Al ver el nuevo documental de Netflix sobre America’s Next Top Model, sentí una extraña sensación de déjà vu. Nunca estuve en la casa de Top Model, pero de adolescente sí me encontré bajo las luces intensas de otro reality de modelaje: The Face, con micrófono encima, privada de sueño y plenamente consciente de que cualquier ángulo poco favorecedor o palabra fuera de contexto podía ser editado hasta convertirse en una narrativa que no reconocía.
Semanas se convierten en minutos. Personas complejas, con matices, sentimientos y opiniones, se transforman en arquetipos: “la difícil”, “la excéntrica”, “la frágil”…
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Reality check: Inside America’s Next Top Model revisita el fenómeno cultural que definió una era de la televisión de moda entre 2003 y 2018. En él, la creadora del programa, Tyra Banks, se presenta como una pionera decidida a democratizar el modelaje y diversificar la moda, prometiendo guiar a modelos aspirantes hacia una industria que puede parecer impenetrable. Sin embargo, como varios de los entrevistados en el documental señalan, en algún punto esa misión cedió ante la presión por los índices de audiencia.

En su punto más alto, Top Model alcanzó una audiencia de 100 millones de personas en todo el mundo. Su brillo caótico se convirtió en un referente formativo para muchos. (Cuando tenía 14 años, una amiga organizó una fiesta de cumpleaños temática de Top Model, con invitaciones al estilo Tyra Mail, una competencia en pasarela y un smize-off, el término acuñado por Banks para describir el acto de sonreír con los ojos, hoy incluido en el diccionario Collins).
No tengo dudas de que la divertida parodia del mundo del modelaje que presentaba Top Model hizo que la industria resultara atractiva para que yo la explorara. Después de que me descubrieran en el Big Topshop de Oxford Street (RIP) a los 15 años, comencé a dar mis primeros pasos en ese universo, reservando algunas sesiones comerciales y desfiles de moda de bajo perfil. La verdad es que nunca sentí presión hasta que fui seleccionada para participar en The Face; estaba bastante segura de que nunca pasaría de trabajos para ganar dinero extra; y eso me parecía perfectamente bien.
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The Face reunió a una audiencia mucho menor (132.000 espectadores) que Top Model, apostando con mayor énfasis por una estructura de mentoría: tres supermodelos —Naomi Campbell, Erin O’Connor y mi mentora, Caroline Winberg— elegían cada una a cuatro aspirantes para guiarlas. Aprendí muchísimo sobre el oficio del modelaje gracias a ese formato y, pese a convivir con el síndrome del impostor, no me arrepiento de la experiencia como sí han expresado algunas exalumnas de Top Model. Pero, en realidad, probablemente se deba a que la escritora en mí encontró toda la vivencia profundamente fascinante.
Con 10.000 chicas haciendo fila para audicionar en America’s Next Top Model, imagino que la euforia de llegar a las últimas rondas debía sentirse como ganar la lotería (yo ciertamente lo sentí así y creo que fuimos alrededor de 4.000 las que audicionamos para The Face). Ser seleccionada te hace sentir especial, como si tu mentora viera algo en ti que tú misma no alcanzas a percibir. Te entregas a esa idea con confianza. “Sentí que mis sueños se estaban haciendo realidad”, dijo una aspirante de Top Model. “La sensación era: ‘Dios mío, lo logré’”, recordó otra.
Por eso entiendo perfectamente que, cuando a una concursante, Dionne Walters —cuya madre había sido disparada por una expareja— le pidieron posar con una herida de bala falsa, asumiera que era “una coincidencia”; o que cuando otra, Keenyah Hill, expresó con calma en el set que un modelo masculino la estaba tocando de forma inapropiada y que eso la hacía sentir incómoda, creyera que el equipo la protegería (en cambio, la reprendieron por retrasar la producción). Y cuando uno de los jueces, Jay Manuel, anunció con incomodidad: “En realidad vamos a intercambiar sus etnias”, como concepto para una sesión de fotos, todas aceptaron que sería una valiosa adición a sus portafolios.
Ver esos fragmentos hoy resulta impactante por lo normalizado que estaba todo. La humillación era formación de carácter; el agotamiento, sinónimo de entrega; las lágrimas, prueba de pasión.

