cauce está cortado por vías, muros, construcciones y zonas que no permiten seguirlo de manera continua. Entonces empezó a pensar en la posibilidad de navegarlo.

Diseñó pequeños barcos equipados con cámaras para registrar el recorrido desde el interior del propio río. Así pudo observar cómo el agua se transforma al entrar a la ciudad: en algunos puntos empieza clara y transparente; después toma tonos amarillos y cafés; más adelante, aparece cubierta de espuma.

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Ese ejercicio se convirtió en una videoinstalación y, a la vez, en una forma de entender la problemática como síntoma de una transformación urbana. La investigación se fue expandiendo con el tiempo. Primero apareció en Presentimiento, una muestra de 2018 que nació de su interés por regresar a las quebradas de la ciudad. Más adelante, el proyecto continuó en Lógicas de ciudad, exposición presentada en Arte Actual FLACSO en 2022 y luego itinerante en Guayaquil. Allí, Toledo profundizó en la relación entre Quito y el este caudal. 

Habla de una ciudad que se construye alrededor de sus ríos, pero que también los esconde, los contamina y los vuelve difíciles de habitar.

Cortesía. Ricardo Bohorquez

La obra empezó a tomar distintas formas. Además de la videoinstalación, este experto creó piezas escultóricas inspiradas en las plantas y animales que encontraba durante sus recorridos. También realizó cerámicas huecas, modeladas como piedras de río, que funcionan como cajas de resonancia o parlantes. Desde ellas se escuchan sonidos grabados por él en las quebradas y el río: agua, insectos, aves y, poco a poco, el sonido de la ciudad entrando en el paisaje.

Para la fase más reciente del plan, desarrollada para Nueva York, el artista se preguntó cómo imaginar el Machángara limpio. En esos años, su investigación ya había dejado de ser una búsqueda individual. Se encontró con arquitectos, abogados, biólogos y  activistas. “De repente ya se volvió como una comunidad”. Además, coincidió con una acción de protección ganada para exigir su recuperación, por lo que el trabajo dejó de ser únicamente cómo mostrar un río contaminado. 

Cortesía. Byron Toledo - Cortesía. Byron Toledo

La última parte de la iniciativa nació de esas ideas. Toledo viajó desde el nacimiento del río hasta su salida de la ciudad para registrar los aromas de distintos puntos. Recolectó plantas y realizó destilados que capturan cómo huele el Machángara en cada tramo. Con esas mismas plantas creó collages botánicos, una suerte de inventario de la flora que todavía sobrevive a lo largo de sus orillas.

“Mientras más avanzas, menos diversa es la flora. Los olores se vuelven diferentes también y el paisaje sonoro cambia porque la ciudad va irrumpiendo sonoramente dentro de estos entornos”.

Así llegó a Estados Unidos. Toledo confiesa que al inicio le preocupaba la recepción de una obra tan ligada a Quito. “Era un tema muy local. Era hablar de un río que atraviesa la ciudad donde yo vivo y, cuando yo digo su nombre, aquí significa algo, pero allá no significa nada”. Sin embargo, encontró que la historia podía viajar.  “Son los relatos de un río que atraviesa una ciudad, que se contamina, son sucesos que pasan en el mundo”.

Cortesía. Byron Toledo

Su creación viene acompañada de la docencia. Trabaja en la Universidad San Francisco de Quito desde 2018 y se desarrolla en el ámbito de la gestión y las galerías. En 2025 realizó una residencia artística de tres meses en Jingdezhen, China, ciudad reconocida por su extensa tradición cerámica. Él describe esa experiencia como fascinante, tanto por el choque cultural y lingüístico como por la tecnología y el conocimiento alrededor de la porcelana.

Ahora tiene ganas de dedicar más tiempo a su obra, menos a la gestión y mantener la docencia como un espacio de intercambio. Pero el agua sigue apareciendo como una presencia difícil de dejar atrás. “El río llegó a mí medio azarosamente, pero es difícil salir. Yo desemboqué en él cuando estaba pensando en todo eso. Pero la ciudad desemboca en el río y, de alguna forma, es pensar en la relación que tenemos o que la ciudad le propone al lugar donde está”. Y ahí,  está uno de los grandes temas de su trabajo: mirar cómo Quito transforma el Machángara y cómo esta corriente puede sostenerse con el tiempo. (I)