Harper´s BAZAAR

Quizás ya viste el estudio: si haces una desintoxicación digital de dos semanas y dejas tu teléfono celular, tu cerebro se reinicia. De pronto, tienes mejor concentración, mejor estado de ánimo y menos ansiedad. Qué tranquilizador resulta saber que todo el daño causado por esas pequeñas computadoras de mano —que a la vez nos han destruido y nos han salvado— puede revertirse simplemente dejándolas a un lado. 

Por supuesto, como adicta al celular, me encantaría culpar a otra cosa por mi deterioro cognitivo, como cumplir cuarenta años o las hormonas. Pero no: es este aparato que llevo a todas partes, el mismo que fantaseo con lanzar por la ventana en un arranque fabuloso y liberador. El problema es que no puedo hacerlo. Porque soy madre. Para las madres, estar ilocalizables no se siente como algo purificador ni liberador: se siente peligroso. Así que me mantengo localizable constantemente, a cualquier hora del día y de la noche. Contesto llamadas que casi siempre estoy segura de que son spam. Mientras suena el teléfono, pienso: ¿y si es la escuela llamando con malas noticias? ¿Y si es el hospital o la policía?

dff57d7d-3739-47f0-9494-e32ab18fb1fc-convertido-de-avif
Sarah Hoover.

Mantengo el celular boca arriba y al alcance de la mano en el gimnasio, junto a mi botella de agua, como si fuera un monitor cardíaco. Cuando me despierto a las 3:00 para ir al baño, reviso el celular antes de volver a dormir, solo para asegurarme de que mi mamá no haya llamado. Incluso en mi lugar favorito del mundo, viendo ballet en el Lincoln Center, bajo el trance de la música y de toda la belleza sobre el escenario, siento que no puedo apagar el celular por completo. Bajo la luz de la pantalla al mínimo, me aseguro de que no tenga sonido, pero mantengo el aparato debajo de una pierna.

Contenido relacionado: Así arrancó la Miami Swin Week 2026

Esto no es solo un hábito ni mi adicción a la dopamina, es hipervigilancia. Y se siente menos como una elección que como una condición de la maternidad en la era digital. Ese es el intercambio: acceso constante a cambio de una angustia que no se detiene. Estoy a una sola notificación de enterarme de que alguien salió herido, de que algo se rompió, de que mi vida cambió para siempre. Me he convencido de que, si me pierdo algo, habré fallado como hija y como madre: como la persona responsable de mantener todo unido. 

El costo de eso es más difícil de medir, pero lo percibo en todas partes. Pasan semanas en las que no logro encontrar el espacio imaginativo que necesito para trabajar en mi próximo libro. Hay tardes en el parque en las que mi hijo se lanza por la resbaladera y, en lugar de mirarlo, tomo mi celular. No es solo que me sienta atraída por hacer scroll sin sentido —aunque sí me pasa—, sino que también estoy en alerta ante una posible emergencia. Estoy ahí, pero no del todo. Disponible, pero no presente. Y, por supuesto, los niños lo notan.

No hablamos lo suficiente de esta parte: dejar el celular no se siente como autocuidado, se siente como negligencia. 

Como madre, soy responsable de la logística de mi familia. Soy el punto de contacto, la guardiana de los horarios, la persona de quien se espera una respuesta. El celular no es solo una distracción, es el centro de control y nunca se le permite apagarse. La misma cultura que nos dice que nos desconectemos, que estemos presentes y que protejamos nuestra salud mental, es la que puso un dispositivo en mi mano y le dio la capacidad de monitorearlo y rastrearlo todo. Puedo evaluar la calidad de mi sueño REM, contar cuántos pasos he dado y saber cuánta proteína hay en mi ensalada. Puedo meditar hasta quedar aturdida con una app, o alterarme por el estado del medioambiente o del patriarcado mientras hago scroll en redes sociales.

Se ha hablado mucho sobre el uso del celular en niños pequeños, sobre lo que la luz azul le hace a los ojos de una persona de mediana edad antes de dormir, y sobre el efecto que el bombardeo constante de malas noticias y comentarios agresivos tiene en nuestra mente. Pero ¿qué pasa con el costo que esto tiene para las madres, quienes, por definición, tienen que estar localizables? Durante la gira de mi libro The motherload: episodes from the brink of motherhood, mis memorias de 2025 sobre el año de depresión posparto extrema que viví tras el nacimiento de mi primer hijo, conocí a cientos de mujeres que se acercaron a mí no solo con historias sobre sus propias experiencias posparto, sino también con un agotamiento compartido.

Hablaron de embarazo, maternidad y pérdida. Describieron la tensión silenciosa de ser el contacto de emergencia predeterminado y la expectativa de absorber la ansiedad de ese rol sin quejarse. El celular, que promete conexión y eficiencia, se ha convertido en el sistema que entrega esa responsabilidad. Lo que me impactó no fue solo el agotamiento, sino la vigilancia constante. Si eres el contacto de emergencia, ¿alguna vez puedes apagar tu celular?

Cortesía de Sarah Hoover
Cortesía de Sarah Hoover. Después del nacimiento de su primer hijo.

Una complicación adicional es que, para muchas mujeres, el celular no es solo una línea de vida: también es una fuente de trabajo. Las redes sociales han abierto formas completamente nuevas de trabajar: flexibles, autogestionadas, desde casa y, en muchos casos, construidas alrededor de las realidades de la maternidad. Las mujeres están creando negocios, dando forma a sus propias narrativas y evitando los filtros tradicionales. 

Todo eso depende de mantenerse conectadas.

El mismo dispositivo que trae las malas noticias, las llamadas de la escuela y esa ansiedad constante de baja intensidad, también es el que abre posibilidades para generar ingresos. Por eso, la solución no puede ser simplemente dejar el celular a un lado en nombre del autocuidado. No cuando el celular carga tanto con el peso de la responsabilidad como con la promesa de autonomía.

Mi solución, por ahora, es pequeña y un poco absurda. Aparto bloques de tiempo para estar con mis hijos y me obligo a seguir mi propia regla autoimpuesta: ningún celular en la habitación. Antes de empezar, envío un mensaje grupal a los adultos de mi vida para avisarles que no estaré disponible. En caso de emergencia, hay un teléfono fijo. Sí, instalé un teléfono fijo solo para eso.

MOTHERNo es un sistema perfecto. No apaga el reflejo de revisar el celular ni esa chispa de miedo de que algo esté ocurriendo sin mí. Pero durante una o dos horas, puedo salir del circuito. Puedo estar presente donde estoy. Y aunque no es una solución completa —no es la desintoxicación digital recomendada por los científicos—, sé que algo así suena bien solo en teoría. Porque para mí, dejar el celular no se siente como alivio. Se siente como un riesgo demasiado grande. (I)

Esta nota se publicó originalmente en Harper's BAZAAR Estados Unidos.