Si existe un error común en la moda, es tratar los accesorios como un complemento de último minuto. Sin embargo, para una mujer que comprende el valor de una imagen cuidada, los aretes marcan la diferencia. Es la pieza arquitectónica que ilumina la mirada y, en esencia, un gesto que transmite seguridad sin decir nada.
Hoy, de la mano de Beatriz Cadavid, asesora de imagen de origen colombiano, junto a las ecuatorianas Carolina Valencia y Denisse Ortega, diseñadoras de joyas con proyección internacional, desmantelamos los dogmas de la joyería para construir un joyero que no solo se vea impecable, sino que tenga sentido.
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Sentido común sobre la tendencia
El miedo a no verse bien suele limitar nuestra audacia. ¿Las mujeres bajitas deben evitar los aretes grandes? ¿Los cuellos cortos prohíben el largo? La respuesta de Beatriz Cadavid, asesora de imagen, es un rotundo no. La experta propone la proporcionalidad como brújula, que lleva a un solo norte: “el cuello es el marco y el sentido común estético lo tienes tú”.

Si tienes un cuello largo, dice, los diseños delgados y elongados seguirán su línea natural. Eso sí, cuida siempre que no rocen la clavícula. Si el cuello es corto, el objetivo es evitar que el accesorio lo “corte”. En este caso, Cadavid sugiere optar por formas redondeadas que se mantengan sobre la mandíbula.
En cuanto al sentido común estético, la verdadera elegancia ocurre cuando el accesorio enmarca el rostro en lugar de ocultarlo. “Tenemos unas dimensiones en nuestra cara y en nuestro cuello que nos van dando idea de cómo debería ser el arete que usamos. Puede ser grande, pero si exageramos puede ya dejar de lucirse y hacernos ver desproporcionados”.
Una dosis de rareza a tu look semiformal
Para Carolina Valencia, diseñadora de joyería fina, la durabilidad es la máxima del buen gusto. Una pieza que termina olvidada en el fondo de un cofre es una compra fallida. Por ese motivo, sostiene que la joya debe contar una historia. Aquí entran las piedras naturales. Su versatilidad permite integrarlas con naturalidad en distintos momentos del día y elevan cualquier conjunto sin esfuerzo.

Valencia apuesta por el one of a kind, tan especial que no existe otro igual. Comenta que en un mundo de producción masiva, la amazonita o los circones de corte baguette aportan esa dosis de rareza que transforma un look semiformal en una declaración de sofisticación. En sus creaciones prioriza materiales nobles, como la plata 925 bañada en oro de 18 quilates, que aseguran permanencia. El resultado es una pieza a la que siempre vuelves porque funciona, eleva y tiene sentido.
“A veces basta una joya con una camisa blanca o negra, un jean y unos buenos zapatos. No necesitas un vestido de gala: los accesorios tienen el poder de transformar la imagen”.
El valor del significado en tres pilares
La joyería contemporánea se desplazó hacia la personalización emocional. Denisse Ortega, diseñadora de joyas, destaca que el consumidor actual busca piezas que conecten con su propia esencia. De allí que recomienda tres tipos que no pueden faltar en tu joyero, por su capacidad de combinación y de romper la regla de uniformidad: perlas, argollas y elementos llamativos.
Ortega clasifica a las primeras como un básico elevado. Un par de perlas o gemas pequeñas que incorporen un detalle distintivo (como textura en el metal), son el comodín para la oficina y el brunch. También menciona la argolla versátil, aros minimalistas o con curvas orgánicas que se convierten en el uniforme del estilo. Funcionan tanto con camiseta blanca como con un vestido de cóctel. Cierra su propuesta con una pieza de autor: grande y llamativo, elaborada con materiales ligeros que elevan la confianza cuando la ocasión lo exige. En esta línea, las piedras de nacimiento, asociadas a cada mes y cargadas de simbolismo, aportan un valor personal. Para Ortega, elegir una amatista, un rubí o una aguamarina convierte el arete en un sello propio.
“Siempre busco que cada pieza tenga un carácter atemporal, incluso heredable. Mi público conecta especialmente con los elementos naturales”.
El diagnóstico del joyero: ¿qué te falta?
Más allá de la estética, Cadavid enfatiza la dimensión emocional de la joyería. En un contexto donde la industria a menudo dicta que el estilo tiene fecha de caducidad, ella propone un enfoque de “armario infinito”.
A través de sus plataformas, ella construye una comunidad que desafía la invisibilidad percibida después de los 40 o 50 años y promueve el autocuidado como un motor de entusiasmo constante. “No necesitamos comprar ropa nueva todo el tiempo para reinventarnos”. El reto, en realidad, está en saber darle nueva vida a lo que ya tenemos y usar los accesorios para transformar un look.
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Carolina Valencia coincide en que no se trata de tener muchos accesorios, sino de elegir con criterio. “Cada par de aretes puede ser una extensión de nuestra personalidad, capaz de transformar un conjunto sencillo en una declaración de estilo auténtica”. Para la rutina, Valencia apuesta por tamaños moderados y materiales duraderos. Piezas de entre 2,5 y 3 centímetros logran ese punto justo entre presencia y comodidad, lo suficientemente sutiles para el día, pero con carácter. Los colgantes, en cambio, introducen dramatismo. Más largos y protagónicos, funcionan mejor en eventos formales, donde el impacto visual es clave. Pueden acompañarse de cabello recogido para enfatizar su diseño, aunque su escala permite que destaquen incluso con el pelo suelto.
Denisse Ortega también propone mirar el joyero desde una lógica más inteligente. Un mismo diseño puede acompañar desde un café casual hasta un matrimonio, dependiendo de cómo se construya la imagen. La clave, insiste, está en la versatilidad y en entender que el accesorio actúa en diálogo con la ropa y la actitud. “Siempre pregunto a mis clientes para qué quieren el arete. Muchas veces piensan en una ocasión puntual, pero la idea es que puedan usarlo muchas veces, en distintos contextos”. (I)