Para mí, los momentos más poderosos del documental son aquellos en los que las exconcursantes describen la disonancia entre cómo vivieron una situación y cómo luego fue transmitida. Es lo que en el propio documental se define como “el arte de contar la historia”. Por ejemplo, las modelos sabían cuándo se había elegido deliberadamente una foto desfavorable de una sesión como base para juzgarlas; y cuando se atrevían a señalarlo, eran, en efecto, manipuladas para dudar de su propia percepción. (Fue sumamente revelador escuchar a Manuel confirmar en pantalla que “no siempre elegían la mejor foto").
Mientras Manuel y los otros jueces, J Alexander y Nigel Barker, hoy se retuercen ante muchos de los momentos más chocantes del programa, Banks rara vez asume plenamente la responsabilidad. Cuando se disculpa, lo hace con la salvedad de que así era la industria en aquel entonces, o de que alguien más le indicó que actuara de determinada manera, como en el caso de la ganadora del ciclo seis, Dani Evans, a quien presionó para cerrar el espacio entre sus dientes. En otras ocasiones, incluso señala al público. “Ustedes lo pedían —afirma—. La audiencia quería cada vez más”. Resulta decepcionante verlo.
The Face se planteaba tanto como una competencia entre mentoras como entre concursantes —competíamos por equipos—, por lo que el drama se intensificaba con el deseo de ganar. Tuve la fortuna de que los productores de The Face no estuvieran interesados en presionarme para someterme a una intervención dental extrema o a un cambio radical de cabello; ahí no residía el valor del espectáculo. Pero si lo hubieran estado, sospecho que habría accedido, convencida de que era lo mejor para mí. Después de todo, la mayoría éramos jóvenes de 18 o 19 años, con la mirada llena de ilusión, muchas provenientes de agencias que ya supervisaban lo que hacíamos con nuestro cabello.


Aunque la industria de la moda de entonces era un lugar duro para una mujer joven —exaltando la delgadez extrema y la blancura—, la cultura de la celebridad no era menos despiadada. Las narrativas de humillación alimentadas por los paparazzi sometieron a estrellas como Britney Spears y Lindsay Lohan a un escrutinio implacable.
Lo que Top Model hacía era enseñar a mujeres jóvenes a sobrevivir en circunstancias opresivas y expuestas, sometiéndolas a una suerte de prueba constante para ver quién lo deseaba con mayor intensidad. Con frecuencia, quienes más se esforzaban, quienes atravesaban los obstáculos con mayor entusiasmo, terminaban en la cima. Hasta que el programa concluía; como revela Evans en Reality Check: “Las cámaras se apagaron […] y me arrojaron a los lobos”. Se mudó a un departamento de modelos en Nueva York, donde vivía con la exitosa modelo Chanel Iman.
“Recuerdo que una mañana llegó a casa y me dijo: ‘por fin le pregunté a nuestra agente por qué nunca tienes castings. Y me respondió: bueno, tenemos que tratar a Dani de manera diferente porque viene de Top Model’”.
Mi experiencia giró en torno a desafíos planteados por marcas de alto perfil y, aunque estoy limitada por el acuerdo de confidencialidad que firmé en lo que puedo revelar, sí puedo decir que para nosotras se sentía real, como si fuera una posible puerta de entrada a grandes trabajos. (Tal como afirmaba el programa, competíamos en “campañas reales para clientes reales”.) Para algunas, lo fue: varias concursantes de The Face han construido carreras impresionantes desde entonces. Pero ¿dirían que fue gracias al programa o a pesar de él? Habría que preguntarles.

En papel, muchas cosas han cambiado desde el auge de Top Model. Aunque el mundo de la moda sigue adorando una historia de metamorfosis, quizá la transformación más importante ha ocurrido fuera de cámara: una creciente convicción de que la oportunidad no debería exigir una obediencia incómoda. Hoy, el público entiende mejor el lenguaje de los realities. Reconocemos los trucos de edición y empezamos a cuestionar el costo del entretenimiento que consumimos.
Ver a las mujeres de America’s Next Top Model recuperar la voz tras años de reflexión es un recordatorio conmovedor de algo que nunca debería olvidarse: siempre fueron más complejas que la edición que las definió. (I)
Este artículo salió originalmente en Harper's BAZAAR Reino Unido.