Cortesía
Cortesía Tato Corrales.

Piezas que ignoran el calendario para centrarse en la precisión del talle y la nobleza de las fibras naturales: así es el universo de Tato Corrales. En su propuesta, donde las faldas fluidas dictan las reglas junto con los pantalones de calce perfecto, la moda se entiende como una conexión emocional y no como un producto de consumo fugaz. Su marca se centra en una confección artesanal de piezas limitadas, donde la magia reside en crear prendas atemporales.

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Pero para entender esta filosofía del slow fashion que hoy respira desde Manta, es necesario retroceder 14 años, hasta aquel 10 de octubre de 2012, cuando una joven Tato —que había descartado la arquitectura para estudiar diseño de modas— dejó la brisa de su ciudad natal para sumergirse en el rigor de Guayaquil. Entre lágrimas y abrazos que se sentían eternos, sus padres la despedían cada fin de semana en la terminal terrestre, bajo la mirada curiosa de otros pasajeros que no comprendían la magnitud de aquel adiós. Ese ritual se transformó en la disciplina necesaria para crear una propuesta sólida de diseño de autor que hoy cumple nueve años de resistencia y evolución.

A diferencia de la producción masiva, Corrales apostó por un retorno al origen. Tras graduarse, decidió volver a Manta y emprender con un crédito para sus primeras máquinas y un taller, montado en casa. Desde entonces, ha mantenido un modelo de producción pequeño y sumamente cuidado, que cuenta con un equipo de operarias y sastres dedicados a la confección de piezas que huyen del volumen.

“Mi marca va hacia el slow fashion. Si en un viaje encuentro tres metros de tela, los traigo y de ahí salen apenas dos prendas”, explica la diseñadora. 

Esta escasez deliberada es lo que otorga a sus piezas un carácter de exclusividad real: prendas que huyen de la serie para generar un vínculo de empoderamiento y seguridad en quien las viste.

Resort y atemporalidad

La marca Tato Corrales se especializa en el concepto de moda resort. Más que una categoría, esta línea —originalmente concebida para las élites que viajaban a destinos cálidos durante el invierno— se define como un armario de transición que privilegia la libertad de movimiento y la sofisticación relajada. Se caracteriza por el uso de textiles nobles y transpirables, como el lino y el algodón, en siluetas que evocan la brisa marina. Es una moda diseñada para el ocio inteligente y las vacaciones permanentes, donde la elegancia no se negocia con la comodidad, por lo que una misma pieza funciona con naturalidad tanto en una tarde de playa como en una cena bajo las estrellas.

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A sus 32 años, Tato asegura que el éxito reside en interpretar con precisión la fisonomía local. Su modelo de negocio se articula a través de drops o colecciones cápsula, que consiste en el lanzamiento de una prenda exclusiva cada mes. Las mismas se convirtieron en verdaderos objetos de deseo gracias a su movimiento y colores vibrantes, como la falda roja que dominó su propuesta de febrero, que consolida un concepto de moda fluida que prima sobre las estructuras tradicionales del mercado.

Cortesía Tato Corral.
Cortesía Tato Corrales. 

Junto a las faldas, los pantalones se convierten en un best seller técnico, nacidos para resolver el eterno dilema de la silueta latina de ajustar con precisión en la cintura sin oprimir la cadera. A esta lista se suman las chaquetas largas en algodón y gabardina, piezas que, a pesar del clima, sus clientas han adoptado como un uniforme de versatilidad que funciona tanto para el día como para elevar un look nocturno.

En su tienda ubicada en el Hotel Porto Velho, la experiencia de compra incluye el ajuste personalizado. “Nos interesa que la prenda te quede perfecta y que la quieras cuidar porque sabes lo que representa”. Fiel a su visión de que la ropa no debe caducar, Tato integra elementos que permiten que se adapte a los cambios del cuerpo.

En su showroom, la diseñadora asume a menudo el rol de confidente frente a los prejuicios impuestos. Es común recibir clientas que, cohibidas por mandatos externos, dudan de una prenda o un color vibrante bajo el argumento de que “ya no tienen edad para eso”. Ante la inseguridad, responde con una pregunta que desarma cualquier regla de etiqueta anticuada: 

"¿A usted le gusta? Entonces, póngaselo". 

Para ella, la moda es una herramienta de libertad personal y su labor consiste en demostrar que la elegancia no tiene fecha de caducidad, sino que nace de la seguridad que siente una mujer cuando decide, simplemente, ser fiel a su propio deseo.

Corrales no solo diseña, sino que se involucra en la profesionalización del sector. Recientemente, participó en la apertura de la facultad de diseño textil de la Universidad Laica Eloy Alfaro, con lo que reafirmó su compromiso con la educación en moda en su ciudad.

Un ecosistema familiar y creativo

Este universo es, además, un proyecto de sinergias familiares. En su tienda conviven tres visiones distintas: la suya, enfocada en el resort elevado; la de su hermana menor Nahomy, creadora de Aguacero (una marca de swimwear); y la de su madre, Oda Zambrano, su mano derecha, quien aporta una estética de túnicas etéreas y el rojo vibrante que convence a cualquier clienta de abrazar su propia luz.

Esta estructura de ‘matriarcado creativo’ permite que la marca cubra diversas etapas de la vida de una mujer. Actualmente, Tato atraviesa su propia transformación: un embarazo de seis meses que ya se refleja en la fluidez de sus diseños recientes. 

“Siempre incluyo la temporada de mi vida en la marca; ahora he sacado muchos más vestidos”, confiesa.

Tato abraza la maternidad sin abandonar la disciplina física que la define. Hace poco, completó una maratón en Miami, un hito de resistencia que refleja la misma tenacidad con la que ha construido su empresa durante casi una década. Esta etapa de gestación ha suavizado sus líneas textiles a vestidos más sutiles, que reafirma su visión de que el cuerpo femenino es un territorio dinámico, capaz de alcanzar metas extraordinarias mientras crea vida y diseña el futuro. (I)