Annabella Azín

Los jardines de su casa están perfumados con un árbol de suche. El aroma que desprende la traslada a una de las mejores épocas de su vida, aquella que transcurría entre pupitres, madres asuncionistas y la complicidad de sus amigas. Era una estudiante destacada y por eso recuerda el colegio con cariño. Annabella Azín Arce vivió gran parte de su vida con su abuela materna en Guayaquil. Su padre, nacido en Venecia, Italia, fue un productor de televisión que aportó diversión a su infancia. Recuerda visitarlo en su trabajo y conocer de cerca ese mundo que apenas estaba naciendo.

Sus padres vivieron en Centroamérica y en Europa, mientras ella y sus hermanas, ya adolescentes, se quedaron con su abuela, quien era la “matriarca” de la casa tras el fallecimiento de su esposo. Con su figura y la de su tía abuela, Annabella fue construyendo esos recuerdos y costumbres que la acompañan hasta hoy. “Todos los domingos, la casa se llenaba de ‘viejitas’ que vivían solas y compartían sus ocurrencias con nosotras. Ahora hago lo mismo, no solo invito a mi familia, sino a otras personas que no me pueden devolver la invitación. Esas ganas de compartir son las mismas que tenía mi abuela”. 

La responsabilidad de su cuidado recaía en estos dos personajes, que sin duda la marcaron. Cada domingo, a las 07:00, estaba sentada en la iglesia, en misa, lista para pasar por el cementerio dejando flores a un sinfín de parientes. Su tía abuela, una señora de unos 60 años, soltera, le inculcó la fe católica y fue su referente. Tenía un emprendimiento de bufés para mantenerse y Annabella confiesa que fue su norte. 

En medio de la entrevista –gracias a su relato– me imaginaba a una joven, corriendo por los pasillos, jugando con sus hermanas, aprendiendo sobre cosas de mayores, al puro estilo de los cuentos de Isabel Allende

Todo Ecuador –o al menos gran parte– podría decir que conoce a esta mujer que ha estado en el ojo público por muchas décadas. Yo la recuerdo subida en una camioneta, acompañada por su esposo, lanzando camisetas. Seguramente, yo no tenía ni 10 años. Su caravana política pasaba por la esquina de mi casa. Los pitos, los gritos y esa canción icónica que acompañaba a su partido están grabados en mi mente. Cuando llegamos a su vivienda, en Samborondón, para realizar este reportaje, existía esa sensación de que la conocía desde siempre, aunque fue la primera vez que hablamos en persona. ¡Y pasa! Es uno de los rostros que forma parte de la memoria colectiva de nuestro país.

¿Quién no conoce a la mamá del actual presidente? ¿Quién no conoce a la esposa de uno de los hombres más ricos de Ecuador? ¿Quién no conoce a la asambleísta más votada de las últimas elecciones? Solo es cuestión de abrir Google o preguntar a ChatGPT para tener una respuesta: “Annabella Emma Azín Arce nació el 30 de mayo de 1961 en Guayaquil. Está casada con el empresario y político Álvaro Noboa y es madre de Daniel Noboa, presidente de Ecuador”. ¿Eso es realmente conocer?

Anabella Azín
Anabella Azín. Fotografía: Roberto Pacurucu

Anabella Azín
Anabella Azín. Fotografía: Roberto Pacurucu

Cuando estaba en quinto curso, Annabella hacía labor social en el área de cardiología del hospital de niños Alejandro Mann y, cuando llegó el momento de hacer la monografía para graduarse, decidió investigar sobre la gastroenteritis infantil. Esas visitas al hospital hicieron que se enamorara de la vida médica. Pudo haber sido abogada, porque le gustaban la historia y la escritura, pero la biología se convirtió en su materia favorita y las ciencias inclinaron la balanza. Salió del colegio en enero y en abril comenzó su etapa universitaria. En mayo de 1987 terminó su labor rural, en la Cooperativa Estrella de Belén, al norte de la provincia del Guayas, y en junio se casó.

