En las montañas donde el aire es frío, la neblina crece y el camino se vuelve cada vez más difícil, Yanna Guillín corre con su vestimenta tradicional. Tiene 28 años y, desde la comunidad Puruhá de León Pug, en Colta, convirtió su anaco en la señal más visible de su fuerza y su historia.
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Su familia completa es de músicos, ella incluida. Tiene cinco hermanos y vivió su infancia en Riobamba. Sus abuelos paternos vieron mejores oportunidades para el padre de Yanna en la ciudad, por lo que decidieron mudarse cuando él era pequeño. Yanna vivió lo mismo. Cuando ella cumplió ocho años su padre compró un terreno en la comunidad y decidió mudarse con toda su familia para empezar a vivir del turismo. "Para mí fue un proceso duro. Era una niña y fue un encuentro con lo que yo era. En la ciudad fuimos criados como mestizos y había mucho racismo y discriminación".

Cuando Yanna regresó a Colta se encontró con un lenguaje que no hablaba, con prácticas que no recordaba y con una identidad que todavía no reconocía como suya. “Muy en el fondo yo sabía que era indígena, pero no usaba anaco en mi casa ni hablaba quichua. Mis abuelitos lo hablaban para contarse secretos. Me sorprendí cuando vi puesta a mi mamá el anaco. Cuando le pregunté por qué lo utilizaba me contestó: ‘esto es lo que hemos sido siempre'”, confiesa esta corredora, al reflexionar sobre la tela rectangular que las mujeres indígenas de los Andes —especialmente en Ecuador, Perú y Bolivia— se ciñen a la cintura a modo de falda o túnica.
Poco a poco, empezó a aprender palabras en quichua. Recuerda las festividades en la comunidad, a las vecinas que llegaban con la colada morada o la fanesca y a los niños que la paraban en el camino para preguntarle cosas que no entendía. Por las noches le pedía a su papá que le explicara qué le estaban diciendo para poder responderles. Para ese momento, muchas jóvenes del lugar tampoco se sentían orgullosas de utilizar anaco.
"Pensábamos que mientras más rápido lo dejes mejor".
Su hermana mayor empezó a interesarse en la música y en ritmos tradicionales de Chimborazo, lo que hizo que se reconectara con su vestimenta. "Fue mi inspiración. A ella no le importaba qué le decían o si la discriminaban. Ella se sentía y se veía bonita". Yanna recuerda la primera vez que usó anaco para ir a la escuela. Tenía unos 10 años y su madre se lo compró junto a una blusa. Después empezó a “robarles” estas prendas a sus hermanas para armar combinaciones distintas. Mientras ella reconectaba con esa identidad, sus padres intentaban vivir del turismo en la laguna de Colta. Pero entre trabas burocráticas y la exigencia de títulos de tercer nivel para los registros, las puertas se cerraban una y otra vez. Eso impulsó a Yanna a estudiar turismo al salir del colegio para poder ayudar a su familia.
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Hace dos años su vida cambió. Por su situación familiar, Yanna empezó a trabajar como guía de media montaña, con salidas casi todos los fines de semana. Al mismo tiempo, el boom del trail explotaba en el país y sus compañeros guías comenzaron a entrenar y competir. “Yo veía sus estados, pero no me interesaba, hasta que un día me invitaron. Me animé y fui a correr a la escuela de trail running, un club de Riobamba”. Esa noche, en Licán, corrió ocho kilómetros. Todavía recuerda la ruta con precisión: avanzaron por las rieles del tren, entre la montaña y la ciudad, subieron laderas arenosas que no conocía y cruzaron un río. No ha vuelto a esa ruta, pero de esa primera vez le quedó una sensación clara de diversión y felicidad. Tanto, que al día siguiente se inscribió en su primera carrera.
Para entonces, Yanna ya guiaba con anaco, así que la idea de correr con él no le parecía descabellada. “Le conté la idea a mi hermana y me recordó sobre las cholitas que hacen cumbres con sus polleras. Me dijo que, si ellas podían, yo también”. El reto era adaptarlo para que no afectara su rendimiento. Por eso acudió a su tía, que confecciona blusas para la comunidad. Juntas buscaron una tela impermeable, ligera y de secado rápido. Para la blusa mantuvieron el bordado tradicional, pero con un corte más suelto y cómodo para correr.

