Poder crear un accesorio que llegue a definirse como un It bag es la fantasía de la mayoría de los diseñadores en las grandes casas de moda. No solo representa una enorme publicidad para la marca en general, al convertirse en parte de la conversación sobre moda, sino que el bolso en sí puede transformarse en una fuente clave de ingresos durante, literalmente, décadas.
Aunque algunos de los It bags más conocidos fueron diseñados por primera vez en la década de 1950 —como el icónico bolso 2.55 de Chanel, que data de febrero de 1955—, el concepto realmente empezó a hablarse en los años 90, cuando las marcas de moda comenzaron a ser adquiridas se formaron enormes conglomerados de lujo y los nuevos directores creativos se vieron, repentinamente, encargados de ganar mucho, muchísimo más dinero.
Para las casas de moda, los bolsos se convirtieron en la respuesta para grandes beneficios. No solo porque los accesorios son el gran unificador —ya que bolsos, zapatos y joyas resultan menos restrictivos en comparación con las tallas de la mayoría de las colecciones de prêt-à-porter—, sino porque el margen de ganancia en los bolsos de diseñador es enorme. Crear uno que se convierta en un objeto absolutamente imprescindible hace que las marcas se rían camino al banco.
Pero, ¿cuándo un bolso que vende bien se convierte en un It bag? Hoy en día, ¿a qué nos referimos realmente cuando usamos este término? ¿Se ha convertido simplemente en otra expresión dramáticamente sobreutilizada? ¿Es suficiente haber captado nuestra atención durante unas pocas temporadas? ¿Basta con ser un accesorio de culto que define una época o realmente necesita haber trascendido las tendencias durante décadas? ¿Cómo sabemos cuándo un bolso alcanza ese estatus?