Con su barriga de embarazada hizo unas pasantías en tres hospitales de Miami, Estados Unidos. Dio a luz allá, a su primer hijo, y recuerda haber disfrutado mucho de esa etapa. En ese entonces, el plan era ejercer su profesión. Sin embargo, las “cosas de la vida” hicieron que retomara ese gusto por el ámbito social y se involucrara en la fundación que creó su esposo en 1981.

“Conocí a Álvaro en una fiesta en el año 84 y fuimos novios dos años y medio. No era su amiga porque no era de mi generación (me lleva 11 años de diferencia). Se acercó a mi mesa y se presentó. Yo lo veía como un señor, había escuchado mucho de él, en la mitología urbana. Me dijo: ‘Ah, tú te llamas Annabella, como Annabel Lee. ¿Has leído a Edgar Allan Poe?’. Yo le contesté que no y me preguntó por la dirección de mi casa porque quería regalarme un libro. Nunca me pidió el teléfono, al día siguiente apareció en mi puerta, con el texto en la mano. Comenzamos a salir, pasaron los años, me propuso matrimonio y nos casamos”. Annabella recuerda que a los 15 años tuvo su primer enamorado, con quien se tomaba de la mano. A los 20 tuvo una relación larga con un compañero de la universidad. “Ahora las llaman ‘relaciones tóxicas’, en esa época eran ‘truculentas’”, comenta entre risas.

Anabella Azín
Anabella Azín. Fotografía: Roberto Pacurucu

A los 26 años fue mamá. La maternidad siempre estuvo en sus planes y tuvo cuatro hijos (Daniel, Carla, Juan Sebastián y Santiago). Ella pensaba que no quería ser madre añosa, mientras que su esposo solo quería uno. Se demoraron cuatro años en tener al segundo. En ese tiempo, nuestra portada seguía activa, se involucró por un tiempo en revistas científicas. Luego aparecieron las brigadas médicas de su esposo, como una estrategia política, que se convirtieron en su vocación elegida.

Ella confiesa que nunca prestó mucha atención a la política, pero estaba consciente de que siempre le gustó a su pareja. Sus amigos eran políticos, y ella escuchaba cómo le ofrecían cargos y partidos. No era algo que la inquietaba. Él se iba vinculando cada vez más y ella decidió apoyarlo desde sus brigadas. Fue candidato a la presidencia cinco veces y en dos ocasiones Annabella fue su binomio. “Me decía: ‘Quién más que tú podría ser mi vicepresidenta, nunca me vas a traicionar’”.

Ese “trabajo” le pasó factura y –a sus 64 años– piensa en las cosas que perdió y que le causan remordimientos, sobre todo en su maternidad. “Mis hijos crearon en mí una ternura absoluta y me sobrepreocupaba por todo. Ellos me enseñaron que tenía que velar por su bienestar y sacaron lo mejor de mí”. En cada uno encuentra algún rasgo de su propia personalidad. “Yo era una chica con alma adulta y Daniel era igual porque fue hijo único por algún tiempo. Es introspectivo –como yo– no dice todo lo que está pensando. Mi hijo Juan Sebastián es todo corazón. Ahora soy más cerebral, antes era como él. Es emotivo y más sensible. Carla heredó mi amor por los deportes y las ganas de emprender. Santiago, que llegó a mis 39 años, en medio de campañas, tuvo otra infancia, ya éramos más adultos, pero es un chico que sabe lo que quiere”, explica Annabella, enfatizando que eso no heredó de ella.

Anabella Azín
Anabella Azín. Fotografía: Roberto Pacurucu

A través de los años, el aprendizaje no faltó. Su personalidad ha cambiado gracias a experiencias, buenas y malas. Asimismo, comenta que uno se desvía mucho porque no tiene un enfoque claro. Ella lo encontró recién a los 40 años, cuando comenzó a ver otras prioridades. “Le decía: ‘Álvaro, ya has estado en política, ya es esto, ya es lo otro… tomémoslo más suave, dediquémonos a los niños’. Nunca es fácil dejar algo que vas construyendo y de lo que poco a poco ves resultados. Por eso, él siguió en este camino y yo lo acompañé, pensé que –desde donde lo estaba haciendo– era muy importante y necesario”.

