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Todas hemos pasado por una maratón de trabajo, una noche sin dormir y una semana en la que parece que Mercurio retrógrado no da tregua. Justo cuando sientes que estás al límite, aparece un grano, como si fuera parte del plan.

El estrés es inevitable y, aunque puede manifestarse de muchas maneras, la piel es, desafortunadamente, una de las primeras en evidenciar sus efectos. 

“Como trabajo en la ciudad de Nueva York, suelo bromear diciendo que el estado natural de mis clientes es estar estresados. Rara vez veo a alguien cuya piel no esté siendo afectada de alguna manera por su sistema nervioso”, comenta Elizabeth Grace Hand, esteticista de celebridades y fundadora de Ställe Studios. 

Desde un aumento de la hinchazón hasta piel seca y deshidratada, e incluso brotes en zonas poco habituales —como la mandíbula o el mentón—, el estrés puede manifestarse en el rostro de múltiples maneras.

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Aunque reducir el estrés no siempre es sencillo, sí existen diversas estrategias para controlar sus efectos sobre la piel. A continuación, una guía de emergencia para tratar los brotes cutáneos provocados por el estrés.

¿Qué le ocurre a la piel cuando nos estresamos?

El estrés está directamente relacionado con el aumento de los niveles de cortisol, un término que seguramente has escuchado con frecuencia, ya que se ha convertido en uno de los conceptos más populares dentro del mundo del bienestar. Sin embargo, el cortisol es mucho más que una palabra de moda: se conoce como la hormona del estrés.

“Cuando estamos estresados, el cortisol incrementa la producción de grasa, lo que puede contribuir a la obstrucción de los poros y la aparición de brotes. Al mismo tiempo, el estrés debilita la barrera cutánea, haciendo que la piel sea más propensa a la deshidratación, el enrojecimiento, la irritación y la inflamación”, explica Hand. Es lo que en TikTok suele conocerse como "cortisol face".

Sofie Pavitt, esteticista neoyorquina especializada en piel con tendencia al acné y fundadora de Sofie Pavitt Face, señala que la piel reacciona en cuanto aumentan los niveles de cortisol. “Cuando estos se elevan, las glándulas sebáceas producen más grasa, lo que obstruye los poros y provoca brotes, especialmente en la mandíbula y el mentón”.

¿Cómo afecta el estrés a la piel y al rostro?

Más allá de un molesto brote, el estrés puede alterar la forma del rostro, el tono y la textura de la piel, entre otros aspectos. Cuando aparece, la barrera cutánea se vuelve más vulnerable a diversos problemas, desde sequedad hasta una mayor sensibilidad.

“Con una barrera cutánea debilitada, la piel pierde humedad con mayor rapidez y se vuelve más reactiva e irritable”, explica Hand. Esto también significa que afecciones como la psoriasis, el eccema o la rosácea pueden intensificarse.

Uno de los efectos más importantes del estrés, según la especialista, es la disminución de la capacidad natural de recuperación de la piel. “Simplemente, la piel no se recupera con la misma eficacia cuando hay estrés. Se vuelve menos resistente, pierde luminosidad con mayor rapidez, adquiere una textura más áspera, la inflamación permanece durante más tiempo y ya no recupera su equilibrio con la misma facilidad que cuando la persona ha descansado y su sistema nervioso está regulado”.

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Además de estos efectos visibles, la forma del rostro puede verse afectada, aunque de manera temporal. Es común notar mayor hinchazón durante los días más complicados, especialmente alrededor de los ojos y la mandíbula.

“El hábito de apretar la mandíbula o rechinar los dientes debido a la tensión puede aumentar el tamaño del músculo masetero, haciendo que la mandíbula luzca más cuadrada. Asimismo, fruncir constantemente el ceño puede favorecer la aparición de arrugas estáticas”, explica Pavitt.

Aunque el estrés no modifica la estructura ósea del rostro, Hand señala que la tensión muscular constante puede comprimir los tejidos faciales y aportar una sensación de pesadez que, con el tiempo, puede resultar difícil de revertir.

¿Cómo proteger la piel?

Aunque no siempre es posible eliminar el estrés, sí existen formas de controlar sus efectos sobre la piel.

Cuando aparecen brotes, tanto Pavitt como Hand coinciden en una recomendación fundamental: no entrar en pánico ni saturar la piel con demasiados productos agresivos.

“Siempre les digo a mis clientes que no manipulen los granos, porque eso retrasa la cicatrización y aumenta el riesgo de cicatrices”, señala Pavitt.

La especialista recomienda mantener una rutina sencilla con un limpiador suave, un tratamiento localizado con ácido mandélico o peróxido de benzoilo aplicado directamente sobre la imperfección y utilizar herramientas frías o incluso hielo para disminuir la inflamación y el enrojecimiento.

Los ingredientes cobran especial importancia cuando la piel está bajo los efectos del estrés. Hand aconseja buscar fórmulas con ingredientes calmantes, como la miel de manuka y la avena coloidal, o activos regeneradores que ayuden a equilibrar la barrera cutánea y el microbioma.

Para reducir la hinchazón y favorecer el drenaje de líquidos, recomienda recurrir a herramientas de masaje facial, desde dispositivos de microcorriente —como el modelo seis en uno de Medicube, uno de sus favoritos— hasta cepillos para drenaje linfático o, simplemente, las manos para realizar un masaje manual.

Lo más importante, sin embargo, es incorporar pequeños rituales que ayuden a regular el sistema nervioso.

“Estoy convencida de que reducir el estrés en la piel comienza por reducir el estrés en el cuerpo”, afirma Hand. Ya sea tomando una taza de té relajante antes de dormir o dedicando unos minutos a estimular el nervio vago, tu piel agradecerá ese tiempo extra destinado a disminuir el estrés general. (I) 

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CORTESÍA DE LAS MARCAS.
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Nota originalmente publicada en Harper's BAZAAR Estados Unidos.