Yanna estrenó este conjunto en el Altar Reto Trail, en Penipe, en octubre de 2023. Tenía miedo a las críticas, a los comentarios, a cómo la gente se iba a tomar que corriera con su vestimenta. Con un anaco azul vibrante y una blusa donde destacaban los tonos rosados y azules, se lanzó a la ruta. Terminó cuarta en su categoría y sintió que, aunque su vestimenta pasó desapercibida para el resto, algo había cambiado por dentro: le gustó ese deporte. Empezó a entrenar todos los miércoles con el club y a hacer montaña los fines de semana. Creó tres anacos: negro, azul y verde turquesa y tres blusas.
Su primer podio llegó en marzo de 2024, en la Ruta del Hielero, a las faldas del Chimborazo. “Con eso la gente me empezó a reconocer y les gustaba que corra con anaco”. Desde entonces, ha logrado varios podios nacionales en competencias como la Ibarra Sky Race, donde quedó tercera en su categoría. Pero el salto que la puso en el mapa nacional llegó gracias a su primera carrera internacional (en Lima) y al amor por su hermana Yurak Pacha, quien vive en Bolivia. Ella la recibió en su casa y le dio una sorpresa: la había inscrito en el Extreme Trail Running, en la cordillera del Tunari. Yanna llegó con miedo. No sabía si iba a hacer frío o calor y Cochabamba, la ciudad base, es mucho más cálida que sus páramos. La competencia empezó mal por un dolor de estómago, que la dejó última entre las mujeres.
“Yo solo pensaba que no me quería retirar, quería terminar la competencia. Pensé que voy a ir despacio, a mi ritmo”.
Tomó unas pastillas y empezó a rebasar a sus rivales. No sabía que muchas se estaban retirando, solo siguió. En los momentos críticos, cuando su mente le decía que no iba a poder, pensaba en el esfuerzo de su familia. En todo lo que su hermana estaba haciendo por llevarla y pagarle la inscripción.

En el Tunari, Yanna marcó un hito, ganó el primer lugar general en la categoría femenina, se convirtió en la primera ecuatoriana en ganar esa competencia y fue la única mujer en completar la distancia de 35 kilómetros, a más de 5.000 metros sobre el nivel del mar. Su hermana subió los videos a redes y el logro se volvió viral.
Hoy nos sentamos a conversar en línea: Yanna está en Colta, con su traje y la sonrisa de quien está cumpliendo sus sueños. Su próximo objetivo es completar un circuito latinoamericano de trail y, más adelante, animarse a un ultra, esas carreras de 70 o 100 kilómetros que exigen otra preparación. Esta soñadora explica que empezó a correr porque le gustaba y porque le daba un espacio para pensar sobre sus crisis existenciales. “Siento que suelto todo y renuevo pensamientos. Sigo con mi vida, respiro y sé que puedo con todo lo que está viniendo”. Sus días se dividen entre ayudar a su familia por las mañanas y entrenar por las tardes. Ella corre alrededor de la laguna y sube a la montaña vecina que es su pista natural de desnivel. Ahora ya no solo lo hace por esa paz que encuentra en la respiración agitada y el paso firme, sino también por el impulso que les da a las niñas que la miran de cerca, que la siguen en pijama o calentador para correr unos kilómetros junto a ella.
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“Para mí correr con anaco significa resistencia frente a la discriminación. Nos han metido en la cabeza durante muchos años que, si queremos superarnos, tenemos que sacarnos el anaco o el poncho. Yo me he criado viendo cómo las mujeres que me rodean siempre cosechan, siembran y suben montañas con esta vestimenta y para ellas nunca ha sido un limitante. Ellas me han dado la fuerza para decir que, si para ellas no lo fue, para nosotros los jóvenes tampoco debería serlo”. (I)