Talento nacional

Esta artista ecuatoriana no conoce de formatos estáticos

Sus obras han estado en Europa, América Latina y Asia. Ha participado en más de 70 exposiciones en dos décadas. Ganadora de becas y premios, reconocida internacionalmente, Estefanía Peñafiel Loaiza conversó con Harper’s BAZAAR Ecuador sobre un arte que dialoga con las experiencias y los pensamientos que marcan su vida.

Por Emilia Palacios Mosquera

Harper's BAZAAR — Ecuador. Fotografía: Richard Dumas.

El arte de Estefanía Peñafiel Loaiza no conoce de formatos estáticos. Encasillarlo en una técnica es una tarea casi imposible. En ocasiones está orientado a lo material; en otras, a su ausencia. Trabaja con una gran variedad de lenguajes como la fotografía, el video, la instalación y el performance. En nuestra entrevista apareció rápidamente ese reto: definirlo. “Diría que utilizo el mejor medio que corresponda a la idea que nació en mí. Me enfoco en dar vueltas a las cosas, mirar de manera distinta y buscar lo que faltaba, y hago todo menos pintura”, explica entre risas.

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Si algo está claro es que lo que crea está nutrido por el desplazamiento. Está radicada en París desde 2002, pero nació en Quito en 1978 y vivió en la capital toda su etapa formativa. Su madre es lojana y su padre, de Riobamba. Creció en una familia de seis hermanos en el barrio de la Kennedy. Desde niña, la esfera artística ya estaba en sus manos: le encantaba pintar, dibujar y admite que “le gustaban demasiadas cosas”. Desde joven tuvo ese deseo de hacer arte, de viajar y de estudiar fuera del país.

Su horizonte se amplió gracias a una beca. Con tan solo 16 años viajó a Canadá para estudiar en los Colegios del Mundo Unido. En una comunidad de 200 estudiantes de más de 80 nacionalidades, esta quiteña se sintió profundamente atravesada. “Se me abrió el mundo y todas las posibilidades. Todo era posible, es por eso que se me hizo muy difícil aterrizar qué carrera quería estudiar”.

Cortesía. Fotografía: Alexis Moreano Banda.

Tras un año sabático a su regreso a Ecuador, fue parte de la primera generación de Artes Plásticas de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Estudió allí durante tres años, tiempo en el que obtuvo bases sólidas en distintos medios y técnicas —entre ellas, la soldadura—, pero el deseo de salir todavía estaba latente. En 2002 viajó a París para aprender el idioma y, poco después, fue admitida en la Escuela de Bellas Artes. Logró que su trayectoria en Quito fuera reconocida y cursó cuatro años de estudio mientras realizaba varios trabajos para sostenerse (babysitting, recepcionista y profesora). Tras graduarse, realizó dos posdiplomas, el primero en Lyon y el segundo en su alma mater parisina.

“Recuerdo que llegué en un día que nevaba. Yo ya había visto nieve antes, pero ese día hacía un sol impresionante y yo, como buena quiteña, estaba puesta varios sacos”, señala sobre esa primera imagen de la ciudad. También le impresionó el programa cultural de París, algo que la cautivó para quedarse. Actualmente, es representada por la Galería Alain Gutharc. Durante los 24 años que ha estado radicada allí, sus obras han formado parte de importantes colecciones como el Centro Georges Pompidou y el Centro Nacional de Artes Plásticas. Recibió el premio Ardoin del Instituto de Francia y el Mariano Aguilera de Arte Contemporáneo. También fue seleccionada para la residencia de escritura cinematográfica CECI Moulin d’Andé para su primer largometraje y fue pensionaria de la Academia de Francia en Roma Villa Médicis 2020-2021.

Measuring silences, 2020. Serie fotográfica. Cortesía.

Buena parte de su producción nace de preguntarse cómo se construye la memoria colectiva. Esa inquietud atraviesa una de sus obras más conocidas, llamada Cuenta regresiva. Comenzó el sábado 28 de mayo de 2005 y finalizó ocho años después, en abril de 2013. La artista exploró cómo se construye el relato político de Ecuador mediante una estrategia de deconstrucción que lleva el lenguaje al límite. Examinó los instrumentos de identificación y representación social y colectiva, la memoria histórica, la naturaleza lineal o cíclica del tiempo y las condiciones para la legibilidad de la historia.

