Turismo local

Así se duerme dentro de una cueva en Quito

Una cueva tallada a mano durante décadas se transforma en un refugio de lujo en la Capital.

Por Emilia Palacios Mosquera

Fotografía: Daniel Queirolo. — Fotografía: Daniel Queirolo.

Nuestro camino hacia la Hacienda Las Cuevas empezó en la ciudad, pero enseguida dejó atrás los edificios altos, el bullicio del tráfico y las bocinas de los carros. A medida que avanzábamos, Quito se iba disolviendo en el retrovisor y el ruido se transformaba en un silencio distinto. Uno que no está vacío, sino acompañado por el crujir de las ramas, el viento entre los árboles y el sonido lejano de los animales.

Este refugio está en Pifo, una parroquia rural del Distrito Metropolitano, y llegar hasta aquí se siente como entrar en un camino secreto. La vía se hace cada vez más angosta, enmarcada por árboles más altos y troncos más gruesos, como si el bosque mismo fuera delimitando el sendero hacia un lugar escondido. Patricio, quien me ayudó con mi movilización hacia el lugar, se asombraba con cada tramo del recorrido. En un momento bajó el vidrio de mi ventana y me dijo: “Aproveche, estamos respirando aire puro”.

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La Hacienda Las Cuevas te sorprende antes de ingresar a sus instalaciones. Si conoces los mundos de J. R. R. Tolkien, probablemente piensas que alguien trajo ese universo mágico al territorio ecuatoriano. Esta hacienda no es lo que uno espera cuando escucha la unión de un hotel con una cueva, no es algo simplemente temático. Reconocido por sus dueños como un ecolodge, este espacio es, literalmente, un hotel tallado en una loma, excavado dentro de la montaña.

Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo.

A primera vista ves una pequeña laguna y, detrás, el lugar que parece levantarse de la tierra. En la locación destaca el gris que se asemeja a la piedra, que juega con los colores vibrantes de las buganvillas que trepan por todo el lugar. Una gran puerta de madera marca la entrada y al cruzarla aparece la historia del lugar contada a través de palas, picos y herramientas que se usaron para construirlo y que están colgadas en el techo. Este hotel, que hoy cuenta con ocho habitaciones (entre matrimoniales, triples y cuádruples), jacuzzi, balcones, terraza y otras comodidades, no siempre fue así. En algún momento fue el sueño y el hogar de Álvaro Bustamante Cárdenas.

Fotografía: Daniel Queirolo.

Durante mi estadía, todas las personas tienen alguna historia sobre él. Poco a poco se ha convertido en una leyenda: una figura rodeada de misticismo y anécdotas que suenan a ficción, pero se repiten en muchas voces (como aquella de que le gustaba dormir en un ataúd). Cuando llegué pude conversar con Simón Bustamante —su sobrino nieto y próximo administrador del lugar— y con Joaquín Ponce, administrador saliente. Con sus testimonios y con los objetos que permanecen (fotografías, maletas, retratos de Álvaro con el pelo negro y lentes), la persona que visita el lugar termina armando una idea de quién fue este quiteño. 

Fotografía: Daniel Queirolo.

Nació en 1923 y tuvo una historia construida en base a decisiones radicales. Era ingeniero civil, viajó a Estados Unidos para estudiar y terminó enlistado en la Segunda Guerra Mundial, experiencia que lo marcó profundamente. Cuando regresó a Ecuador decidió vivir cerca de la naturaleza. En palabras de Joaquín, “no quería saber nada de la ciudad ni de la vida urbana, tenía un deseo de aislarse”.

Así llegó al sector de Mulauco y luego a El Peñón, nombre con el que se conocía antes esta loma, para empezar la excavación de su casa. Tenía tres hermanos que también contaban con propiedades cercanas. Bustamante se embarcó en este proyecto a inicios de los años 70, un trabajo a mano y muchas veces en soledad. Con el tiempo también encontró el apoyo de la comunidad. El lugar, que estaba tallando, forma parte de una hacienda de 107 hectáreas, entre bosques andinos, áreas de pastoreo, senderos y más. Los empleados me cuentan que antes la propiedad era aún más grande, pero que Álvaro fue cediendo terrenos como forma de retribución a quienes lo ayudaban. En su época también sembraba y con esas cosechas, junto con quesos y leche, pagaba a la gente que colaboraba en la obra.

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Le tomó alrededor de 20 años realizar todas las excavaciones y túneles hasta dejar la cueva como ahora, pero en tierra y sin acabados. Para él, esa era justamente la idea: un espacio que podía parecer común, pero que buscaba ser lo más natural posible y autosustentable. Álvaro tenía una fascinación profunda por las plantas y sus poderes medicinales. Viajaba con frecuencia a la Amazonía para conocer nuevas especies y preparar sus propios remedios. Sin embargo, en 1992 falleció a los 69 años por una intoxicación accidental con una planta. Sin descendencia, decidió dejar la propiedad a su hermano Simón como una forma de ayudarlo con la educación de sus ocho hijos; y así la cueva pasó a manos de la familia Bustamante.

Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo.

