No he tenido el placer de visitar Chordeleg, pero he conversado con sus artesanos y habitantes. A través de sus ojos y de su arte me imaginé este pequeño cantón del Azuay, ubicado al sur del país. Rodeado de montañas verdes y techos de teja rojiza, este lugar parece estar construido alrededor de la paciencia y el detalle. Miles de años antes de la llegada de los incas o de los españoles, este territorio ya estaba profundamente ligado al trabajo con los metales. Su nombre proviene de dos palabras de la lengua cañari: “Choc” o “Shor”, que significa hoyo o sepultura, y “Deleg”, que se traduce a llanura. Durante la época prehispánica, este territorio funcionó como un cementerio de importantes caciques cañaris, quienes eran enterrados junto a elaborados ajuares de oro, plata y cerámica.
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La cultura asentada en esta zona dominaba el oro, la plata y el cobre con una técnica notable. Esto se vio en las tumbas estudiadas por el arzobispo e historiador quiteño Federico González Suárez, uno de los primeros en describir sistemáticamente los hallazgos en Chordeleg. Estos descubrimientos arqueológicos evidenciaron el uso de técnicas de fundición y repujado que algunos estudios de metalurgia precolombina denominaron como “falsa filigrana”. Eran piezas que simulaban hilos tejidos, aunque en realidad estaban hechas de un solo cuerpo metálico.
Con la conquista española llegó la técnica que hoy conocemos: delicados hilos de metal estirados mediante hileras de hierro. La filigrana tiene antecedentes en Oriente Medio 2.500 a.C. y alcanzó un gran desarrollo en la península ibérica durante el dominio islámico. Sin embargo, fueron los plateros españoles quienes llevaron esta técnica a los virreinatos de Nueva España y del Perú. Allí terminó fusionándose con los conocimientos orfebres indígenas y las nuevas herramientas europeas.
A diferencia de otros cantones donde el oficio se fragmentó con el tiempo, en Chordeleg, la transmisión del conocimiento se mantuvo dentro de linajes familiares. La memoria histórica del cantón reconoce a Fidel Zúñiga como uno de los grandes maestros de la primera mitad del siglo XX. Él transmitió sus conocimientos a su sobrino, Juan Octavio Jara, considerado el pionero de la técnica en el cantón.

Flavio Jara recuerda esta historia con precisión porque su familia fue parte fundamental de ella. Tiene 72 años y hablamos por teléfono sobre su vida y sus creaciones. Aquel pionero de la filigrana contemporánea era su tío, quien formó su taller y enseñó el oficio a buena parte de la comunidad. Él aprendió desde los 12 años, observando a su padre trabajar.
“Me gustó porque me crié en ese ambiente de artesanos. Me llamaba mucho la atención y pensaba que mi papá hacía milagros con sus manos”.
La filigrana suele describirse como un bordado en un metal precioso. Primero se funde oro o plata, luego se lamina hasta obtener barras delgadas. Estas se trefilan a través de hileras de acero hasta lograr alambres extremadamente delgados, casi tan finos como el cabello. Después, dos hilos finos se entorchan y se aplanan ligeramente para crear el característico “hilo granulado”. Con un alambre más grueso se construye manualmente la estructura de la pieza y, dentro de ese marco, el artesano acomoda espirales, flores, curvas y mallas diminutas sin superponer las hebras. Finalmente, se espolvorea soldadura y se aplica calor controlado para unir cada sección sin fundir el tejido. La pieza se limpia con ácidos y se seca sobre piedra pómez caliente, un proceso que intensifica el brillo de la plata, diferenciándola de la industrial.
Este oficio tuvo un importante impulso entre 1977 y 1978, cuando un grupo del Cuerpo de Paz de Estados Unidos llegó a Ecuador. Según recuerda Jara, ellos ayudaron a organizar a los artesanos y a formar una cooperativa que permitió exportar las piezas a este país. “La gente comenzó a interesarse y empezaron a venir extranjeros a visitar nuestro pueblo. Y desde ahí esto creció más y más. Ahora no solo vienen americanos, vienen personas de todo el mundo”.

Jara viajó durante su juventud y regresó a Chordeleg en 1980. Tras un periodo de descanso, abrió su primera joyería, El Gran Chaparral, que luego sería conocida como Puerta del Sol. Ahí realiza joyería tradicional y crea esculturas tridimensionales en filigrana: cóndores, dragones y piezas complejas que pueden tomarle hasta ocho meses de trabajo. Sus creaciones llegan a joyerías en Ecuador, incluidas las Islas Galápagos. Para él, la filigrana nunca fue solamente un trabajo. Todavía conserva la misma fascinación con la que veía trabajar a su padre.
Una herencia que no se corta
En 2017, el GAD Municipal de Chordeleg registró más de 200 talleres artesanales y alrededor de 206 locales dedicados a la joyería. Más del 60 % de la población económicamente activa del cantón dependía de la orfebrería y de la filigrana. En octubre de ese mismo año, el lugar fue incorporado a la Red de Ciudades Creativas de la UNESCO. María José Galarza, de 38 años, recuerda una infancia rodeada de herramientas, metales y creaciones diminutas. Es oriunda del lugar y, literalmente, creció entre talleres. Su padre fue joyero —aunque no en filigrana, sino en chapa y montado de piedra— y su madre bordaba polleras y blusas. Por otra parte, su abuela tejía sombreros de paja toquilla. Y, entre todos, levantaron un universo donde la artesanía estaba en el centro.
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Uno de sus primeros recuerdos es el patio de la casa de su abuelo materno cubierto por hilos de plata que estiraba a mano. El hilo atravesaba el espacio como una telaraña que los niños no podían tocar. “Si saltábamos y lo enredábamos en las piernas, se perdía el trabajo de todo un día”. En la calle principal, tenían un pequeño taller con una ventana y una mesa de exhibición mínima. No era una joyería como tal, apenas unas cuantas piezas que quedaban después de entregar los pedidos. Ella lo veía siempre con la cabeza inclinada, concentrada en el relleno minucioso de cada joya.
Su relación con el diseño comenzó en la adolescencia. A los 13 años empezó a crear trajes típicos para reinados locales y a dibujar joyas en los márgenes de sus cuadernos del colegio. Hacía aretes y collares imaginarios que, al inicio, no pasaban del papel. A los 16, su tío Rolando Galarza, filigranista, empezó a traducir esos dibujos en piezas reales. Ella le llevaba un boceto, él lo convertía en aretes.

