Desde tiempos prehistóricos, la melena ha sido mucho más que un conjunto de hebras: es el lienzo donde cada época escribió sus ideas sobre belleza, poder y pertenencia. Según el antropólogo británico Terence Turner, la superficie del cuerpo —y el pelo con ella— funciona como una “piel social” donde se inscriben las normas que transforman al individuo en un sujeto cultural. A su vez, la bióloga y antropóloga Nina Jablonski, profesora en la Universidad Estatal de Pensilvania en Estados Unidos, demostró que nuestra cabellera evolucionó primero como protección física y terminó convertida en un sistema sofisticado de señalización sobre ancestralidad, salud y estatus. Esto explica por qué todas las culturas la han cargado de significado.
El cabello y la naturaleza
Desde que tiene memoria, Abigail Gualinga recuerda que su padre llevaba el cabello corto, seguramente por el proceso de migración que vivió desde muy joven. En cambio, para ella su melena tiene un vínculo distinto. Tenerla larga demuestra fortaleza y ejemplifica la historia de sus ancestros. Es la menor de siete hermanas y forma parte del pueblo originario de Sarayaku, una nacionalidad quichua, con 2.000 habitantes, asentada en el centro-sur de la Amazonía ecuatoriana, a la que solo se llega vía fluvial o aérea. Además de ser reconocida por su lucha contra la explotación petrolera, esta comunidad se destaca por las largas cabelleras que caen sobre sus espaldas. El brillo y la fortaleza se atribuyen a los beneficios del wituk, un fruto que también desempeña una conexión espiritual con la idea de que la selva es un ente vivo.
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De acuerdo con la leyenda, el wituk y el achiote —otra semilla reconocida por su color rojo— fueron dos hermanas que, tras una decepción amorosa, decidieron transformarse en plantas para que nadie volviera a sentirse sin belleza. Antes de convertirse, pintaron a todos los animales, como el tucán, la guacamaya, las aves rojizas… Cada color nació de ese gesto. Además de nutrir la cabeza, estas plantas funcionan como tintura natural para el rostro y el cuerpo.

Gualinga, en medio de la entrevista, me mostró sus manos teñidas de negro por el manejo de esta semilla. Es algo normal, lo hace desde pequeña, así como la mayoría de las mujeres en su comunidad. El fruto maduro —rojo por fuera y negro por dentro— se obtiene de un árbol que puede llegar hasta los 30 metros de altura. La mezcla líquida que se produce se extiende sobre la melena durante tres días. Después se retira con agua (normalmente de los ríos aledaños). Gualinga confiesa que no es un proceso fácil y que no pasa por la vanidad. Es un ritual con pasos específicos, que si no se siguen pueden tener consecuencias, de acuerdo con las creencias tradicionales. En esta nacionalidad, el cabello es transversal en la vida en la selva. Por ejemplo, en la danza tradicional kajawan tushuna, que significa “baile con tambor”, las mujeres llevan la melena suelta e imitan los movimientos de las hojas, las ramas y los animales. “Cada cosa que hacemos tiene un significado profundo para nosotros”, concluye Gualinga.
En su historia, el cabello no es un detalle, es una forma de pertenecer. Una línea que une a sus ancestros, a sus herederos y a la naturaleza en la que habitan.
Redes tejidas desde la raíz
Ese sentido ancestral también lo comparte Danely Aguas, aunque en su caso se expresa a través del trenzado. Con 27 años, esta mujer afroecuatoriana del Valle del Chota entiende que su melena es un símbolo de identidad y de resistencia. “Yo crecí sabiendo que la cabeza no se toca por un tema de estética, sino como un acto de cuidado, de amor propio y de pertenencia a nuestra cultura”. Hoy dirige su negocio de trenzado, Treasure Braids, como un espacio que con el tiempo ha dejado de ser solo un salón para convertirse en punto de encuentro y apoyo.
La primera imagen que guarda de este oficio es la de su tía, María Elena Lara, preparando a las mujeres de la comunidad para los festivales. La veía trenzar con paciencia y precisión, entendiendo que cada estilo tenía un momento y un significado. Conocer ese trasfondo no hizo que su relación con el peinado fuera sencilla. De niña, Aguas asociaba la preparación del rizo con dolor. “Sufría un montón. Apenas sentía la peineta ya me echaba a llorar”.
La estructura del pelo afro tiende a ser más seca y frágil, por lo que exige técnicas específicas, hidratación constante y una manipulación cuidadosa para evitar la ruptura.
Cuando su madre trenzaba su cabello, ese tiempo frente al espejo se volvía íntimo: un espacio para compartir historias personales, relatos familiares y explicar el sentido de cada estilo. No todas las trenzas dicen lo mismo. De acuerdo con Aguas, la mayoría de los diseños son estilos protectores, pensados para resguardar la fibra y reducir la manipulación diaria. En los twists, o trenzas de dos hebras, por ejemplo, el pelo se enrolla sobre sí mismo para evitar la rotura. Las trenzas fulani, originarias del pueblo fulani en África occidental, combinan líneas pegadas al frente con caídas sueltas en la parte posterior; en algunas comunidades afrodescendientes se recuerda que, además de su dimensión estética, respondían a necesidades prácticas, como equilibrar el peso al cargar sobre la cabeza agua o enseres.


En la memoria afrodescendiente se conserva la idea de que ciertos patrones —especialmente las trenzas pegadas o cornrows— podían funcionar como mapas simbólicos: caminos trazados que ayudaban a recordar rutas de escape o puntos de encuentro durante la esclavitud. También están los faux locs —“rastas” construidas envolviendo trenzas— y las propias locs, uno de los estilos más estigmatizados de acuerdo con su experiencia. Muchas clientas le han contado a Aguas que, tras llevarlas, la mirada social cambia y aparecen prejuicios que asocian injustamente estos diseños con descuido o desorden, cuando en realidad mantenerlas exige rutinas de higiene y dedicación más rigurosas que con el cabello suelto.
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Su llegada a Quito, a los seis años, marcó un quiebre en la relación con su melena. “Siempre digo que cuando llegué a la capital me di cuenta de que era negra”. No porque antes no lo supiera, sino porque en la ciudad esa condición fue señalada. Con esa conciencia vino la presión de transformar lo que llevaba en la cabeza, de alisarlo o modificarlo para ajustarse a otros estándares. Con el tiempo, y tras pasar por un concurso de belleza, Aguas recuperó la conexión con sus raíces al utilizar su afro natural. Más tarde, durante la pandemia, abrió un lugar para trenzar, un punto de encuentro donde se comparten experiencias, se habla de identidad y se fortalece una red de apoyo para otras mujeres afrodescendientes. Una idea que ha trascendido fronteras y le ha dado un nuevo valor a su arte.
Trenzar para recordar
En la frontera entre Pichincha e Imbabura, donde los caminos suben y bajan entre montañas frías y cielos abiertos, vive Laura Cabascango. Con 44 años, esta enfermera, música y madre de tres hijos ha cambiado el rumbo de su familia y de su comunidad quichua Kayambi. Para este pueblo, llevar la melena larga ya no era una imagen cotidiana como en otros pueblos indígenas, donde las trenzas siguen cayendo por la espalda como una bandera viva. Allí se había perdido.
Según las historias que le contaron sus abuelos, en el tiempo de haciendas los capataces clasificaban a los indígenas por sectores. El peinado era una marca visible de identidad y un punto de control…
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*Créditos
Fotografía: Daniel Queirolo. Modelos: Lauriz Cabascango, Danely Aguas, Lizbeth Gualinga. Maquillaje: Ela Pinto.