PERFIL

Una vida construida sobre libros que no leyó

Antes de presidir la Cámara Ecuatoriana del Libro y de apostar todo a la Feria Internacional de Quito 2026 (FIL), Fabián Luzuriaga fue un niño que creció entre las perchas de la librería de su padre. Hoy es un librero que prefiere la jardinería y el café.

Por Sofía Lara

Cortesía

Escuché a Fabián Luzuriaga antes de conocerlo. Fue en abril de este año, en un panel por el aniversario de la librería Conde Mosca, en la av. 6 de diciembre, en el norte de Quito. Habló como presidente de la Cámara Ecuatoriana del Libro y junto a dos panelistas más, discutieron sobre la importancia de realizar la Feria Internacional 2026 (FIL-Quito) y si la entrada debía tener costo o no. Comentaban sobre el modelo de gestión del evento (una alianza público - privada), y la organización que asumió la Cámara, tras el anuncio del municipio capitalino de no ejecutar el encuentro de este año.

El intercambio de ideas y las conclusiones de aquel conversatorio no se quedaron solamente entre los casi 35 asistentes. Luzuriaga tomaba nota de los argumentos para analizarlos después. Este fue uno de los ejemplos de cómo se democratizó la toma de decisiones para la FIL de la ciudad, que se realizará del 30 de septiembre al 4 de octubre. “Hasta la programación fue estructurada con la representación de diferentes actores de la industria”, asegura hoy Luzuriaga.

Cinco meses después, converso con él para entender cómo llegó aquí, y la respuesta termina siendo una vida entera metido en librerías. Viene de una familia de libreros, aunque él mismo desconfía de esa palabra. "Es quien tiene la obligación de recomendarte algo y de haberse leído todo", dice riendo, porque él no es eso. "Tengo más libros de los que pensé tener y he leído menos de los que tú piensas que yo leo".

Su papá fundó Libro Exprés en 1982, en la av. Amazonas y Veintimilla. Luzuriaga creció ahí. Bajaba del colegio, dejaba la mochila y se quedaba viendo los estantes hasta cerrar. "Jugaba con mis primos y botábamos las perchas. Nos caían los textos encima". A los pocos años, ya tenía tareas fijas como sacar devoluciones, atender proveedores, revisar los prólogos para decidir qué pedir y qué no. "Ahí desarrollas una habilidad para conocer a tus clientes y entender lo que quieren. Te equivocas, pero vas comprendiendo el perfil de tu público".

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Su padre, en algún momento, decidió que ya era hora de que leyera también. Le dio los clásicos: “Sandokan”, “La isla del tesoro”… "Qué aburrido, pensaba". Hasta que cayó en sus manos “Relato de un náufrago”, de García Márquez. "Fue la primera vez que me senté y me lo devoré". El colombiano sigue siendo su autor favorito, aunque confiesa algo que suena casi a herejía viniendo de un librero, “ nunca ha leído 'Cien años de soledad' ni 'El amor en los tiempos del cólera'”.

A los 18 años, su familia lo mandó de intercambio a una granja en Oklahoma, en medio de la nada, a dar de comer a las vacas y reparar cercas. Fue un año duro. Pero las salidas a la ciudad le mostraron algo que en Ecuador no existía en ese momento. Unas mega librerías con secciones enteras de revistas de moda, de computación, de deportes. Volvió con esa idea fija. 

En el trayecto de regreso hizo escala en Miami y encontró en una guía telefónica una distribuidora: Saudis International. Les mandó un fax, y así, sin saberlo todavía, empezó su primer negocio de importar revistas y ejemplares en inglés que no llegaban a nuestro país. Se los vendía al Book Store del hotel Quito y al del hotel Colón. Cargaba las cajas él mismo desde el aeropuerto.

Con ese pequeño capital, y con el nombre de su padre prestado, abrió su primera tienda propia con 20 metros cuadrados, en el Quicentro. En paralelo entró a estudiar economía en la Católica, una de las facultades más competitivas en ese momento, con solo 130 cupos para 600 aspirantes. Dos años después, decidió que no era lo suyo. "No me veo sentado atrás de una pantalla viendo cuentas nacionales", pensó, y se cambió a la Universidad San Francisco de Quito, a un programa nocturno para gente que trabajaba. 

Fotografía: Pavel Calahorrano.