Pronto descubrió que sus diseños podían venderse. Empezó ofreciendo los dibujos directamente a los joyeros de Chordeleg. Ella creaba el modelo y ellos decidían dónde producirlo. Poco antes de graduarse del colegio, ya tenía una pequeña cartera de clientes y un archivo de modelos propios. Tras mudarse a Cuenca para estudiar, se hizo una pregunta que cambiaría su trayectoria: si estaba vendiendo los diseños, ¿por qué no vender las joyas terminadas?
La respuesta fue su primera tienda. En 2009, con poco más de 20 años, abrió un local en la casa de sus padres, frente al parque principal. Trabajaba con cuatro artesanos: tres filigranistas y un joyero de chapa. Diseñaba, coordinaba pedidos, vigilaba acabados. Sacaba dos modelos nuevos por semana y, para evitar la copia, producía solo uno o dos pares de cada diseño. Si no se vendían, los retiraba de la vitrina y volvía a probar con algo distinto.
Un año después, una clienta entró buscando a alguien que haga una corona de reina. Aunque nunca había realizado una, aceptó. En el taller, junto a su equipo, compró una de fantasía barata, la desarmó y estudió su estructura. A partir de ese molde improvisado, crearon la pieza. El experimento funcionó y, sin planearlo, las coronas se fueron convirtiendo en su sello. Con el tiempo, su nombre empezó a circular en el circuito de reinados. Ha diseñado coronas para reinas de Loja, Ambato, Cuenca, Sígsig, Guachapala, Paute, Portoviejo, Chone y varias ciudades de la Amazonía. También para certámenes en Estados Unidos, Costa Rica y Perú.

En 2016, Galarza emigró junto a su familia, cerró su joyería física, vendió el inventario y se llevó lo que no podía empacarse en cajas: su archivo de diseños, su red de artesanos y su clientela. Se instaló en Pensilvania, Estados Unidos, pero nunca cortó el hilo con Chordeleg. Hoy dirige su marca a distancia. Diseña desde Estados Unidos, produce en talleres del cantón y distribuye sus piezas a través de pedidos personalizados y ventas en línea. Cada joya requiere de ocho a 10 procesos y un par de aretes puede tomar un día entero de trabajo (su abuelo se demoraba hasta una semana en un par de aretes).
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Su negocio actual combina varios frentes. Por un lado, sigue creando joyas de uso cotidiano: aretes, collares, medallas y piezas de líneas limpias pensadas para un público que no necesariamente conoce la filigrana. Trabaja con plata, baños en oro amarillo y oro rosa, y piedras semipreciosas o cristales de buena calidad. Sus aretes pueden ir desde los US$ 35 hasta modelos de autor que bordean los US$ 500. Mantiene la línea de coronas y tiaras para reinas, novias y quinceañeras, cuya elaboración puede tomar hasta dos semanas y alcanzar valores de más de US$ 1.000, según altura, complejidad y materiales.

El equipo con el que empezó en 2009 sigue, casi intacto, al otro lado del continente. Galarza insiste en pagar precios justos, en escuchar los consejos técnicos de quienes trabajan el metal y en poner sus nombres sobre la mesa cada vez que puede. Para ella, el diseño firma la idea, pero son sus joyeros quienes ponen el cuerpo. A pesar de que el oficio ha dado vida al cantón, su continuidad no está garantizada. De acuerdo con Galarza, en los últimos años, las calles de Chordeleg se han llenado de joyería importada de Perú, India, Brasil o China, mucho más barata y fácil de vender que la filigrana local. Los jóvenes ya no ven en el taller una opción de futuro y cada vez son menos quienes se animan a aprender el oficio. Flavio Jara, sin embargo, se resiste a hablar de desaparición y prefiere pensar que la filigrana seguirá encontrando manos que la sostengan. Sus sobrinos, son un ejemplo.
La filigrana no nació en Ecuador, existe en países como Perú o Colombia, pero en este pueblo adquirió otro pulso: uno marcado por el hilo extremadamente fino, el relleno minucioso y la delicadeza del acabado. Galarza sueña con volver algún día al mismo local de sus padres, donde las vitrinas todavía esperan intactas. Para ella y para Flavio, la filigrana nunca fue solamente un oficio. Es paciencia, memoria, tiempo, sustento y una forma de entender la vida. (I)