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Nunca habíamos tenido tantas herramientas para “mejorarnos”. Tratamientos, rutinas, asesorías, maquillajes y filtros que son capaces de borrar cualquier rastro de cansancio. ¿Es cierto que mientras más se perfecciona la imagen, más crece el agotamiento? La presión por verse siempre joven, siempre arreglada, siempre bien… empieza a pasar factura. Lo que está claro es que todo pesa, pero depende de cómo lo veas. 

Las mujeres viven varias versiones de sí mismas en un solo día. Son madres, esposas, líderes, empresarias, amigas, cuidadoras y, además, tienen que lucir bien mientras hacen todo eso. Es como cumplir con un wish list en un solo día y sin errores. Por eso, el cansancio es una conversación cada vez más presente y no todas lo viven de la misma manera. Para algunas, arreglarse es una forma de expresión personal, una herramienta de seguridad o incluso una parte importante del liderazgo. Para otras, la expectativa es emocionalmente agotadora. Harper’s BAZAAR Ecuador conversó con ejecutivas y especialistas sobre la fatiga de verse impecable. 

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“La imagen comunica. Me gusta trabajar en mí, en mi curaduría personal, en cuidar el fondo y la forma. No busco la perfección, me gusta sentirme cómoda y segura”, dice Gina Castagneto, directora general de Arcos Dorados (McDonald’s Ecuador). Para ella, el visual sí tiene un peso dentro del mundo corporativo porque los líderes comunican presencia, orden y coherencia. Y aunque reconoce que hay una exigencia estética distinta para las mujeres, Gina no cree que la verdadera saturación de las ejecutivas esté necesariamente relacionada con verse bien. “Hay otras demandas más fuertes para la salud mental: el balance entre familia y trabajo, la tensión de resultados o la coyuntura económica”. 

Cortesía
Cortesía de Gina Castagneto.

Una visión similar, aunque con otros matices, comparte Pierangela Sierra, CEO y fundadora de Tipti, quien señala que la cultura corporativa sí ha cambiado en la manera de asociar la imagen con el éxito, aunque todavía persisten ciertos sesgos. Considera que el verdadero desafío está en evolucionar hacia entornos donde el talento tenga más peso. Además, reconoce que a los hombres se los mide principalmente por su rendimiento.

Pamela Pita, HR de Chubb y líder de mentorías en 30 % Club Ecuador, alega que sí existe una expectativa sobre cómo debe estar una líder en espacios empresariales, aun así la conversación no debería enfocarse en el maquillaje o en la ropa. “La presencia debe conectarse con la personalidad, con lo que te hace única y con los colores que potencian tu energía, en lugar de limitarse a cumplir con lo que el mundo, la sociedad o las organizaciones esperan”. Sin embargo, no niega la importancia de la imagen. Todo lo contrario, cree que la presencia personal es una herramienta poderosa, siempre y cuando sea auténtica. 

“Una persona bien presentada genera una buena primera impresión. Solo que si no hay contenido, seguridad u honestidad detrás, eso se cae muy rápido”.

En ese punto coincide María del Mar Pernet, consultora de marca personal y comunicación, quien cree que el problema no es netamente arreglarse. “La apariencia es una estrategia de comunicación. El color que eliges, cómo te peinas o cómo te vistes transmite algo de ti. Ahora, cuando el cuidado personal deja de ser bienestar y se vuelve una búsqueda constante de aprobación, hay un problema”. Estar arreglada no debería caer en el agotamiento, según esta profesional. De hecho, cree que muchas veces pequeños hábitos ayudan a que una persona se sienta mejor consigo misma incluso en días difíciles. “No necesitas una producción enorme. A veces un peinado rápido, un labial o una ropa con la que te sientas cómoda cambia tu energía. Otra cosa es cuando haces todo eso para encajar o para que otros te validen”.

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Por su parte, el psicólogo y especialista en intervención, asesoría y terapia familiar sistémica, David Jaramillo, explica que la presión femenina alrededor de la perfección sí tiene consecuencias emocionales importantes porque no se limita únicamente a la apariencia física. “A la mujer no solo se le pide verse bien. Se espera que sea buena madre, buena esposa, emocionalmente estable, exitosa y capaz de poder con todo al mismo tiempo. A veces hasta tiene que cargar con que su pareja esté bien vestida”.

Jaramillo asegura que muchas mujeres, en su crianza, aprendieron que su valor depende de qué tan bien cumplen todos esos roles. “Las mujeres dejan de jugar y los hombres no, por ahí aparece el PlayStation o el fútbol. En cambio, ellas convirtieron sus juegos en realidad. Eso pasa cuando les compras cocinas, planchas o bebés desde pequeñas. Dejan de preguntarse quiénes son y empiezan a preguntarse si están cumpliendo con lo que la sociedad espera de ellas”.

Las redes sociales intensifican todavía más las preguntas de qué hacer para no caer en la saturación.

 Las rutinas perfectas, aquellos perfiles productivos que parecen equilibrarlo todo y las vidas organizadas construyen una idea difícil de alcanzar. Pernet añade que “empiezan a creer que eso es real. Ven videos producidos y sienten que tienen que alcanzar ese estándar”. Ahora, todas las involucradas en este debate hablan de la autenticidad.

Sierra dice que por mucho tiempo sintió que debía ser intachable para ser tomada en serio. “Como muchas figuras femeninas en posiciones de liderazgo, sentía que debía demostrar constantemente profesionalismo y credibilidad. Con el tiempo entendí que la mejor imagen profesional es la que refleja genuidad y confianza, no perfección”. Lo mismo ocurrió con Pamela Pita. Mientras enfrentaba el duelo por la muerte de su madre, sufrió un accidente que la obligó a aparecer en público de una manera que no lo había pensado nunca. “Grabé videos sin maquillaje, con el brazo inmovilizado y emocionalmente destruida y curiosamente fue el momento donde más conecté con la gente. Aprendí que también podía ser querida y respetada en mi vulnerabilidad (...) La vida me enseñó que no tengo que ser perfecta siempre”.

Envato.
Envato.

¿Entonces cuál es el hilo de esta conversación? 

La fatiga no siempre aparece por maquillarse, elegir ropa o hacerse un skincare de 10 pasos. Para algunas mujeres, esos rituales pueden ser espacios de disfrute, autocuidado y seguridad personal. “No se trata de bajar la guardia y descuidarse. Se trata de equilibrar, de entender que tu valor no depende de qué tan perfecta te ves o de cuánto puedes sostener”, enfatiza Jaramillo. Proyectarse puede ser una herramienta de poder, de expresión o de autoestima. Pero cuando una mujer siente que tiene que ser impecable las 24 horas del día —en el trabajo, en la casa, en redes sociales y emocionalmente— el cuerpo da señales. 

Ahora surge otra arista de este tema. ¿Las mujeres deberían arreglarse más o menos? La respuesta es que pueden permitirse ser humanas sin sentir culpa por ello. “Se espera que estén pulidas físicamente, disponibles, sean amables, eficientes, fuertes y estables. Que puedan con todo sin quebrarse. Que resuelvan sin cansarse. Que produzcan sin mostrar agotamiento. Ningún ser humano puede alcanzar un estándar tan alto”, concluye el experto. En resumen, el conflicto no es querer vernos perfectas todo el tiempo, es dejar de sentirlo como una obligación. (I)