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La ansiedad romántica de la Generación Z inspiró la mejor película de terror del año

Dirigida por primera vez por Curry Barker, la película ya está rompiendo récords de taquilla.

Por Maxwell Rabb

Harper's BAZAAR — Ecuador

En Obsession, el director debutante Curry Barker sostiene un espejo oscuro frente al panorama de las citas de la Generación Z (y de los millennials más jóvenes), tejiendo un relato siniestro a partir de la clásica “poción de amor”. La película sigue a un joven emocionalmente inmaduro llamado Bear (Michael Johnson), que desea que su mejor amiga, Nikki (Inde Navarrette), lo “ame más que a nada en el mundo”, un deseo unilateral con consecuencias aterradoras.

Ambos forman parte de una generación que enfrenta acusaciones casi constantes de vivir una “recesión sexual”, criada en línea durante la pandemia y en la estela de #MeToo. (Bear, irónicamente, teme ser percibido como alguien que cruza límites). El sexo es, por supuesto, parte del problema, pero el incisivo debut de Barker en el horror entiende que el conflicto nace de algo mucho más simple: la incapacidad de comunicarse o de mostrarse vulnerable, lo que lleva a las personas a vivir dentro de fantasías donde se sienten seguras.

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Bear construye una de esas fantasías para sí mismo. Algunos podrían llamarlo un softboy (excesivamente sensible), mientras otros podrían ver su timidez como algo cercano al perfil incel, pero lo que realmente lo paraliza es el miedo al rechazo y su incapacidad para mostrarse vulnerable. Su obsesión con su propia sobrecarga emocional le impide decirle a Nikki que le gusta, incluso cuando tiene la oportunidad en un bar o al dejarla en casa. En lugar de eso, elige la salida fácil: en una tienda esotérica compra algo llamado One Wish Willow, una rama de madera que concede un deseo al romperse. Incapaz de expresarse, la rompe en un acto desesperado y desea que Nikki lo ame. Funciona, pero Nikki nunca tiene voz en la decisión. Así, Obsession desmonta el arquetipo del “buen chico” para criticar la desilusión romántica de la Generación Z, alimentada por fantasías que muestran cómo la socialización online y el deseo reprimido transforman la intimidad en una forma de posesión que daña explícitamente a las mujeres.

Cortesía de Focus Features.

Podrías pensar: “¿Cómo iba a saberlo? No quería hacerle daño a Nikki, mucho menos poseerla”. Pero ahí está precisamente el problema. Barker no solo critica su falta de comunicación, sino también su falta de voluntad para ayudar. A mitad de la película, Bear llama a una línea de ayuda que aparece convenientemente en la caja del One Wish Willow. Está realmente desesperado: Nikki ahora está completamente poseída por un demonio retorcido y lujurioso que, bueno, está obsesionado con él. Técnicamente, él mismo provocó todo esto, así que hay algo de empatía. Pero cuando, suplicando a un operador con vibra de fumeta, escucha a Nikki (o a su alma) gritar de agonía al otro lado del teléfono y el operador le pregunta si quiere hablar con la verdadera Nikki, él cuelga. ¿Se supone que debemos creer que este es un tipo ejemplar?

No.

Lo que hace esta película —algo de lo que muchas otras suelen apartarse— es responsabilizar al que formula el deseo, incluso cuando Bear se ve a sí mismo como la víctima en todo momento. Barker podría haber contado la historia desde esa perspectiva —la de un joven ingenuo que busca amor y termina torturado por un espíritu demoníaco—, pero no deja escapar tan fácilmente a su protagonista. Bear cree que está haciendo lo correcto al permanecer en una relación cada vez más retorcida y codependiente, sobre todo porque le aterra dejar ir su fantasía.

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Pero ¿por qué Bear es así? La respuesta es más compleja que simplemente decir que es descuidado. Barker construye esta historia conectando directamente con la ansiedad que atraviesa a la Generación Z. ¿Están los chicos demasiado condicionados por la pornografía para ver a las mujeres como algo más que objetos de deseo? ¿Tienen miedo al castigo por #MeToo? ¿O simplemente perdieron una etapa clave de socialización durante el Covid? Alguna combinación de estos factores ha afectado la vida sexual de esta generación, un debate que lleva casi una década sin resolverse. 

The New Yorker, con un texto de Jia Tolentino, se preguntaba sobre esta tendencia; el subtítulo decía: “Confrontada con un buffet de carnalidad estilo Las Vegas, la Generación Z parece estar perdiendo el apetito”. The Atlantic fue aún más lejos al hablar de una “recesión sexual” en 2018. Pero el problema empieza mucho antes de llegar a la cama: ¡nadie sabe hablar con nadie!

Cortesía de Focus Features.

La falta de comunicación es un tema recurrente a lo largo de la película. Bear no solo es incapaz de compartir sus pensamientos y emociones, sino que tampoco puede escuchar a Nikki cuando ella intenta expresar los suyos. Su actitud defensiva nace del miedo a perder su fantasía romántica, hasta el punto de olvidar que Nikki es una persona real, con sentimientos reales. Nuestra cultura cada vez más parasocial ha creado una forma de relacionarnos marcada por ideales de perfección tan poderosos que muchas veces llevan a evitar la vulnerabilidad y la dificultad.

Los momentos más impactantes de Obsession llegan cuando Nikki, poseída y consumida febrilmente por su “amor” hacia Bear, se derrumba presa del pánico. Varias veces, la verdadera Nikki logra asomarse a través de la carcasa demoníaca que ahora la envuelve, y es ahí donde vemos a la verdadera víctima de la película: una chica con dolor real, ignorada una y otra vez por el chico que dice amarla. Esto se hace especialmente evidente en una escena donde Nikki demoníaca se queda dormida, pero la voz de la verdadera Nikki emerge, rogándole a Bear que la mate. ¿Su respuesta? “¿Qué tiene de malo estar conmigo?”.

Bear soporta voluntariamente todo el comportamiento poseído de Nikki —la forma en que se queda inmóvil y parece “dejar de vivir” cuando él sale de casa, la violencia que ejerce contra sí misma—, y solo cuando ella comete un asesinato se da cuenta frenéticamente de que esto es un problema que necesita arreglarse. Regresa a la tienda para comprar otro One Wish Willow, pero el dueño le explica que solo puede concederse un deseo. ¿Por qué no pedirle a Nikki que desee revertir la maldición? El consejo apenas le importa y, una vez más, en lugar de hablar con Nikki, le pide a un amigo que formule el deseo, lo que sale mal cuando este pide riqueza.

Bear decide entonces quitarse la vida (lo que liberaría a Nikki) y se traga un frasco de Oxycodone. Pero en ese momento Nikki demoníaca rompe un One Wish Willow y desea que Bear la ame de la misma manera. Un breve instante de romance paranormal y tierno se ve interrumpido por la sobredosis de Bear, que pone fin a la maldición y devuelve definitivamente el alma de Nikki a su cuerpo. Lo que la verdadera Nikki encuentra al despertar es un desastre brutal y sangriento dejado atrás por un chico que nunca se detuvo a pensar qué quería ella. (I)

Nota publicada originalmente en Harper's BAZAAR Estados Unidos.