Talento local

La ecuatoriana que pondrá a la Amazonía en el centro de un museo europeo

María Fernanda Ugalde, primera curadora ecuatoriana del Museo Rietberg, presenta una exposición de arqueología amazónica construida en co-creación con comunidades indígenas. Esta es la historia de cómo llegó a poner el patrimonio ecuatoriano en el centro de un museo europeo.

Por Emilia Palacios Mosquera

Harper's BAZAAR — Ecuador

Durante los próximos meses, una urna funeraria ecuatoriana de la cultura Napo, conocida como "el gordito", aparecerá en miles de afiches distribuidos por las calles de Zúrich. La pieza antropomorfa fue escogida como la imagen principal de una gran exposición dedicada a la arqueología amazónica. Será la primera vez que “el gordito” salga del Museo Arqueológico y Centro Cultural de Orellana (MACCO) y viaje, junto a otros objetos patrimoniales ecuatorianos, hasta Suiza.

La exposición, que se inaugurará el próximo 29 de octubre, fue, en un principio, solo un sueño de Ugalde. Hoy, esta quiteña, de 53 años, se desempeña como curadora de arte de las Américas en el Museo Rietberg, en Suiza, donde se convirtió en la primera ecuatoriana en ocupar un cargo de este tipo. Pero esa historia comenzó a tejerse hace más de 30 años, cuando descubrió que la arqueología era, para ella, "esa parte del pasado que aún vive entre nosotros".

Cortesía Patrik Fuchs. 

Ugalde nació en Quito en 1973, en una familia vinculada al arte y la cultura. Creció entre libros, visitas a museos, funciones de teatro y reproducciones de pinturas que su padre le enseñaba con entusiasmo. "Mi papá me hablaba de los incas y eso me fascinaba". Del lado materno, su bisabuelo alemán era un aficionado a esta ciencia y estaba obsesionado con encontrar el supuesto tesoro de Atahualpa.

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Más adelante, un libro terminó por definir su profesión. Ugalde recuerda aquella edición sobre la historia de los griegos que relataba la vida de Heinrich Schliemann, el arqueólogo alemán que encontró Troya inspirado por la Ilíada y la Odisea. Con eso supo que su vida podía orientarse hacia esa misma pasión. Cuando llegó el momento de escoger una carrera, en Quito aún no existía un programa formal de arqueología. Apuntar a otro continente era una mejor opción. Viajó sola a Alemania, en 1993, por las referencias que tenía de su familia y una prima que ya estudiaba en Berlín. 

“Me fui como pude, de mochilera, sin tener el bachillerato alemán, a buscar un poco de suerte y con la ventaja de saber el idioma”.

Llegó a Frankfurt, uno de los aeropuertos más grandes de Europa. En aquel tiempo no había GPS ni las montañas ecuatorianas que la guiaban en Quito. Tenía un mapa de papel en la mano y un tren que debía encontrar. Berlín, recién salida de la lógica del muro, era una ciudad fascinante y relativamente barata, con universidad pública gratuita, pero también con condiciones duras para quien no tenía un respaldo económico.

“El reto era sobrevivir. Yo no venía de una familia adinerada, no tenía beca, no me mandaban dinero”. Recuerda con cariño su primer departamento en el barrio de Schöneberg, donde no tenía calefacción, lo que la obligaba a soportar temperaturas de hasta 20 grados bajo cero solo con la ayuda de un horno de carbón. Fue babysitter, repartió volantes, hizo mediciones topográficas en la calle durante el invierno y tradujo textos. La estructura de estudios le permitía trabajar y estudiar en paralelo. En la Universidad Libre de Berlín se formó en arqueología de América, completó una magister artium y, luego de obtener una beca, cursó un doctorado que terminó en tiempo récord. Desde su tercer semestre, ya tuvo oportunidades de hacer expediciones a Bolivia y Costa Rica.

Berlín, además, funcionó como un laboratorio político y afectivo. En el Instituto Latinoamericano en el que estudió había debates sobre género, diversidad y movimientos sociales. “En mi familia siempre fuimos muy progresistas, pero ver la naturalidad con la que se manejaba eso fue enriquecedor para mi vida". Esa experiencia sembró las bases de lo que luego sería su trabajo en arqueología de género.

Cortesía Patrik Fuchs. 

Aunque estudiaba lejos, nunca pensó en desligarse de su país. “Yo me fui con la determinación absoluta de volver a trabajar en Ecuador. Nunca pensé en quedarme”. Cada vez que lograba ahorrar, regresaba para involucrarse en proyectos locales y tener acercamientos con diversas instituciones del ámbito. Así, a finales de los 90, realizó las primeras excavaciones en el parque arqueológico Rumipamba. “En ese lugar empecé a conocer la arqueología de Quito, de mi ciudad, y a sentir: ‘aquí estaban mis antepasados’”. Esa investigación le permitió hacer su tesis de maestría sobre patrones de enterramiento en la ciudad.

