Karla Gallardo.
Karla Gallardo. FOTOGRAFÍA: DANIEL QUEIROLO.

A sus 42 años, con el corazón partido entre Ecuador y Estados Unidos, Karla Gallardo tiene claro que su poder está en la capacidad de elegir con intención y que le gusta vivir bajo presión. Nació en Boston, Massachusetts, pero creció en Quito, viendo a su padre llevar los mismos zapatos a arreglar una y otra vez. Él siempre estuvo convencido de que cada compra debía ser una inversión y no un impulso pasajero. De esas lecciones sobre calidad y esfuerzo nació, años más tarde, la semilla de Cuyana, la marca que introdujo al mercado la filosofía “Fewer, Better” (menos, pero mejor); y que ha superado —de la mano de Gallardo— los US$ 500 millones en ventas de productos pensados para durar.

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Su historia no siempre apuntó a la moda, aunque desde niña le encantaba hacerse su propia ropa con la ayuda de una costurera del barrio. Permaneció en el país hasta terminar el colegio y, en 2001, regresó a Estados Unidos para estudiar en la Universidad de Brown. “En esa época me encantaban las matemáticas y pensaba que era lo único que me salía bien. No era muy buena escribiendo ensayos y creía que no era creativa”. Allí estudió matemáticas aplicadas y economía, para luego trabajar tres años en la bolsa de valores de Nueva York, en Goldman Sachs.

Karla Gallardo. FOTOGRAFÍA: DANIEL QUEIROLO.
Karla Gallardo. FOTOGRAFÍA: DANIEL QUEIROLO.

En ese mundo de números vio una oportunidad. “Las mujeres que tienen los recursos para vestirse bien no tenían una marca en la que pudieran confiar: productos de calidad, a precios no exorbitantes y con una historia clara sobre su origen y su fabricación”. La idea de una marca que respondiera a ese vacío empezó a tomar forma en 2006, pero Gallardo no quería decepcionar a su familia. Especialmente a su padre —que la crió solo tras la muerte de su madre— ni tampoco quería abandonar el camino profesional que ya había construido. 

Para ella, migrar no era una decisión ligera, significaba honrar cada oportunidad.

No lanzó la marca hasta 2011. Antes, entendió que debía aprender a construir un negocio, formar una red de apoyo y levantar el capital necesario. “Me tomó un año y medio renunciar a Goldman Sachs, pero lo hice después de entrar a la universidad para hacer mi MBA. Terminé en Stanford con el objetivo de desarrollarme más allá de las finanzas y las matemáticas”. Ahí descubrió otra faceta relacionada con su capacidad creativa.

Al inicio, la decisión asustó a su padre. Recuerda que el momento más duro para él fue cuando… 

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