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La calle Alfareros es peculiar en el sector de Cotocollao. Es parte de una manzana altamente popular y con movimiento a toda hora. Intersecta con la calle Lizardo Ruiz, donde en 2015 el Ministerio de Gobierno registraba que, en tan solo seis cuadras, funcionaban alrededor de 300 locales comerciales y circulaban cerca de 2.500 personas al día. Más de una década después, estas cifras parecen mantenerse.

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El cruce de estas dos avenidas se caracteriza por la confección. En una de sus esquinas se alinean seis máquinas de coser a pedal, ubicadas sobre la acera. Aquí trabajan mujeres de todas las edades, protegidas por un pequeño techo y que reciben —especialmente los fines de semana— una alta demanda de personas que buscan arreglos para su ropa: cambiar cierres, levantar las bastas del pantalón, ajustar una blusa, arreglar bolsillos.

Ahí está Eva Changoluisa Toapanta, reconocida entre las costureras y los locales de este sector. Cuando preguntamos con quién hablar, su nombre sale de la boca de todos los vecinos. “Ella es la que mayor tiempo ha estado aquí, es la más conocida” dice una de las costureras, mientras atiende a su cliente. En esta esquina, el negocio se caracteriza por la rapidez de las manos de quien atiende. La gente llega al lugar, deja su ropa y, como si fuera un lenguaje secreto en el que no se necesitan muchas palabras, las costureras saben cuál es el trabajo que hay que realizar.

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Foto: Freepik

Changoluisa lleva más de 29 años en el oficio. Este 17 de febrero cumplirá 61 años, dice con cierta felicidad en la voz. Oriunda de Quito, pero criada en Santo Domingo, aprendió a coser a los nueve años. “A mí me gustaba hacerle ropa a mis 12 muñecas y también llegué a tener 12 hijos”, comenta entre risas. Su negocio de confección no nació en este barrio, sino en San Roque, en el centro de Quito, junto a su difunto esposo, Segundo Carlos.

Él, proveniente de una familia que conocía sobre el oficio, decidió ofrecer este servicio en el sector. “Yo vendía y él trabajaba en la máquina. Como había bastante trabajo allá decidimos venir a Cotocollao. Trabajó dos años solo y de ahí me uní a él". En el país, el sector textil —que incluye manufactura, comercio y servicios vinculados a las prendas de vestir— empleaba a 115.937 personas, según el Censo Económico 2010 del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC). De ellas, 46.562 trabajaban en manufactura de ropa, 62.352 en comercio y 7.023 en servicios como lavado, limpieza, reparación y arreglos.​

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En total, existían 47.043 establecimientos relacionados el sector y Pichincha concentraba aproximadamente el 27 %; seguida de Guayas con el 17 %. Lo que consolidaba a la Capital como uno de los principales polos de confección y servicios textiles del país. Para 2020, el sector textil ya le daba trabajo a 158.000 personas a nivel nacional. Pero, en un mundo gobernado por el fast fashion, cómo sobrevive el oficio de Eva y el de otras modistas y sastres.

Para Alejandra Salas, periodista, docente y comunicadora de moda, estas personas son las que han sostenido por mucho tiempo la industria. “Son esas caras que muchas veces no vemos, pero que hacen posible que exista una apropiación social de la moda”. Ella explica que este oficio ha sufrido una desconexión con las nuevas generaciones, debido a la rapidez más que a los precios. 

"En otros países, como Estados Unidos o Europa, ir a la sastrería o a la costurera se vuelve casi un lujo, pero aquí es lo contrario. En Latinoamérica todavía podemos encontrar este tipo de servicios a un costo no tan elevado. Sin embargo, la facilidad de compra y los precios del fast fashion hacen que la gente piense que es más beneficioso comprar que acudir a la modista o costurera”.

Foto: Freepik
Foto: Freepik

Años atrás, cada barrio tenía su sastre o costurera de confianza, una figura conocida que cumplía un papel importante en las formas de convivencia del sector. Poco a poco, muchos negocios han cerrado; varios sastres y modistas han optado por ofrecer sus servicios desde casa o formar parte de proyectos locales de diseño de moda. Para Salas, esto se explica por la transformación de la industria y la herencia de los conocimientos dentro de las familias. “En parte, sí puede ser que desde la educación se esté perdiendo este oficio, pero también porque no va acompañado de un valor económico reconocible. Por eso, a mucha gente ya no le interesa aprenderlo y opta por estudiar otras opciones”.

Entonces, ¿cómo se reinterpreta este oficio en un mundo en constante cambio? La docente lo traduce como una forma de resistencia en el caso de modistas y costureras. “Nos lleva al slow fashion, a la sustentabilidad, al upcycling y a valorar las prendas, a darles vida”. En el caso de la sastrería —añade— podría convertirse poco a poco en un oficio ligado al lujo, al buscar el fit perfecto, pero también en un espacio de transformación, con nuevas marcas nacionales que apuestan por propuestas renovadas.

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A pesar de este panorama, Changoluisa no ha notado un cambio significativo en su clientela. Siempre hay alguien que necesita ayuda, un arreglo. Ella sigue manteniendo el cariño por la costura —tal como cuando hacía vestidos para sus muñecas— y el respeto por un oficio que le permitió sostener a su familia. Hoy, dos de sus hijas trabajan con ella, desde las ocho de la mañana hasta las siete de la noche, en esa calle llena de vida. Hablar de una jubilación es imposible: “Si no estoy en mi trabajo, no soy yo”. (I)