Podría iniciar contándoles de las personas que se han hospedado en este hotel. Desde ministros, princesas árabes y cantantes internacionales. La semana después de nuestra estancia, el lugar iba a estar totalmente reservado por una sola persona. Me explicaban que es una práctica habitual entre los famosos y que, hasta ese momento, nadie sabía de quién se trataba. Pero, en este texto, prefiero contarles sobre lo que, verdaderamente, hace de este hotel una experiencia única.
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Illa, que significa luz sagrada y buena aventura en quichua, está ubicado en el Centro Histórico de Quito, donde se alzan iglesias barrocas y museos. Su hogar es el barrio San Marcos, un espacio bohemio fundado en 1580. Estas cuadras son conocidas por su arquitectura neoclásica republicana, sus talleres de artistas, sus cafeterías y sus fachadas de colores vivos. En la calle Junín, una puerta amarilla de más de dos metros invita a entrar. Esta casa es distinta, eso lo supo María Soledad Perkins, carchense de 46 años, cuando la vio por primera vez años atrás.
Su historia está llena de coincidencias, o “diosidencias”, como ella las llama entre risas. Al llegar, sentí que estaba ingresando, literalmente, a una casa. Hay que timbrar. Me recibieron las dos hijas de María Soledad —Emilia y Celeste— además de una persona en la recepción, que nos ofreció toallas húmedas para limpiarnos las manos. María Soledad nos invitó a conocer el barrio, donde comenzó su historia. Hace 16 años, recorría sus calles con su esposo Marcel. Para ese momento, ambos se dedicaban a los cruceros turísticos. Aunque les iba bien, María Soledad sentía una necesidad interior de “tener algo en tierra, que no se hunda”. Aquella visita bastó para enamorarse del barrio y comenzaron a frecuentarlo con más regularidad. Tres años después, al salir de la iglesia, una mujer se les acercó para ofrecerles una casa.
“Era el punto rojo del sector. Todo el mundo quería que esa casa se venda o que desaparezca”, me explica durante nuestra caminata, en la que también saluda a varios vecinos. Aquí todos se conocen, se llaman por su nombre y nunca falta un abrazo. La casa que le ofrecían a María Soledad se había convertido en un conventillo —una vivienda colectiva urbana donde se alquilan cuartos a varias personas—, lo que había provocado hacinamiento. La familia hizo clic con la dueña del lugar, quien luego decidió vendérsela.
Pasaron alrededor de seis años. Tres para obtener los permisos municipales y otros tres para adaptar el lugar. Los retos eran innumerables: el deterioro de la casa, movilizar a los inquilinos y encontrar un arquitecto que conecte con la visión que tenían. Oficialmente inauguraron en 2017 y todo el proceso ha significado una inversión de alrededor de US$ 7 millones. A diferencia de otras casas del Centro Histórico, aquí decidieron no techar el patio. Por esta razón, Illa recibe a sus huéspedes con unas gradas que te llevan a un espejo de agua al que llamaron Permanecer y que abraza a un árbol que se levanta hasta lo alto.
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Para María Soledad, ese patio es una especie de ritual silencioso: un lugar que “limpia” mientras se entra y que, al atardecer, refleja toda la casa. La arquitectura describe a la ciudad por capas. Cada piso está inspirado en un periodo histórico. En la planta baja está el colonial, es el más antiguo. Tiene madera, piedra y columnas que tuvieron que descubrir debajo de capas de cemento y paredes rosadas. Las puertas, rescatadas de la iglesia de los agustinos, llegaron como piezas viejas que iban a desecharse y fueron ajustadas por el carpintero hasta que cada una encontró su sitio. Más arriba aparecen las galerías republicanas, sostenidas por columnas de acero traídas desde Francia, una de las pocas que existen en Quito. La última parte, ya diseñada por ellos, buscaba algo tan sencillo como esencial: aire, luz y una vista más amplia de la casa.
Mientras seguíamos escuchando la historia, nos dieron un cóctel de bienvenida. En este lugar, nada parece estar puesto al azar. Las puertas cuentan la historia de Quito y, entre esos símbolos, aparecen también rastros íntimos: el caballito de bautizo de Matías (el segundo hijo de María Sol), los aportes de cada uno de los hermanos, elementos de los abuelos y millares de objetos que trajeron de sus viajes y que encontraron su hogar en el hotel. Mientras lo recorríamos, veíamos el patio interno, la sala de spa, los pasillos, la piscina: todo respondía a la historia de esta familia.