Hoy, con la certeza que dan las “canas”, asegura que en ese momento nunca se dio cuenta de que algo faltaba, pues tenía tantas cosas en la cabeza. Después, comprendió (no tan tarde) de que les hacía falta a sus hijos y ellos se lo decían. Sintió culpa y la manejó pidiendo perdón. “Por la juventud, por el entusiasmo, por querer servir, por acompañar al esposo… dejé a un lado esos momentos en que debí haber estado y son irremplazables”. Para no perderse en tanto rol, con la madurez de los años, trata de pasar el mayor tiempo posible con ellos, viajan juntos y disfruta de sus ocho nietos. 

“Les estoy devolviendo a ellos la parte del tiempo que no les di a sus padres. Es mi forma de compensar esas ausencias”.

Al ser una de las familias más escrutadas de todo el país, la vida no es fácil y Annabella lo sabe. Su casa, llena de seguridad, es un reflejo de eso. Durante toda la sesión de fotos, su guardaespaldas, con un arma en la cintura, no se separó de ella.

Su objetivo, en la actualidad, es proteger a su familia, que –en sus propias palabras– es igual a cualquier otra. “Selecciono mis batallas. No me expongo públicamente e intervengo lo necesario. Trato de ser más privada en mis cosas, escojo mejor mi círculo y uso con cautela las redes sociales”.

Se encuentra en una edad fértil para descubrir cosas nuevas, por una combinación de madurez, libertad y reconfiguración. Ya ha superado las presiones externas de la juventud, la validación social, la crianza de los hijos y las expectativas como pareja. Existe en sus palabras un mayor autoconocimiento, menos culpa y mayor aceptación de su cuerpo y de su propia historia. En estas más de seis décadas, Annabella afinó el sentido de lo esencial y redefinió lo que significa “envejecer”. Una combinación de experiencia, sabiduría y curiosidad.

Anabella Azín
Anabella Azín. Fotografía: Roberto Pacurucu

Anabella Azín
Anabella Azín. Fotografía: Roberto Pacurucu

Su esposo tiene una enfermedad neurológica y ella asumió el rol de cabeza del hogar. No solo debe tomar las decisiones, sino velar por él. “Acordamos que nos íbamos a cuidar mutuamente y él me dijo que se sentía seguro porque –como médica– sabía lo que tenía que hacer”. En varias ocasiones, durante la sesión fotográfica, vi recorrer a su esposo los jardines y a las 15:45 paramos para que almuercen juntos. Una rutina diaria que solo se ve interrumpida por las sesiones del pleno, cuando debe asistir a la Asamblea Nacional. En la misma casa, llena de doctores y de enfermeros, en una suite externa, vive su madre, a quien también cuida después de un accidente cerebrovascular hace cuatro años.

“Todo pasó tan rápido y al mismo tiempo que no pude sufrir ni preocuparme. Tuve que cambiar mi vida, dedicarme a tomar decisiones, pasar más en la ciudad y, cuando ya transcurren los meses, viene el susto. Al final, ya lo hice y solo debo continuar haciéndolo. Soy muy creyente y pienso que Dios no le da a una persona una carga que no puede llevar”. Reorganizó su vida con momentos para compartir con su esposo, sobre todo en aquellos en los que él la necesita. En estas nuevas dinámicas familiares, sus hijos asumieron la responsabilidad de llevar las empresas.

De la bondad humana recupera las fuerzas. Esa forma de pensar no la ha defraudado. En su camino se encontró con más gente buena que mala, pero considera que “hay que hacer las cosas bien, sin mirar a quién”. Está convencida de que todo regresa en esta misma vida. “Aprendí a valorar a cualquier ser humano y a encontrar interesante su historia. Eso es una bendición, que agradezco todos los días”.

Con un rostro que no engaña al tiempo y una vitalidad que nace del ejercicio diario y del cuidado, Annabella asegura que aún tiene muchas cosas por descubrir. Quiere aprender a escribir. Quiere visitar esos lugares que aún le generan ilusión. Quiere retomar ciertas competencias como triatlones y maratones. Quiere aprender otro idioma. Quiere aprender a bailar tango. Quiere tener más tiempo para cocinar y hacer unas 20 recetas perfectas… ¡La lista es larga!

