San Valentín es una buena excusa para reunirse con las personas queridas, parejas, familiares y amigos a cenar, salir a un bar, incluso hasta para jugar juegos de mesa. La idea es celebrar tanto el amor como la amistad de las maneras más divertidas posibles. A veces, lo mejor puede ser ver una película, ya sea en una sala de cine o en la casa. Sí, los largometrajes siempre aciertan si se trata de San Valentín, aunque, en ocasiones, no sean precisamente de amor.
Contenido relacionado: ¿No sabes qué regalar? Seis bouquets para decir “amor” este San Valentín
Estas son 10 recomendaciones de películas que, en muchos niveles, son perfectas para ver este 14 de febrero, si bien no son de “chica conoce a chico” o “chico se enamora de una chica inalcanzable”. A veces el amor lo mueve todo, hasta el cine de diversos géneros.
The shape of water (2017), de Guillermo del Toro
Si hay alguien que tiene una intensa fascinación por contar historias de mujeres que se enamoran de monstruos —en el sentido más literal posible de la expresión— este es el mexicano Guillermo del Toro. Estos monstruos, atormentados o prisioneros de algo, son seres puros, casi una representación de la gente que es relegada por cómo se ve —algo que se ha normalizado en el mundo de hoy—. Esta criatura marina, diseñada como el clásico monstruo de la laguna negra, está detenido en un laboratorio militar secreto en Estados Unidos y es la conserje del lugar, Elisa Esposito, quien comienza a ver más allá del terror que ese ser provoca y, por identificación, se enamora de él. ¿Por qué? Quizás porque ella entiende lo que es ser relegada y rechazada al ser muda. Del Toro se centra en mostrar la historia de amor y las acciones de los villanos para separar a los amantes —Elisa ayuda a la criatura a escapar— y ofrece un final que podría ser triste, pero si lo miras con los ojos justos, es un final feliz.
Warm bodies (2013), de Jonathan Levine
Una comedia romántica de zombis. Si ya la has visto, pues es momento de verla de nuevo. Nicholas Hoult hace de R, un zombi que pasa su vida repitiendo las mismas cosas, así como añorando lo que era antes, hasta que conoce a Julie, una joven humana —interpretada por Teresa Palmer— que consigue lo impensable: hacer que el corazón del muerto viviente vuelva a latir. Esa es la base de esta película en la que los zombis pueden volver a ser humanos a través del amor. Suena absurdo, pero este giro funciona y crea una película divertida sobre segundas oportunidades y sobre cómo el amor, el enamorarse de alguien, te puede cambiar la vida. Además de lo contagioso que es eso. Este es un filme basado en la novela que lleva el mismo nombre, de Isaac Marion, que tuvo tal éxito que le permitió al autor escribir otros tres libros de esta misma saga.
Wonder Woman (2017), de Patty Jenkins
Sí, es una película de superhéroes y no es de las mejores, pero quizás como se trata de una mujer con poderes en el centro de la acción, los productores y guionistas se decidieron por crear una historia de amor precisa para ella. Bueno, también sucede en las películas en las que el héroe es un hombre, pero el “enamoramiento” en esos casos es secundario. Aquí, es parte fundamental de la trama y, hay que decirlo, funciona. Porque Chris Pine hace que su Steve Trevor sea gracioso y adorable y así es como enamora a la Mujer Maravilla —Gal Gadot—. Eso convierte a esta en una película perfecta para ver este 14 de febrero, porque Trevor hace el más grande sacrificio por amor y en el camino, por todo lo que ha conseguido hasta ese momento en la película, le rompe el corazón a Wonder Woman y a nosotros, inevitablemente.
A quiet place (2018), de John Krasinski
Una invasión de criaturas del espacio es la mayor excusa para hablar del amor de una familia. Y no de cualquier familia, sino de una que, desde los primeros momentos del filme, ha sido destruida como otras tantas en ese universo cinematográfico —que hasta el momento tiene tres películas y hay más en producción—. Su hija mayor es sordomuda y tiene que comunicarse con lenguaje de señas. Eso es de ayuda para ellos porque los extraterrestres atacan a cualquier cosa que suene. Esta es una película del amor en pareja, del amor en medio del caos absoluto, del dolor y del luto; pero, sobre todo, es un largometraje sobre el amor de un padre y de una madre hacia sus hijos. Un amor que los lleva a hacer todo lo que esté a su alcance para salvarlos y cuidarlos. Y si bien a veces van a fallar, lo importante es siempre seguir luchando; esa forma de amor es lo que hace que el apocalipsis valga la pena.
Drive (2011), de Nicolas Winding Refn
El realizador danés le dio al mundo un thriller de acción que, en un segundo plano, es una historia de amor. Torcida como ella sola, pero historia de amor, al final. Ryan Gosling es un conductor experimentado que trabaja en Hollywood haciendo escenas de riesgo y es, además, el que maneja el carro para escapar de la policía, cuando lo contratan para ser parte robos. Y todo cambia para él cuando conoce a Irene Gabriel —Carey Mulligan— y a su hijo pequeño, Benicio. Él se enamora de ella y es evidente que quiere al pequeño, así que se abre una posibilidad de una mejor vida para él. No tiene nombre en la película y casi no habla, pero sabemos cómo se siente con su mirada y sus gestos y cuando un robo sale mal y todo se va al diablo, él hará todo lo posible por defender a esa mujer y a su hijo. Un must: la escena del ascensor, cuando él e Irene se dan su primer beso, mientras otra persona ahí está dispuesta a matarlos. El amor a veces duele.
