Harper's BAZAAR Ecuador

Hay lujos que empiezan en las manos hábiles y sabias de los pueblos originarios de Ecuador. Aquí el tejido ha sido un vehículo para transmitir la ideología indígena, el misticismo y los códigos ancestrales. Esa tradición ahora es parte fundamental de propuestas de diseño de moda en el país y se refleja en nuestra historia. Según estudios del investigador Harán Jaramillo (1987), hubo una transición desde los telares de los pueblos originarios —como el telar de cintura— hacia los obrajes coloniales, talleres que concentraron mano de obra indígena y se volvieron los primeros centros industriales de la Real Audiencia de Quito, especialmente en Guano (Chimborazo) y la Sierra norte. Ese saber sobrevivió en varios núcleos familiares y hoy gana protagonismo al dialogar con la moda ecuatoriana actual.

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Tampoco es algo extraño para las propuestas de diseño en el mundo. Las casas de alta costura convirtieron al tejido artesanal no solo en un sello de lujo y distinción, sino en la columna vertebral de su propuesta. Casos como Chanel, que desde 2002 presenta sus colecciones anuales bajo el proyecto Métiers d’Art, lo evidencian. Al integrar talleres especializados —desde bordadores hasta orfebres— bajo su propia gestión, la maison redefine el “saber hacer” como un proceso vivo que exige una transmisión constante de conocimiento. 

Esa misión de hacer del tejido tradicional el eje de la propuesta creativa define la esencia de tres marcas nacionales, que revelaron sus técnicas a Harper's BAZAAR Ecuador.

Tejido
Fotografía: Daniel Queirolo. Vestimenta: Ana Andrade.

Piezas que salen del alma

La conexión de Ana Andrade con el tejido es íntima. Tiene 40 años, es cuencana y lleva más de dos décadas investigando el croché. Antes que definirse como diseñadora, se piensa a sí misma como artista: alguien que habla a través de este material. Su interés nació en periodos de quietud obligada por problemas de salud e intervenciones quirúrgicas que le restringían la movilidad. 

“El tejido apareció en mi vida por una necesidad de entender el lugar que ocupaba en el mundo cuando mi cuerpo no me dejaba avanzar”.  

De niña, su abuela materna Elsa le enseñó a tejer, pero entonces fue un gesto pasajero, casi un juego. Para ella, crecer en una ciudad y en un colegio conservadores la empujó a ver la labor manual como algo menor, ligado al rol doméstico del que quería distanciarse. Hoy se pregunta por qué ese saber heredado fue tan minimizado. “El tejido me ayudó a comprender la muerte y la recuperación después del dolor”. Cuando Ana tenía 20 años de edad, su madre le entregó una aguja y una madeja de hilo “para que no se volviera loca” al estar inmovilizada. Con ese gesto recordó a su abuela, los puntos básicos del croché y la paciencia. Empezó a tejer de manera intensiva, primero pequeños objetos y luego su propio cuerpo, que fue autorretratando en piezas que oscilan entre la escultura y la ropa. 

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Estudió artes visuales en la Universidad Estatal de Cuenca y luego pasó tres años en Buenos Aires, en la Universidad de Artes, hasta que el dolor y las dificultades físicas la obligaron a regresar. En 2016, empezó diseño de modas en la Universidad del Azuay, en Cuenca, donde encontró a la persona que le enseñó a diseñar desde la reflexión: cada material, cada color, cada forma… debía responder a una razón. Desde entonces, su búsqueda gira en torno a cómo lograr que las prendas tejidas se adapten bien a distintos cuerpos  y siluetas. 

Su primera colección comercial, “Skin Ego”, salió en 2023 en Casa Kiki, en Quito. Más que una línea, era un sistema completo de prendas —vestidos, faldas, pantalones, shorts— construido a partir de figuras geométricas básicas y colores saturados. “Fue mi manera de hablar del ego desde el color y la textura. Eran piezas saturadas, tejidas a mano, que reclamaban la técnica como alta moda, no como algo ‘folclórico’”. Era una respuesta para quienes se preguntaban por qué una pieza tejida “cuesta tanto”: detrás había años de investigación, conteo de puntos y muchos ensayos.

Después del vértigo de producir una colección tan grande “siendo una sola persona”, decidió bajar la velocidad y regresar a lenguajes más cercanos al arte. Empezó a tejer retratos de su entorno. Creó el vestido “La campana”, inspirado en su abuela, el personaje fundamental en su vocación y sus conocimientos iniciales. Además de piezas como “La bestia”, un abrigo monumental que explora otras formas de cuerpo. 

“Hoy estoy en una etapa más tranquila, casi de retrato: tejo a mi abuela, a mi hermana, a mi madre, a mi entorno".

Para hablar del croché, Andrade distingue tres capas: punto, puntada y técnica. El primero es la unidad mínima; con varios puntos se construye una puntada; y de la combinación entre puntos y puntadas nacen las técnicas que, para ella, poseen una carga simbólica. Hay tramas que le remiten al agua, a las rocas, a la piel sin cicatrices... Según lo que quiera evocar, elige una u otra. “Este es un universo sin límites, depende de lo que quieras decir”. 

Así, puede tejer un vestido de malla en dos días o dedicar nueve meses a una pieza conceptual enorme, “casi como dar a luz a un hijo”. Esa misma complejidad choca con la lógica de la moda, caracterizada por su rapidez. El tejido va a otra velocidad. Su proceso está atravesado por la negociación constante entre el tiempo que exige el mercado y el ritmo lento de la mano que teje bien una prenda. 

Su ambición ahora va más allá de la autoría individual. Le gustaría que ese universo que ha construido pueda sostener otras manos: generar empleo, compartir técnicas y convertir lo que empezó como un ejercicio íntimo de supervivencia, en un tejido colectivo.

