“Arroz con leche me quiero casar, con una señorita de San Nicolás. Que sepa coser, que sepa bordar”… cocinar, lavar, criar hijos, trabajar, verse bien, que sea influencer en redes sociales y que mantenga un estilo de vida fitness. El clásico infantil, que por suerte para todas se promulga cada vez menos en escuelas y colegios, describe de alguna manera aquellas “obligaciones inherentes a la feminidad” en los hogares y en la sociedad.
Una imposición de todo lo que “las señoritas” debemos cumplir para aprobar, o más bien, probar nuestra valía y ser calificadas como “buenas” esposas, madres, trabajadoras y todas esas funciones que protagonizamos hoy por hoy. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos, INEC, el 38,5 % de los hogares ecuatorianos tienen a una mujer como su principal cabeza de familia.
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Aunque esa canción que aprendimos cuando éramos niños ya no tiene un asidero en las poblaciones más jóvenes, vemos cómo otras tendencias (que recuerdan conceptos similares) movilizan a las nuevas generaciones, especialmente en plataformas de internet y redes sociales.
El término tradwife, contracción de traditional wife, describe a “señoras” que impulsan el regreso a roles de género de mediados del siglo XX. Una dedicación exclusiva al hogar, a la crianza y al cuidado de la pareja, mientras que el hombre es el proveedor de la familia. El hashtag acumula millones de menciones en Instagram y TikTok a escala global. Sin embargo, en Ecuador, nadie se ha autodenominado públicamente bajo este concepto, y para las fuentes consultadas en este reportaje, eso no es casualidad.

Un modelo pensado para una sola categoría
Para la psicóloga clínica Paola Erazo Robles, especializada en psicotraumatología y psicoterapia sistémica de pareja, el fenómeno no puede analizarse sin mirar primero cómo se compone la sociedad en nuestro país. "Es diferente hablar de una persona con una condición socioeconómica acomodada a alguien de clase media o baja, que definitivamente no se puede dar el lujo de dejar de trabajar”. Erazo insiste en que ese cruce, que denomina interseccionalidad, es la razón por la que "es complicado que aquí podamos ver un movimiento instaurado al 100 %, o como se percibe en Estados Unidos".
La cifra que sostiene ese argumento la aporta la consultora Datum-BI, a través de su CEO Julio Muñoz, quien contextualizó para BAZAAR datos oficiales del INEC y del Global Entrepreneurship Monitor (GEM) Ecuador 2023-2024. Según la Encuesta Nacional de Empleo, Desempleo y Subempleo (ENEMDU, mayo 2026), solo el 29,1 % de las mujeres ecuatorianas tiene un trabajo adecuado o pleno, frente al 42,2 % de los hombres, una brecha de 13,1 puntos. El ingreso mensual promedio del sexo femenino es de US$ 410,3, frente a US$ 510,5 del masculino. La tasa de desempleo de ellas, además, es más alta que su categoría opuesta: 3,6 % frente a 2,7 %.
A esa diferencia se suma otro dato que, según Muñoz, es clave para entender por qué el modelo de un solo proveedor no es viable aquí. Este país del centro del mundo es una de las pocas economías, junto a Colombia y China, donde la participación femenina en el emprendimiento temprano supera a la masculina (51,18 % de la Tasa de Actividad Emprendedora Temprana, según el GEM). Pero la razón detrás de ese número no es la vocación empresarial. El 92,58 % de esas mujeres emprende, según el mismo informe, "para ganarse la vida, porque los empleos son escasos".
Lo que cuesta quedarse en casa, aunque no se pague
La psicóloga cuestiona además la idea de que quedarse en casa "no aporta nada". “El discurso machista dice 'solo yo traigo el dinero a la casa'. No, yo también estoy trayendo, porque si yo estuviera fuera, tendrías que contratar a alguien, y eso tiene un costo", argumenta. Esa lógica coincide con los datos de Datum-BI. Ellas asumen entre el 75 % y el 76,8 % de esas horas de cuidado, casi tres veces más que los hombres (entre 28,7 y 31 horas semanales, frente a 11,3 y 11,4 en ellos). El valor agregado de ese trabajo equivale al 21 % del Producto Interno Bruto (PIB) nacional.
Erazo advierte, sin embargo, que renunciar al ingreso propio tiene un costo que va más allá de lo simbólico. "Quedas en una posición de vulnerabilidad absoluta. Si llegas a divorciarte, por cualquier situación como la violencia, al no tener esta independencia, eres más proclive a quedarte ahí y perpetuar esas realidades". El dato respalda la advertencia. Según la Encuesta Nacional sobre Relaciones Familiares y Violencia de Género contra las Mujeres, realizada por el INEC en 2019, el 64,9 % de las ecuatorianas ha vivido al menos un hecho de violencia a lo largo de su vida, y el 42,8 % sufrió violencia de pareja, el ámbito donde más se concentra.
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La mirada desde Estados Unidos
Ivonne Guzmán, periodista y editora, que vive hace ocho años en Los Ángeles, ofrece una perspectiva distinta. La del lugar donde el fenómeno nació. Describe una reacción backlash –es decir, pública negativa y hostil– que ya se instaló en redes. El sector que vivió de verdad ese estilo de vida, muchas de ellas mormonas, hoy lo definen como agotador. "Sobre todo cuando sabes que hay otro mundo posible", relata.
Pues, para este grupo, lo que aparece en los perfiles digitales es meramente estético e irreal. Una campaña de marketing que genera ingresos para los creadores de contenidos. Incluso, algunas de ellas confesaron haber alquilado casas para producir sus videos virales. Sus vidas no se ajustan a lo que se observa en esos productos.