Bram Stoker’s Dracula (1992), de Francis Ford Coppola
Una de las mejores películas de Coppola y eso que él hizo esa joya llamada El Padrino, así como sus secuelas. Aquí, el director estadounidense se centra en el carácter romántico —en todo sentido— del monstruo creado por Bram Stoker y estructura una historia de amor, locura y muerte en la que un conde y guerrero rumano, al perder a la mujer de su vida, reniega de Dios, se condena y vaga por el tiempo alimentándose de sangre humana. Esto, hasta que el destino le juega una pasada: encuentra a una mujer idéntica a su esposa muerta cientos de años atrás y hará todo lo posible por acercarse a ella y hacer que se vaya con él, porque la necesita para salir de ese espacio de oscuridad. No es necesariamente un amor sano, pero al menos ofrece una perspectiva interesante sobre lo que el duelo puede significar, sobre todo cuando se rompe un corazón. Gary Oldman es un deleite como el Conde Drácula y se lanza una de las frases del cine que ya son inmortales: “He cruzado océanos de tiempo para encontrarte”.
What dreams may come (1998), de Vincent Ward
El director neozelandés Vincent Ward tomó una historia de Richard Matheson —el mismo escritor que hizo I am legend— y mirando de manera cercana al mito de Eurídice y Orfeo, cuenta cómo Chris Nielsen, viviendo en el cielo —Robin Williams nació para este tipo de roles—, decide descender al infierno para rescatar a su esposa, Annie —Anabella Sciorra—, quien se ha suicidado porque no ha podido soportar quedarse sola, luego de la muerte de Chris y cuatro años después de que en un accidente vehicular sus dos hijos murieran. Una tragedia absoluta. Sin embargo, esta historia es sobre el amor que permanece y que nunca se va: Chris, contra toda advertencia, decide bajar y salvar a su mujer, con el riesgo que eso implica para él. No es precisamente la mejor de las películas, pero al menos ofrece el sosiego de una historia de amor que enternece y efectos visuales que casi 30 años después siguen siendo efectivos.
Nosotros, mi padre y el perro (2026), de Pablo Arturo Suárez
Película ecuatoriana que se puede ver en salas en este momento, que habla de la familia, del amor entre padres, hijos y hermanos, del amor hacia los que ya no están y de cómo hasta una separación puede ser un acto de amor. Sebastián —Alejandro Fajardo, en un rol perfecto— está en el momento más bajo de su vida: lo despidieron de su trabajo, no puede conectar con su hijo, cuida de su padre enfermo —y adicto a la pornografía— y solo siente un gran cariño por su esposa, pero nada más. Y es justo ahí que, luego de ocho años de ausencia, regresa su hermano menor, Pedro, con su novia rusa, informando que va a ser papá y que quiere que se venda la casa familiar, que era de su madre fallecida, para él recibir la herencia y así ponerse en pie para procurar lo mejor para el hijo que llegará. En el fondo, esta es una historia de amor que se agarra de la idea de que ese amor que ya no existe, o que ha cambiado, no es final del amor, sino la posibilidad de replantearlo y convertirlo en algo distinto, nuevo y quizás mejor. Esta es de esas películas que hay que ver con amigos y familiares.
Gafas amarillas (2021), de Iván Mora Manzano
Julia —Paloma Pierini— la está pasando mal luego de una ruptura y separación y en su intento por reconfigurarse conoce a Darío —Enzo Machiavello— y a Ignacio —Alejandro Fajardo— y entre los tres se establece un lenguaje que los ayuda a sobrellevar el momento de crisis de mediana edad que viven. Este filme ecuatoriano es una oda a la amistad, a ese amor entre gente que se conoce y que está el uno para el otro; relaciones que se desarrollan a partir de intereses en común y que van creciendo. Contactos que enriquecen y que ofrecen respuestas. El cine hecho en el país se ha desarrollado alrededor de la idea de la amistad, que es la base de decenas y decenas de largometrajes, pero en Gafas amarillas esta aproximación es mucha más exitosa, tanto por la historia, por los personajes y cómo se van cruzando sus vidas. Sí, esta es una película que te hará abrazar a tus amigos y eso vale la pena.
Possession (1981), de Andrzej Żuławski
Antes de que la gente que haya visto esta película diga que no tiene sentido hablar de ella como un filme de San Valentín, pido unos minutos para presentar mi caso. Porque sí, es verdad, es de terror psicológico —un clásico del género del que se prepara un remake con Margaret Qualley y Callum Turner—. La historia es sobre el fin de un matrimonio y el descenso a la locura de las partes, que buscan un extraño reemplazo. Si está en esta lista es porque hasta las rupturas deben ser espacios de amor, más allá de las razones detrás de ese final; en las rupturas hay que recordar el cariño pasado y celebrar que existió. Y Possession es casi una advertencia —extrema— de cómo el final de una relación puede ser dañina, cuando simplemente se busca volver a una sensación del pasado y a la persona que se quiso alguna vez, como una obsesión, perdiéndose uno mismo en el camino. No hay moraleja, solo los despojos dolorosos de gente que alguna vez se quiso. (I)