Actualmente, Illa se entiende como un conjunto de casas vecinas con nombres y personalidades propias: la mansión, la imprenta y ArtDeco. Entre todas suman varias habitaciones —nueve en la mansión, dos en la imprenta y siete en la última— y cada una respeta la historia de su propietario original, desde las alfombras hechas a mano hasta los muebles diseñados para ese espacio. La nueva sección ArtDeco se financió íntegramente con los ingresos del hotel, como una especie de extensión natural.
Nuestro recorrido terminó en una de sus terrazas, donde ahora se aloja su nueva propuesta culinaria llamada December. Desde ahí, la ciudad se ve en 360 grados: el Panecillo, las lomas, las cúpulas… Aquí conocimos a uno de los muchos artesanos que se encuentran en el hotel. Jhery Reinoso nos recibió con un dibujo en acuarela de la vista que teníamos: la loma del Panecillo. Después de pintar con él, nos sentamos con la familia a conversar y a disfrutar de los platos de Juan Carlos Donoso, chef dueño de los restaurantes que están en el hotel. Su propuesta mezcla cocina ecuatoriana con técnicas europeas, pensada para acompañar una tarde larga en la terraza.
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Entre gnocchis, ensaladas, ceviches, empanadas y pescados, la conversación fluía. Cada uno de ellos se siente parte del hotel: todos han dado algo, desde conocimiento hasta objetos personales, casi como si fueran tesoros, lo que da ese valor emocional que no se puede copiar.
La propia María Sol repite que todo está en los detalles pequeños.
Terminado ese momento, nos embarcamos en otra pequeña aventura: salimos del hotel con parte del equipo y una pareja de extranjeros para visitar la casa de la artista Sonia Rosales, a pocas cuadras de Illa. Un espacio adaptado como taller y sala de exposición, que guarda la memoria de la primera dueña del inmueble y la historia de su propio padre. Sonia, que estudió en China técnicas de tinta y acuarela, pinta principalmente mujeres: sus sueños, sus deseos, sus miedos, e incluso esas escenas que rozan lo sobrenatural, como el día en que asegura haberse encontrado con el fantasma de la dueña original de la casa.
Salimos de allí con un abrazo y la sensación de que el barrio entero funciona como una extensión del hotel.
Mi habitación tenía vista directa al Panecillo. Desde la cama podía quedarme acostada viendo cómo las lomas cobraban vida cuando se encendían las luces. Sobre una pequeña barra me esperaba una selección de dulces ecuatorianos para probar el país a través del azúcar; y un baño tipo spa con una tina antigua que se encontró durante el proceso de restauración. Todo estaba pensado para que, más que dormir en un hotel, se sienta como una experiencia íntima y personal.
En la casona principal, Inés Restaurant rinde homenaje a la cocina ecuatoriana. Desde la terraza, el rooftop bar suma otra capa a esta vivencia con cócteles cuidados. En la mañana este lugar —que tiene vista al Panecillo— abre como The Egg y en la noche como Nest. Bajo tierra, la wine cellar funciona como un pequeño refugio para quienes buscan probar vinos con calma.
Una de las comidas que más disfruté fue un pescado brujo de las Islas Galápagos, acompañado de un risotto de coco garrapiñado y sal prieta; todo sobre una salsa verde de chillangua, una planta de la costa ecuatoriana. De postre, un cake relleno de chocolate al 70 %, con una base de polvo de cacao y un sorbete de frutos rojos que cerró aquella cena con frescura.
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Una de las cosas más inesperadas fue una experiencia sensorial que llegó a mi puerta. Un pequeño ritual de belleza nocturno inspirado en lo que hacían las abuelas: un skincare sencillo con agua mineral, hielo de este mismo material y agua de rosas con aceites esenciales.
En la mañana siguiente, en The Egg disfruté de un desayuno tipo buffet. Escogí la cazuela costeña: un plato con pimientos, cebolla, ajo, comino, huevos, perejil, patacones, salchichas y empanadas. Ahí me encontré nuevamente con María Soledad, quien comía entre los otros huéspedes, como si estuvieran en su casa.
Bajé a mi cuarto para organizar mi equipaje y, luego, como si fuera otra de esas “diosidencias” de las que habla la fundadora, encontré a Olguita Guzhnay, una artesana reconocida por su trabajo con paja toquilla. Estaba sentada cerca de la recepción, me contó de su vida y cómo funciona el tejido. Me despedí, me acompañaron a la puerta y recorrí nuevamente ese espejo de agua que llama la atención de manera magnética.
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El proyecto trabaja con alrededor de 40 familias de artesanos y productores; y desde el inicio encontró el apoyo de los vecinos. Puede que esta casa patrimonial se haya transformado en un hotel de lujo, pero hay algo que no cambió. Entre premios, diseño y nuevas formas de habitarla, sigue sintiéndose como lo que siempre fue: un hogar. (I)