Cuatro creativos locales reflejan las actuales exigencias del consumidor ecuatoriano, que combinan sutilmente códigos estilísticos europeos con la funcionalidad y la comodidad que exige el clima tropical del país. El trabajo de diseño de Amparo Gómez, los trajes civiles largos de Andrea Vega, las prendas de tocador de Jessica Sabando y la sastrería en fibras naturales de Julio César Medina son una muestra clara de esta transformación.
El Hotel Wyndham Guayaquil, ubicado en el Puerto Santa Ana, desarrolló el ‘I Do Fest’ este 24 y 25 de mayo de 2026. El festival expuso el circuito completo de una boda actual a través de las propuestas de 40 marcas especializadas en esta celebración. Pamela Páez, gerente Comercial del hotel, coordinó la creación de este festival como la plataforma oficial para presentar sus espacios renovados, con mejor vista y capacidad operativa.
Amparo Gómez y la destreza del corte que abraza la silueta
En una era donde la inmediatez de las plataformas digitales que promueven el fast fashion amenaza con desdibujar el significado del lujo, la moda en Ecuador encuentra su trinchera en el silencio de los talleres que aún respetan los tiempos del tejido y la caída natural de la tela. La diseñadora Amparo Gómez mostró en la pasarela que el verdadero valor de un vestido de novia no reside en la opulencia del ornamento, sino en la impecable destreza del corte.
El gran hito de la velada fue, sin duda, un sutil diseño confeccionado en seda peau de soie color ivory, concebido como un tributo vivo a Carolyn Bessette-Kennedy, el eterno referente del minimalismo de los noventa. El encanto de esta pieza radica en un corte arquitectónico complejo, trabajado al bies (bias-cut) que se adapta y abraza la silueta de manera natural. Prescinde de costuras rígidas o cremalleras evidentes para fundirse de manera orgánica. Está adornado sutilmente con rosas y pétalos bordados a mano en el escote. “Este traje personifica la máxima de que menos es más”, sostuvo, reiterando que la simplicidad es, en realidad, la forma más elevada de la sofisticación.
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Para las llamadas “segundas nupcias" o celebraciones de formato nocturno contemporáneo, Gómez propone una narrativa completamente distinta: un vestido en tonalidades beige y champaña, libre de las ataduras del velo tradicional. Inspirado en las diosas de la antigüedad clásica, la pieza es un ejercicio de texturas superpuestas donde coexisten hasta cinco tipos de telas, incluyendo tules y sedas fluidas. “No me amoldo a la idiosincrasia local de querer que todas las novias se vean igualitas", mencionó Gómez, quien tiene una trayectoria de más de dos décadas.
Andrea Vega rompe esquemas con el traje largo para el matrimonio civil
Si la maestría de Amparo Gómez reside en el respeto por el oficio clásico, la propuesta de su hija, Andrea Vega, es el puente perfecto hacia el futuro del estilismo nupcial en Guayaquil. Formada en Buenos Aires, donde pulió su ojo en trend forecasting y coolhunting, Vega entiende que la novia contemporánea ya no busca un traje protocolario, sino una extensión auténtica de su propia identidad.
La colección de Andrea Vega redefine el concepto de la ceremonia civil, adaptándose a celebraciones que comienzan bajo el sol de la tarde y se extienden con naturalidad hasta la noche. En su paleta cromática, el blanco puro queda oficialmente vetado. “El blanco óptico ya no tiene lugar en el armario de una novia contemporánea. Para mí, el lenguaje nupcial se escribe en Ivory y blanco perlado; tonos que aportan una calidez orgánica y enriquecen la silueta”. Sus piezas estrella son un despliegue de texturas donde conviven el brocado, la randa y las faldas de corte campana o silueta sirena. Lejos de la saturación, Vega apuesta por lo que la industria define hoy como quiet luxury, la combinación sutil de hasta cuatro texturas distintas en una misma creación, pero equilibradas de forma tan pulcra que el resultado es de una elegancia minimalista.
Jessica Sabando y el fenómeno del ‘prevestido’ de novia
La preparación previa se consolida como un momento clave dentro del cronograma. Jessica Sabando, creadora de Batas Kymono by DG, enfoca su marca en este nicho con piezas pensadas para las horas de maquillaje y peinado junto a las damas de honor. Confecciona prendas estructuradas que se retiran con facilidad sin alterar el arreglo estilístico.
La última gran genialidad de la marca es un accesorio aparentemente minúsculo que ha cobrado vida propia: el scrunchie de satén a juego. Concebido originalmente como un obsequio de la casa, este moño de tela es el nuevo souvenir de culto en los matrimonios de la costa ecuatoriana. Soluciones con estilo que demuestran que, en el universo nupcial contemporáneo, la sofisticación se mide desde la primera costura de la mañana hasta el último baile de la madrugada.
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Maquilladora profesional de oficio, Sabando descubrió este nicho de forma intuitiva en 2019. Sin embargo, fue la resiliencia de la pandemia la que transformó su firma en un fenómeno de ventas. “Cuando las bodas se redujeron a su mínima expresión, la verdadera fiesta se trasladó a la previa, a las pijamadas íntimas con las damas de honor. Las novias entendieron que el recuerdo empezaba ahí”. Hoy opera en un espacio cargado de mística familiar y ha comercializado más de 10.000 batas personalizadas con nombres, frases o fechas, que quedan para el recuerdo.
“La bata es un must que resguarda el peinado y el maquillaje, pero también es el primer lienzo fotográfico de la boda”.
Julio César Medina y la conquista del color en el altar
El universo nupcial contemporáneo estaría incompleto sin analizar la profunda transformación que experimenta el caballero ecuatoriano. Por décadas, el traje masculino en el contexto local sufrió una suerte de estandarización grisácea. Sin embargo, el asesor de imagen y sastre guayaquileño Julio César Medina propone una mirada crítica y audaz para recuperar la época de oro del vestir a medida.
“El novio ya no se casa de traje negro, no teme desafiar lo establecido y se vuelca hacia el color”.
Su propuesta incluyó chaquetas deportivas con patrones de cuadros en tonos conchevino y celeste, además de trajes de lino texturizado. Medina desmitifica la idea de que la arruga natural del lino es sinónimo de baja calidad; al contrario, esa textura orgánica constituye su principal sello de exclusividad. Esta preferencia responde a un consumidor masculino que prioriza la comodidad y el valor del diseño a medida, que transita del clásico azul o gris hacia tonos cremas o verdes.
Formado en Argentina bajo la escuela italiana, trabaja la sastrería tradicional confeccionada con dedal. Su enfoque prioriza el uso de hilados importados. Además, posee un ojo clínico para diagnosticar la evolución de la moda masculina en el país. “Antes de la crisis de finales de los noventa, el ecuatoriano vestía de manera impecable. La dolarización trajo facilidades, pero también la cultura del 'outlet' y la producción en serie por tallas, lo que casi extingue el oficio del auténtico sastre que cose con dedal”. Sin embargo, el escenario actual revela un fenómeno de autovaloración y es que “el hombre ya no busca alquilar un traje genérico, sino que exige exclusividad y asesoría”. (I)