Conoció a Santiago Gangotena, quien se convirtió en uno de sus mentores. El día de su graduación, sin saber que ya tenía una oferta preparada, Santiago le dijo: "Estás contratado". Le encargó hacerse cargo de la librería universitaria. A cambio, Luzuriaga le pidió que le pagara la maestría. Se quedó cuatro años, combinando ese trabajo con su propio negocio.

Para entonces, Libro Exprés ya tenía locales en los aeropuertos de Quito. Y a los 27 años, con la vieja guardia del sector todavía instalada, Luzuriaga decidió lanzarse a presidir la Cámara Ecuatoriana del Libro contra el dueño de Librería Española, quien llevaba cinco períodos consecutivos en el cargo. Le ganó. Trató de reestructurar la institución hasta que “La vieja guardia me llamó a rendir cuentas ante la comisión de disciplina”. Se quedó ocho años, en cuatro periodos, transformando la contabilidad y las cuotas de un espacio que, dice, estaba muy mal administrado.

Bajo su primera presidencia organizó una feria con participación estatal directa, en 2011, de la mano del entonces Ministro de Cultura, y logró que Ecuador fuera país invitado de honor en las de Colombia, Perú y Chile. En 2013, una empresa peruana le compró Libro Exprés. De un día para otro, pasados sus 30 años, Luzuriaga se quedó sin empresa y sin cargo. Nunca había hecho una hoja de vida. 

Cuando por fin armó un CV, le recomendaron aplicar en Amazon o Apple. Mandó su currículum a Amazon, que en ese momento buscaba gente para comprar contenido editorial de toda la región para el lanzamiento del Kindle. Pasó cuatro entrevistas, pero en la quinta, quien lo entrevistó, resultó ser alguien que ya conocía de antes, y que, según cree Luzuriaga, sintió amenazada su propia posición. 

La entrevista terminó con un consejo inesperado. "Con la venta de tu librería cómprate una casa con cancha de golf, juega un tiempo, dedícate a otra cosa". Y colgó. Nunca lo llamaron de vuelta. Años después se cruzaron en México. "Casi se desmaya", recuerda el librero, sin necesidad de agregar nada más.

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Lo que siguió fue, en sus palabras, una prueba de que "las cosas pasan por algo". Recibió una llamada desde el Fondo de Cultura Económica de México. Querían abrir una filial en Ecuador, y lo querían a él para dirigirla. Viajó a ese país para una entrevista final con el director general, y en 2014 abrió la oficina, donde se quedó hasta 2019, cuando la llegada de López Obrador a la presidencia mexicana significó el reemplazo de todos los directores en la región, sin excepción.

Volvió a la universidad, colaborando con Santiago en distintos proyectos editoriales. Y en 2023, se presentó de nuevo a elecciones en la Cámara y ganó, otra vez. Es su segundo periodo, y también el último posible. Los estatutos que él mismo ayudó a reformar, impiden más de dos periodos consecutivos. En mayo o junio de 2027 deberá entregar el cargo. Antes de eso, quiere dejar encaminada la feria más ambiciosa que ha organizado, la de este año, y asegurarse de que el modelo de gestión sobreviva a su salida.

Hoy, Luzuriaga también tiene un negocio propio, la librería del Paseo San Francisco. "Es super difícil. Cada vez cambia el tema del contenido, la gente lee, pero compra menos". Bromea con que, si alguien quisiera comprarla, la vendería sin pensarlo demasiado. Prefiere, dice, la jardinería y el café, aunque aclara que de ninguno de los dos podría vivir.

Por el camino, el oficio le ha dado encuentros que todavía lo sorprenden. Se tomaba cafés con Jorge Villamizar, el vocalista de Bacilos, cuando este era administrador de Mr. Books y no sabía bien qué hacer. Ha compartido espacio, aunque sea un saludo de pasillo, con escritores como Guillermo Arriaga y Andrés Neuman, y con jefes de Estado que hoy ya no están. "No te digo que somos amigos, pero hemos estado en la misma vitrina", dice.

Cuando le pregunto si es feliz, no lo piensa mucho. "Me considero un tipo afortunado". Pero matiza rápido. Viendo hacia atrás, habría hecho varias cosas distintas. "He confiado cuando no debía. He sido soberbio, y eso me costó un montón de problemas". Lo dice sin dramatismo, como quien ya hizo las paces con sus propias cuentas pendientes. Lo que sí deja claro es que la lectura no fue su pasión. Siempre le gustó más vender los textos, entender a sus clientes y atenderlos. Al parecer, ha llegado hasta aquí como quien no quiere la cosa. Pero siempre, de la mano de un libro, aunque no se lo haya leído. (I)