Peñafiel leyó al revés todas las constituciones políticas aprobadas desde la fundación de la República de Ecuador, comenzando desde el último fonema de la última palabra de la constitución más reciente, hasta el primer fonema de la primera palabra de la primera constitución (1830). Cada sesión de lectura fue grabada en sonido y video y realizada en distintos espacios públicos. Después de cada una, las grabaciones en video fueron editadas al revés.

Décollages (Esmeraldas, Ecuador), 2023. Polaroid, 107 x 88 mm. Cortesía.

Otro eje fuerte en su trabajo es la serie Figurantes, donde se acerca a las imágenes que circulan diariamente en los periódicos. En muchas fotografías de prensa, la atención se concentra en los protagonistas de la noticia, mientras que obreros, migrantes, manifestantes y mujeres quedan relegados al fondo y se diluyen en la masa. Su respuesta fue utilizar la goma de borrar para extraer a esos anónimos de la imagen. Durante siete años trabajó con páginas de diarios, borrando poco a poco todo lo que rodeaba esas figuras hasta que solo quedaban ellas, aisladas en un fondo blanco o mínimo. Es un trabajo de paciencia y cuidado que Peñafiel indica que coincidió con la transformación del paisaje mediático. Muchos periódicos impresos desaparecieron o pasaron al formato digital mientras ella borraba sus páginas una por una.

A lo largo de su trayectoria, ha desarrollado también un conjunto de obras que funcionan como cartografías personales. En algunas de ellas toma mapas y atlas como punto de partida y los interviene siguiendo una línea que es particularmente cercana: la de Ecuador. En un proyecto, por ejemplo, corta un atlas en dos siguiendo la línea del mapa del mundo tal como lo imaginaron los surrealistas en 1929. 

“Es un gesto de cortar dos hemisferios por la línea ecuatorial. Pero no es una línea cualquiera. Ya no es recta, sino un corte ondulado”.

En otra pieza reciente, transfiere esa línea a un libro completamente blanco y lo “repara” con pan de oro. Ese gesto de orfebrería simbólica dialoga con la idea del color dorado y, al mismo tiempo, con la necesidad de reparar una fractura. Para ella la falla es sísmica, geográfica, pero también histórica. Sus cartografías no pretenden ser mapas exactos, más bien ser formas de pensar el país y sus desplazamientos desde una sensibilidad que mezcla archivo, poesía y crítica. "Está esa frontera entre dos países que existe en mi trabajo. En mi vida tengo que pasar de una lengua a otra, incluso de una manera de pensar a otra, de una mentalidad a otra. No soy igual cuando estoy aquí que cuando estoy en Ecuador. Por eso mi trabajo está nutrido, pero también marcado, por este viaje y esta frontera”.

Falla, 2026. Libro cortado, pan de oro, 30 x 2 x 3,5cm. Cortesía.

Cuando no está creando, su interés se dirige a la poesía, al cine y al karate. Este último lo practica desde hace aproximadamente siete años. Esta disciplina le ayuda a concentrarse en múltiples proyectos a la vez gracias a la precisión de los movimientos. “Para mí es un arte. Hago un estilo fluido que se realizaba antes llamado Shokotan y siento que es muy creativo”.

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Hoy define su momento artístico como una etapa de mayor madurez y solidez conceptual, en la que se permite seguir experimentando. En esta fase, lo íntimo y las historias familiares y personales se han incorporado de manera más directa a su trabajo, conjugándose con la historia nacional ecuatoriana. Bajo esta premisa, se encuentra trabajando por primera vez en la escritura del guion y la filmación de una película de artista, adentrándose en el lenguaje cinematográfico sin abandonar su posición de autora visual. Atravesada por memorias familiares que también dialogan con la historia del país, Estefanía Peñafiel abre un nuevo capítulo en una trayectoria marcada, desde sus inicios, por tres palabras: libertad, resistencia y movimiento. (I)