En 1996, la familia abrió el lugar al público bajo el nombre de “Las Cuevas de Álvaro”. “Todo era muy rústico, sin acabados y de tierra. Las habitaciones eran húmedas, sin baño". Entre risas, Joaquín y Simón me explican que incluso a veces contaban con uno o dos murciélagos. Los fines de semana se llenaban de parrilladas y visitantes curiosos. La cueva está hecha de cangahua, una tierra dura pero llena de fisuras que facilitaba las filtraciones de agua y, con el tiempo, desprendimientos peligrosos. En 2002 tuvieron que cerrar por seguridad y en 2007 se derrumbaron dos cuevas, por suerte sin nadie adentro.

Ese fue el punto de quiebre. La familia tuvo que decidir si dejaba que el lugar se perdiera o si invertía para salvarlo. “Tuvieron que pasar más de 10 años de remodelación. Poner luces, cables adentro de la tierra, para que tengamos el resultado más estético posible”. El proceso concluyó en 2018 luego de una inversión aproximada de US$ 500.000, con la versión del hotel que existe hoy y que funciona bajo cupo limitado y reserva. 

Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo.

Por dentro, Las Cuevas puede parecer un laberinto. Me perdí una vez, pero no es un lugar que asusta, sino uno que invita a seguir avanzando. Cada pasillo genera curiosidad y abre una vista nueva. El corazón es un patio central donde las buganvilias se roban el protagonismo, acompañadas de mesas de madera y una parrilla al aire libre. Hay además una capilla, una terraza desde la que se aprecia la construcción excavada y varias áreas comunes dispersas entre túneles y recovecos. Podrías quedarte varias horas solo viendo los elementos y detalles que esta familia ha puesto en el lugar y que pareciera que te llevan a otro tiempo. 

De acuerdo con Joaquín, la intención de Las Cuevas no es solo ofrecer un sitio donde dormir, sino un lugar en el que el huésped tenga siempre algo que hacer. Según la hora del día, es posible sumarse a maridajes de queso y vino o de cerveza y chocolate; participar en caminatas; sentarse alrededor de una fogata con marshmallows; reservar un masaje; disfrutar de jacuzzis tanto dentro de la cueva como al aire libre; pasear a caballo o incluso elaborar velas en piedra. 

Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo.

Entre estas actividades destaca el maridaje de cervezas que dirige Luis Miguel Herdoiza, uno de los chefs del lugar. Se prueban tres cervezas artesanales junto a tres chocolates ecuatorianos al 80 % de cacao, buscando que sus sabores se reflejen y se equilibren entre sí. La experiencia suele comenzar con una cerveza rubia ligera y cítrica combinada con chocolate de limón y jengibre, donde el amargo del cacao se suaviza y cobran protagonismo las notas cítricas. Luego se pasa a una cerveza ámbar, más tostada y dulce, maridada con chocolate de mango; y finalmente a una cerveza negra de cuerpo más intenso, acompañada de un chocolate con sal y caramelo, en la que las notas tostadas, el amargor y lo dulce se entrelazan hasta lograr un balance en el que ni la bebida ni el chocolate dominan, sino que se potencian mutuamente.

El restaurante ofrece una carta breve y rotativa, con entradas y platos fuertes que combinan técnica y producto local. Hay opciones como una pastela de pollo en masa de hojaldre, con salsa dulce de cebolla, whisky y panela; croquetas de camarón con coco y espuma de limón; y cortes de cerdo servidos con puré de maduro asado, ceniza de maduro ahumada y toques frescos de remolacha y vino tinto. En torno a las bebidas, el vino suele ser el acompañante favorito. 

Después de la cena, una de las experiencias más singulares es la caminata nocturna guiada por Rodrigo, uno de los cuidadores del lugar. Vecino del barrio desde niño, conoció a Álvaro y conserva anécdotas de la relación de los niños del sector con él. El recorrido se realiza con poncho de agua, botas y linterna; en una parte del camino logramos ver luciérnagas, algo poco frecuente para quien viene de Quito. Poco a poco nos fuimos adentrando en la oscuridad del bosque mientras Rodrigo contaba leyendas de duendes y brujas; había momentos de miedo (tengo que admitirlo), pero también de fascinación, sobre todo cuando las ramas de los árboles se curvaban formando arcos y la sensación era la de estar cruzando a otro mundo. En el regreso la lluvia nos alcanzó, pero lejos de que fuera algo para apresurarnos, se volvió parte de la experiencia de caminar a oscuras. 

Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo.

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Por la mañana, tras un desayuno tipo buffet, se ofrece una caminata hacia varias cascadas en compañía de Jaime, otro de los trabajadores en la hacienda. El recorrido es de más de 11 kilómetros y, si la suerte está del lado del huésped, es posible ver animales e ingresar a una pequeña cueva donde habitan murciélagos. Jaime hace que la distancia se sienta corta con sus conversaciones sobre su madre —que también trabajó en el lugar—, las leyendas, la vida en Mulauco, cómo era la propiedad antes de transformarse en hotel y la figura de Álvaro, presente en la memoria de todos. La calidez de los guías hace que, incluso en trayectos largos, el visitante se sienta tratado como alguien conocido: se camina a su ritmo, se le espera y, con paciencia, se explica cada detalle de la naturaleza.

Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo.

Las Cuevas no es un hotel donde te recibe las maletas un botones, pero este lugar se presenta como un espacio donde el verdadero privilegio es haber estado ahí y poder contar la historia. El proyecto se sostiene sobre una idea compartida: una construcción en comunidad en la que cada persona del equipo se reconoce como parte de algo más grande que un simple alojamiento; y donde el huésped entra —aunque sea por una noche— en esa red de memorias. (I)