ILUSTRACIÓN: APXEL. FOTOGRAFÍA: DANIEL QUEIROLO
ILUSTRACIÓN: APXEL. FOTOGRAFÍA: DANIEL QUEIROLO

Un día antes de que Ana Correa presente Rosa Cuchillo en Quito, la peruana se sienta con la tranquilidad de quien ha recorrido un largo camino. Tiene 72 años, el cabello largo y una estatura pequeña. Entre las hebras negras y blancas de su melena se resguarda la memoria de cinco décadas sobre el escenario. “Actriz creadora”, me corrige después. Para ella, esa distinción lo cambia todo; implica ser responsable de lo que dice y hace en escena.

“Soy una actriz danzante que cuenta sus historias con polleras e instrumentos”. 

Correa pertenece desde hace más de 48 años al emblemático grupo cultural Yuyachkani, colectivo que ha transformado el teatro peruano mediante su investigación sobre la memoria, la justicia y la identidad andina. Hoy lo integran siete artistas que han recorrido Latinoamérica, además de Estados Unidos y Europa. Su sello está en el taki ancestral, palabra que describe el arte de cantar y danzar; y su vínculo con las fiestas populares, donde —como dice Correa— se cruzan todas las artes.

ANA CORREA  - ROSA CUCHILLO
Fotografía: Daniel Queirolo.

“Desde la escuela yo dialogaba con mi cuerpo. Me encantaba estar en la barra alentando al equipo. Ahí saltaba, gritaba, me disfrazaba... Creo que ahí me formé, en los espacios abiertos”. Más tarde ingresó a la Escuela de Teatro, aunque solo estudió dos años antes de abandonarla. En 1978, conoció a Yuyachkani y —con el grupo— encontró el camino de regreso a sus raíces. “Me hizo conectar con mi pasado. Ver que mis abuelas ya no hablaban su lengua por la discriminación, me enseñó que con dignidad puedo vestirme como ellas, cantar sus canciones, tocar sus instrumentos”.

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Ese retorno se encarna en Rosa Cuchillo, obra inspirada en la novela homónima de Óscar Colchado Lucio y en los testimonios de madres de desaparecidos durante el conflicto armado interno peruano (1980 - 2000). Correa da vida a Rosa Wanka, una mujer que viaja desde el mundo de los vivos hacia el de los muertos. Su cuerpo se transforma, el cabello se trenza y el rostro se vuelve sabiduría y dolor. El vestuario blanco con detalles beige —basado en la ropa tradicional de Carhuaz, el pueblo de su abuela— alude a las esculturas de piedra de Huamanga y simboliza el alma viva de Rosa.

ANA CORREA  - ROSA CUCHILLO
Fotografía: Daniel Queirolo.

En escena, cada objeto tiene un sentido dentro de la cosmovisión andina. “El bastón que usa tiene forma de serpiente, animal del Uku Pacha (el mundo de abajo). La silla tiene tres patas que representan los tres mundos y está sostenida por serpientes que terminan en patas de puma, el Kay Pacha. Asimismo, este mueble tiene dos aves que simbolizan el Hanan Pacha, el mundo de arriba”. También aparecen un kero ceremonial y un cuchillo de cartílago de pez espada, como ofrendas de valor material y espiritual.

En los trabajos unipersonales de Yuyachkani —como en esta obra—, las mujeres adquieren un sitio central. Correa explica que Rosa Cuchillo dialoga con su historia familiar. “Fue un llamado que escuché hace más de 20 años. Mi abuela paterna era de la misma ciudad que la protagonista de la novela, incluso trabajaba en las plazas”. Por eso, en colaboración con la Fundación Teatro Nacional Sucre, el Mercado Central de Quito se convirtió en un escenario. Para la actriz, la vigencia de este trabajo sigue siendo indiscutible porque todavía hay cosas que decir. 

“En escena uso con orgullo la ropa de mi abuela, pero de una forma contemporánea. Hay un diálogo constante entre tradición y modernidad”.

ANA CORREA  - ROSA CUCHILLO
Fotografía: Daniel Queirolo.

Correa también es profesora en la Universidad Católica del Perú desde hace 25 años, donde enseña actuación y habla de la creación colectiva, algo que siente que se está perdiendo. “En Yuyachkani aprendimos a romper con la jerarquía del director y del dramaturgo literario. El poder creativo regresa al intérprete”. Por eso insiste en enseñar a los jóvenes desde esa ética del trabajo común. 

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En Rosa Cuchillo, la comunicación con el público es esencial. Ella mira a cada persona que se sienta a escucharla y le devuelve —en sus propias palabras— el poder de ser interlocutor, dejando de lado su papel de consumidor. 

Antes de despedirnos, esta peruana enfatiza que el arte es una forma de sanar y de reconciliarse con la historia propia y colectiva de las mujeres. Entre la música, la danza y la palabra, encuentra un modo de tender puentes. “Piso donde pisó mis antepasadas y las nuevas generaciones pisan sobre mis huellas”. (I)