Cuando Juliana Ponce se detuvo ante la vitrina de la tienda de una diseñadora ecuatoriana, al norte de Quito, sintió que había dado con la persona que era capaz de traducir en prendas sus gustos e ideas de cómo vestir. Entró, revisó los vestidos y se sintió entendida: eran los colores, los acabados y el estilo que siempre asoció con ella, así que ese fue un momento de revelación. Pero la epifanía terminó cuando vio el rango de precios, que iban de US$ 800 a US$ 1.500.
Cifras que para algunas personas pueden estar bien. Para otras solo será cuestión de hacer cuentas y pagar a plazos. Pero habrá mucha gente en el país que no lo pensará demasiado porque, simplemente, no podrá pagar eso. “Era un montón para mí”, dice Juliana, quien ingresó —en medio de la entrevista— a la página web de la diseñadora para confirmar si esos precios han variado. Y no, siguen igual.
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En términos generales, lo que ella encontró en esa boutique son precios que responden (en un gran porcentaje) al mercado de diseñadores en Ecuador. Muchos de ellos mantienen líneas de ropa que se venden en estos montos, porque consideran su creatividad y el costo del trabajo manual y artesanal. Pero también tienen líneas más ready-to-wear que son considerablemente más accesibles para un comprador local.
Que los precios en la moda sean elevados, sobre todo en productos de alta gama, no es nada nuevo. Lo curioso es que, de acuerdo con el banco y grupo financiero británico HBSC, los precios de los artículos de lujo en Europa, a mediados de 2025, —incluyendo la moda— son un 52 % más elevados que en 2019. Para los expertos, esto refleja la propia conciencia de marcas y creadores sobre lo que cuesta lo que hacen. ¿Es el mismo fenómeno lo que sucede en el país?
La moda cuesta y hay una razón para eso
“La idea de que la moda es cara suele surgir al comparar un diseño de autor con una prenda producida en masa. Los vestidos que te compras afuera, por ejemplo, aunque se vean de alta gama, son producción masiva porque los encuentras en tallas small, medium y large”, explica la diseñadora guayaquileña Ornella Ledeb, que tiene más de 12 años de experiencia con la marca que lleva su nombre, especializada en vestidos de alta gala.
Las prendas de diseñador, las que cuestan más, no usan máquinas en su confección. “Es 100 % una persona haciendo la prenda. Entonces hay un error en esa comparación porque pertenecen a universos distintos”, afirma Lebed. Ella tiene un registro de haber realizado más de 4.000 vestidos en una década, con un costo promedio, en la actualidad, entre los US$ 850 y US$ 2.000. “Si, por ejemplo, mis clientes de afuera vienen con una idea majestuosa, o que las telas sean bordadas a mano, un trabajo así, mega wow, el costo es de US$ 3.000 para arriba”.
Lebed define el trabajo en la moda de lujo como el resultado de una cadena creativa mezclada con técnicas extremadamente complejas. “Primero haces una investigación, con todo y referencias históricas, que te sirve de inspiración, para llegar al desarrollo conceptual, para construir una narrativa visual”. A esto ella suma la selección de los materiales, las telas, el patronaje (esa arquitectura textil necesaria), las pruebas y los ajustes milimétricos.
“Es una persona la que hace y piensa todo, no una máquina”.
Lebed afirma que entre el 40 % y el 50 % de sus clientas se quejan, de alguna manera por los precios de sus diseños. Pero ella asume que es la educación sobre los procesos lo que está haciendo la diferencia en su caso. En 2025, decidió subir videos del making of de los vestidos a sus redes sociales y eso ha generado en su clientela un cambio, una valoración distinta al tiempo y al esfuerzo dedicado para hacerlos. Un vestido, tranquilamente, puede tomar tres semanas en estar listo.
Ella es consciente del precio y por eso, una vez al año, los baja, sobre todo en noviembre, cerca del Día de Acción de Gracias. “No tienes idea de la cantidad de gente que me escribe y me doy cuenta de que si bajara unos US$ 300 o US$ 400 tendría muchos más clientes”. Pero ella no quiere cambiar la calidad de sus vestidos —se refiere al tiempo y a la dedicación para terminarlos—, lo que no quiere decir que entre sus planes no esté crear una línea de vestidos ready-to-wear, algo que le gustaría explorar en 2026.
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Y tal como sucede con otros diseñadores, también tiene una línea más casual, enfocada en jeans, diseños con patrones, ropa más playera o para un night-out. La diferencia de precios es considerable: “Un jean cuesta US$ 98,50. La diferencia es abismal porque lo hace una máquina. La persona no tiene que estar detrás, solo debe configurar la máquina, lo hizo, lo cortó, lo patronó y se acabó”.
Para Lebed es también necesario pensar otra forma de consumo de moda: “Hay que apostar por piezas que van a durar y consumir menos fast fashion. Para eso hay que mirar a lo local, a la moda ecuatoriana y aprovechar que tenemos a grandes diseñadores y artesanos”.
A veces también hay que mirar a la realidad del país
Selene García Moreno está a la cabeza de Casa García Moreno Atelier y el tema de los costos es algo en lo que piensa mucho, sobre todo al tener dos líneas: una hecha a mano y otra de moda producida en masa. “La pregunta sobre por qué la moda cuesta lo que cuesta es en el fondo una pregunta sobre el valor y este, en la moda, se mide en múltiples dimensiones”, inicia García en su explicación.
En su caso, ella habla de la materialización del tiempo, de la parte artesanal y de la narrativa de cada prenda, porque “cada una es irrepetible”. Por ende, “no solo se paga por un vestido. El precio es un reflejo de algo que nosotros queremos expresar desde adentro, desde el alma, así como de las horas de trabajo de personas, con textiles de calidad, muy elaborados y costosos”.
García dice que sucede algo similar, a nivel de procesos, cuando se trata de una moda producida de forma más masiva, la diferencia está en que los costos se distribuyen mejor y por ende se vuelve ropa más accesible. Pero en su caso hay una particularidad: “Yo busco materiales de calidad y busco fábricas que tengan responsabilidad empresarial, que tengan parámetros de responsabilidad con sus empleados y el ambiente, que vayan de la mano con la misión y visión que tengo de mis diseños”.
El consumidor nacional no ve lo que hay detrás, según García. “No ven todo lo que tienes que hacer para producir en Ecuador, donde tienes limitaciones en inversión en tecnología, en traer materia prima o en crear la tuya propia. No ven las horas de ajustes, la búsqueda de proveedores responsables o todo lo que se hace para generar un impacto en la sociedad, más allá de conseguir ingresos”. Así que ella prefiere comprar ropa diseñada por ecuatorianos, aunque cuesten US$ 80, y no otras de US$ 30 y US$ 40, que “puedes encontrar en cualquier tienda como Zara o Bershka”.
“El precio debería ser siempre una declaración transparente de valores. Para mí es importante dar el concepto de que la ropa no es solo ropa, es tu armadura con la que enfrentas al mundo”.
Pese a todo esto, Selene García Moreno es clara al decir que para ella es importante manejar moda accesible. “Tienes que ser realista con el diseño y la puesta en marcha de la propuesta. No estás en una casa de diseño en Francia, estamos en un país en el que el salario básico es de US$ 482, donde la población en general ganará entre US$ 1.200 y US$1.800. Por ende, esas personas no te comprarán un vestido de US$ 2.500”. El trabajo está en buscar ese nicho, asentar la idea y proponer pensando desde el diseñador y el consumidor. (I)