En sus estancias, trabajó en proyectos como el cementerio de Rancho Bajo, considerado el más antiguo de Quito. Allí excavó entierros de aproximadamente 3.600 años. “Son personas enterradas sin grandes ofrendas, rodeadas de bloques de cangahua, todos comunitariamente. Eso fue muy especial”. Tras terminar el doctorado, a finales de 2007, regresó a Ecuador para continuar con algunas intervenciones y recibió la oferta de dictar una clase en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Luego llegaron más cursos, hasta que se convirtió en profesora de tiempo completo por casi 15 años. “Mi primera clase era sobre técnicas de investigación en arqueología. Estaba nerviosísima. Para preparar esa primera clase trabajé como dos semanas. Tenía todo escrito y aprendido de memoria”. Esa etapa estuvo marcada por la construcción de vínculos con generaciones de estudiantes. “Es lindo saber que sí se pudo hacer escuela. Mis primeros estudiantes siguen siendo amigos, dos son colegas y me llena de alegría ver dónde están ahora”.

Cortesía Patrik Fuchs. 

Mientras enseñaba y excavaba, su mirada teórica se desplazó hacia el género. En su tesis doctoral sobre la iconografía de La Tolita, al revisar decenas de piezas, algo llamó su atención. “Era innegable que había algo más que femenino y masculino. Había cuerpos que combinaban atributos masculinos y femeninos, algo que hoy podríamos llamar tercer sexo o gender fluid”. Así decidió dialogar con la teoría queer y la arqueología de género; y más adelante cristalizó el proyecto “Diversxs”, creado junto al antropólogo guayaquileño Hugo Benavides. Ese trabajo consiguió apoyo internacional y tuvo una exposición en el Museo Nacional del Ecuador. 

Su próximo capítulo se escribió haciendo lo que más le gusta. En 2021, en plena pandemia, trabajaba a 16 metros de profundidad en el sitio arqueológico de La Florida, en Quito, cuando su teléfono logró captar señal. Al otro lado de la llamada le informaban que fue preseleccionada para una vacante en el Museo Rietberg de Zúrich. 

"Me llamaron mientras estaba metida en un hueco. Tuve que salir corriendo para poder escuchar bien".

Tras varias entrevistas obtuvo el cargo y se convirtió en la primera ecuatoriana en desempeñarse como curadora de arte de las Américas en esta institución suiza. El nombramiento representó un reconocimiento a su trayectoria y la oportunidad de seguir investigando y dar mayor visibilidad al patrimonio arqueológico de Latinoamérica. El proyecto más ambicioso —parte de su propuesta cuando fue entrevistada— es la exposición de arqueología amazónica que se prepara desde hace tres años y que verá la luz el 29 de octubre. La muestra reúne alrededor de 140 piezas provenientes de Ecuador, Brasil y Colombia además de investigaciones desarrolladas junto con comunidades indígenas amazónicas. Su propósito es cuestionar la idea de que esta región fue un territorio vacío o un lugar sin grandes desarrollos culturales.

“Aquí conocen bien las culturas de los Andes o de Mesoamérica, pero nadie ha oído hablar de la cultura Marajó o de la cultura Napo”. La exposición incluye piezas emblemáticas como la famosa botella de cacao de Santa Ana, La Florida, que saldrá por primera vez del país rumbo a Zúrich. La experta trabajó con las comunidades Quijos (Ecuador), Uitoto (Colombia) y otros actores locales. “No llegamos diciendo ‘tú dime y yo apunto’, sino preguntando ‘¿cómo creen ustedes que podemos hacer esto? Vamos pensándolo juntos’”. Además, habrá experiencias auditivas, talleres y conversatorios, en los que participarán los representantes que llegarán al continente europeo.

Que "el gordito" sea la imagen de este trabajo tiene varias capas de sentido, dice Ugalde. Por un lado, porque confirma que Ecuador, "un país pequeño y poco conocido", puede ocupar un papel central en uno de los principales museos del mundo. "No quisiera que nada de lo que haga se quede solo en Europa. Quiero que siempre algo retorne a nuestros países". En ese sentido, una vez concluida la exposición en Zúrich, una versión adaptada de la muestra llegará a Ecuador en 2027.

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En medio de excavaciones, docencia, investigación en género y trabajo museográfico, Ugalde dice sentirse satisfecha. “Yo me siento totalmente realizada. No pido absolutamente nada más". Aun así, admite entre risas que mantiene una lista de más de 10 proyectos pendientes. Entre ellos están una exposición sobre el Inti Raymi, otra dedicada al spondylus y el deseo de volver a excavar en Rancho Bajo y Tagshima.

Después de más de tres décadas de carrera, la arqueología ha terminado explicándole mucho más que el pasado. Le enseñó a mirar la diversidad con mayor amplitud, a entender que la historia de una sola persona es apenas un instante dentro de la inmensidad de la humanidad. Para Ugalde, el pasado está lleno de avances, retrocesos, aciertos y errores. Esa misma complejidad es la que intenta aplicar a su propia vida: dejar de lado los dogmas y hacer, desde el lugar que ocupa, lo mejor que puede. (I)