Un linaje que no distingue de género

Tejido
Fotografía: Daniel Queirolo. Vestimenta: ORRTHÍZ

Jonathan Ortiz posee un vínculo inquebrantable con las figuras femeninas de su familia. Ser pequeño y tener que prestar los brazos para que su abuela o su madre pudieran desenredar la madeja, es uno de los recuerdos que más atesora. Aunque nació en Quito, todas sus raíces están en la provincia del Carchi. Lleva más de 12 años autoeducándose en el tejido y la moda, pero no fue hasta la pandemia que decidió enfocarse en el croché. 

Esta técnica, conocida también como ganchillo, se caracteriza por utilizar una única aguja provista de un gancho en el extremo para entrelazar los hilos o las lanas. Básicamente es pasar un bucle o anillo de hilo por encima del otro para ir formando cadenas o puntos. Ortiz ya había pintado en tela y confeccionado ropa, pero este método lo atrapó. 

“Empecé a sacar mis propios experimentos. Mi idea era que mis creaciones tuvieran una estética vanguardista, lujosa y poco convencional”. 

Con técnicas como el mosaic crochet y el freestyle nació Orrthiz. El nombre está inspirado en el apellido de su madre, con quien trabaja actualmente en sus tiempos libres, ya que él tiene un empleo fijo relacionado con marketing. Hasta la fecha, este artesano —ya que no se considera como un diseñador— ha lanzado tres colecciones, la última se presentó en la Guatemala Fashion Week, el año pasado. Su proceso creativo y su lenguaje visual mezclan historias, emociones, leyendas y culturas que habitaron en Ecuador. 

En esa trayectoria también experimentó con manipulación textil, semillas y bordados de pedrería. En el proceso de investigación encontró la forma de juntar la tela y el tejido para desarrollar tops, chaquetas y gabardinas, en lo que se enfoca actualmente. “La marca está en una transición compleja, en la que busco un equilibrio comercial para mantener el ADN”, confiesa este artista. Un cambio que refleja una lucha constante entre el oficio, la calidad y una industria que exige producir rápido. “Cualquier tipo de artesanía te consume demasiado tiempo y la moda avanza con mucha velocidad”. Sin embargo, recalca que estas técnicas tienen memoria desde la concepción de la materia prima. 

“No son prendas muertas, conectan con quien las usa”.

Nudos que dan forma a la libertad

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Fotografía: Daniel Queirolo. Vestido y chaqueta: Macarena Espinosa.

Macarena Espinosa nació en Ibarra en 1997, pero creció en Atuntaqui entre telares, conos de hilo y máquinas. Sus recuerdos de infancia son los de ella y su hermana recorriendo la fábrica de sus padres e intentando crear prendas. Ese camino la llevó a estudiar diseño de modas en Quito y en febrero de 2021 abrió —en Atuntaqui— su propia tienda, Vida Mía.

 Aunque el negocio funcionaba, algo no terminaba de encajar. La mayor parte de las prendas eran comerciales y ella se sentía lejos del corazón del proceso. Esta creativa decidió viajar a Argentina para continuar con sus estudios en la Universidad de Palermo y encontrar esa nueva conexión. Allá se cruzó con el macramé: una técnica basada en nudos con hilos de algodón que —más que un recurso decorativo— se convirtió en un territorio de experimentación. 

Espinosa empezó a probar distintos cordones, a seguir tutoriales y a equivocarse hasta encontrar materiales que respondieran a las formas que imaginaba. De ese ensayo surgieron sus primeros tramados y, con ellos, la sensación de por fin estar dentro del proceso textil. Esa insistencia en aprender a través de la práctica la llevó a desarrollar su propia manera de tejer. Primero, sobre el plano y, luego, directamente en el maniquí, sobre el que va tensando el material con alfileres mientras construye la pieza

Hoy, esa forma de trabajar convive con el macramé y con nuevas manipulaciones del cordón, siempre desde una lógica de juego, presencia y contacto directo con la materia. Tras el auge de la marca con su colección “Confluir”, esta ibarreña decidió volver al país hace seis meses. Es casi el mismo tiempo que lleva en funcionamiento su propio estudio en Atuntaqui. Es un espacio-taller abierto al público donde se diseña, se experimenta y se comercializa. Tener ese lugar físico, lejos de la virtualidad, le devolvió el control y le dio una base para su nueva colección, en la que ha trabajado alrededor de un año.

 “Me gusta sacar algo cuando realmente lo siento”. En esta entrega, titulada “Habitando el intermedio”, Espinosa empuja su lenguaje un paso más allá. 

A las piezas en cordón se suman tejidos construidos con reata, una tira resistente, generalmente de nylon, poliéster o algodón, que se construye directamente sobre el maniquí. También está incorporando croché con cordón grueso, un reto técnico para las tejedoras que la acompañan, poco habituadas a materiales de ese calibre. 

La colección —en tonos beige, café y negro— sigue anclada en el cordón de algodón y en el macramé, pero ahora introduce una búsqueda más estructural. Esta diseñadora habla de “habitar el intermedio” a través de piezas más rígidas, con figuras marcadas y nudos firmes: prendas que dejan atrás la caída completamente fluida para construir siluetas claras, tensiones visibles y estructuras que se sostienen por sí mismas. Parte de esos tejidos proviene de la fábrica de sus padres, cerrando el círculo entre la niña que jugaba y la diseñadora que ahora reinterpreta ese legado. (I)

*Créditos

Fotografía: Daniel Queirolo. Dirección de Arte: Estefanía Córdova. Peinado y Maquillaje: Aracely Chicaiza. Modelo: Mayte. Agencia: D.I.S. Management.