Anabella Azín
Anabella Azín. Fotografía: Roberto Pacurucu

No niega que tiene ciertos temores; por ejemplo, se olvida de las cosas. Un problema que viene con la edad, por el estrés o por la carga mental. “Uno comienza a pensar en cuánto tiempo le queda y qué va a hacer”, asegura Annabella. Ya no puedes pensar en las cosas, sino que debes hacerlas. Me cuestiono si veré a mis nietos crecer, graduarse de la universidad, y solo trato de aprovechar más el día a día. En este nuevo proceso descubrió la felicidad en la soledad y en el silencio, acompañado de la meditación y la contemplación. 

“Estoy más atenta a los detalles y me detengo a ver los pájaros, los árboles, las carreteras…”. 

Accedió a darnos este espacio porque considera que es valioso que su historia sea contada por su boca. Le pregunté qué no saben nuestros lectores sobre ella y –entre risas– me dijo: “Que soy simpática. Me gustan las cosas que le gustan a todo el mundo: recorrer Ecuador con mi familia, la comida típica, rezar el rosario… mi vida no es muy alejada de la de otras mujeres. He sido bendecida y tengo privilegios, aun así, me conecto con personas que no los tienen y me siento cómoda”. 

Entre las preocupaciones por los “achaques” y por las inquietudes estéticas, esta guayaquileña confiesa que le angustia más la seguridad de su hijo mayor y la situación de Ecuador. Por pedido de él, volvió a las papeletas y le gusta la idea de apoyarlo. No sabe, realmente, hasta cuándo va a participar en política –no será toda la vida–, pero aún tiene fuerza, energía y ganas de servir. 

No es posible detener el envejecimiento. La diferencia está en llevarlo con gracia, con buena alimentación, con ejercicio, con tratamientos no invasivos, utilizando productos naturales y, sobre todo, aceptando que va a llegar. “Tiene que encontrarte con una vida llena por dentro y con una familia que sea tu pilar de apoyo”. 

En fin, entre sus palabras favoritas está la paz, que vive entre el deporte y la oración, donde el cuerpo se mueve y el alma descansa. La esperanza no se queda atrás, porque la juventud –dice– no está en los años, sino en el compromiso con la vida. Le ilusiona ver crecer a sus nietos y encontrar en ellos la misma fe que la ha sostenido siempre, esa fe que la impulsa a salir, a conversar con personas inteligentes y espirituales, a creer en lo invisible. 

Se define ecuatoriana y sencilla: amante de las cosas simples, de la buena comida, de Italia y de su familia. Disfruta la ropa que dura, comprar en temporada de descuentos y los días que se viven con ligereza. Su rutina es su refugio: ocho horas de sueño, cuatro litros de agua, golf, bicicleta, gimnasio, trabajo y mucho bloqueador. Cuida su cuerpo con la misma devoción con que resguarda su alma. Les teme a los terremotos, pero ama la tierra. Adora a los animales y en ellos encuentra felicidad pura. Tango, su perro, lo entendió sin palabras: tomó la pelota y se sentó a su lado para la foto. (I)

Esta nota se publicó en la edición de Diciembre de Harper's BAZAAR Ecuador. 

Créditos:

Personaje: Anabella Azín; fotografía: Roberto Pacurucu; editora en jefe: Daniela Segovia; directora creativa: Cristina Maag; estilismo y producción: Estefanía Córdova; maquillaje: Alejandra la Torre; peinado: Nelyeb Suarez; diseñadores: Aralia, Teresa Valencia, Diana Erazo, Ranti, Palo de Mayo, Poma Rosa, Sensi Studio, joyas y accesorios: Daniela Ortiz Joyas, Carolina Valencia, Guillermo Vázquez, Esther Macchiavello; asistente de fotografía e iluminación: Jorge Gaibor; postproducción: Casadusk; asistente de estilismo: Ricardo Albán; multimedia: Emilia Palacios y Belén Proaño.

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