La profesional advierte, además, sobre una derivación política del fenómeno. La propuesta de un "voto por familia", discutida en sectores conservadores estadounidenses y promovida por las precursoras del movimiento tradwife, busca que el hombre vote en representación del hogar. "Ningún derecho, por ganado que esté, hay que darlo por sentado", advierte.
Sobre por qué el modelo no arraiga en la región, ofrece una lectura cultural que complementa la económica. En Latinoamérica, dice, nadie pierde su apellido al contraer matrimonio. "Siempre vas a ser tú misma, te cases con quien te cases. Yo creo que eso da una idea de la individualidad muy fuerte", asegura, y lo contrasta con el cambio de apellido que persiste en Estados Unidos. Para ella, ese detalle “es un mini escudo” que dificulta que la identidad de una se disuelva por completo en la de su pareja.
Lo que dice la evidencia académica
El estudio más citado sobre el fenómeno en América Latina es "La esposa emprendedora: paradojas neoliberales y guerras culturales en el fenómeno tradwife latinoamericano", de las investigadoras Silvana Darré Otero y María Marta Herrera, en 2025. Las autoras analizaron tres perfiles de influencers hispanohablantes y concluyeron que en la región es "marginal en términos cuantitativos", aunque revelador. Mujeres que dicen huir del mercado laboral usando las herramientas más neoliberales que existen: la marca personal y la monetización de la intimidad.
Uno de esos tres casos, al que las sociólogas llaman con el seudónimo "Warmi Jawa" para proteger su identidad, corresponde a una influencer de la región andina. Con cerca de 8.100 seguidores en TikTok, promueve activamente el regreso a roles tradicionales con frases como "el empoderamiento de la madre lleva a la ruina de la familia" o "el trabajo fuera del hogar cosifica". Sin embargo, el propio paper anota que buena parte de los comentarios de apoyo que recibe, provienen de cuentas identificadas como masculinas, mientras que las críticas, mayoritariamente de mujeres, apuntan siempre a la inviabilidad económica del modelo. Una usuaria citada en el trabajo resume el argumento: "Feliz tú que te alcanza con el sueldo de tu esposo, a la mayoría no".

Ni sus máximas referentes utilizan el término
La contradicción no es exclusiva de la región. Hannah Neeleman, creadora de Ballerina Farm, y Nara Smith, dos de las figuras más grandes y reconocibles del movimiento a nivel global, con millones de seguidores, se han distanciado activamente de la etiqueta. Según reportó Harper's BAZAAR Reino Unido, en agosto de 2026, ambas se definen como líderes de negocios al frente de sus propios "imperios de estilo de vida". Es la misma paradoja que describen Darré Otero y Herrera.
Es así que, en el caso ecuatoriano no se encuentran condiciones para que el tradwife exista como algo más que una estética que se mira en redes sin intención real de vivirla. Por que si bien, hay derechos y espacios que se han ganado con luchas históricas, es importante visibilizar que, en países como el nuestro, no todo está ganado para todas. Como resume Erazo, "las condiciones que tenemos en países como los nuestros, vuelven a este movimiento un tema de élite, reservado para personas de cierta condición socioeconómica". (I)