Hay accesorios que acompañan un look y otros que lo definen. En los últimos años, la joyería ha dejado de ocupar un lugar secundario en nuestros armarios para convertirse en el punto de partida del estilismo, especialmente a través de piezas que apuestan por el volumen, la forma o incluso el significado.
Este giro, además de responder a una estética, también refleja una forma más personal de relacionarse con lo que se lleva: elegir piezas que no solo decoren, sino que comuniquen. En ese contexto, el maximalismo —más allá del tamaño, en la forma, el proceso o la carga simbólica— ha encontrado nuevas interpretaciones dentro de la joyería contemporánea.
En Ecuador, una generación de diseñadoras está explorando este lenguaje desde distintos frentes: lo ancestral, lo experimental, el oficio y la narrativa. A continuación, una selección de marcas ecuatorianas que trabajan la joyería como un espacio de expresión, donde cada pieza funciona como una declaración en sí misma.
El metal en relieve
Maya KO es la marca de la diseñadora Maya Koulieva, artista originaria de Rusia y radicada en Ecuador, cuyo trabajo se sitúa en un punto intermedio entre la tradición artesanal y la exploración estética. Con formación en arte dramático y una trayectoria de más de 15 años en la joyería, su universo creativo se construye a partir del cruce entre su mirada artística y el contexto local, donde encuentra una fuente constante de inspiración en la naturaleza, la historia y el barroco quiteño.
Como explica la artista, la técnica del repujado es esencial. La ha desarrollado durante más de una década y constituye el eje de su trabajo. Se trata de un método que permite dar volumen al metal desde el reverso, generando relieves y texturas directamente sobre la superficie. En su caso, el bronce se convierte en el material principal por su maleabilidad y por la riqueza visual que adquiere con el tiempo.
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Para Koulieva, este enfoque técnico define el carácter de sus piezas. El collar de león, por ejemplo, evidencia el nivel de detalle que exige el repujado. Solo el trabajo de la figura puede tomar varios días antes de pasar al ensamblaje final. El resultado es una pieza de alta densidad visual, donde cada relieve aporta peso y presencia. Con un valor de US$ 156, se posiciona como una pieza accesible dentro de una técnica altamente especializada.
Por otro lado, el collar de corazón barroco traslada ese mismo dominio técnico hacia una dimensión más simbólica. Aquí, la forma se vuelve más emocional, pero mantiene la complejidad ornamental característica de la marca. Elaborado también en bronce y trabajado manualmente, este diseño —con un valor de US$ 168— refuerza la relación entre técnica y expresión.
Materia en transformación
Magma es una marca reciente —de 2024—, pero con un lenguaje definido. Detrás está Naomi Janowitzer, diseñadora formada en arquitectura, quien hoy lleva la firma de forma independiente y se encarga personalmente de todo el proceso de creación, desde el diseño hasta la producción de las piezas. Janowitzer cuenta que su aproximación a la joyería parte de la exploración de la tridimensionalidad, donde cada objeto se entiende como volumen, estructura y forma en constante desarrollo.
Según explica, su transición hacia la orfebrería responde precisamente a ese interés por el objeto como construcción. El nombre Magma alude a un material en transformación, sin forma fija, que encuentra su estado final durante el proceso. Ese mismo concepto se traslada a sus piezas, que no parten de moldes rígidos, sino de una búsqueda formal que muchas veces se define en el hacer.
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El maximalismo en Magma no se construye desde el tamaño XXL o la acumulación, sino desde una intensidad formal. Son piezas contenidas en escala, pero que funcionan como puntos focales dentro del look. En Space Caviar (fotografía), un rubí colombiano se convierte en el eje de la composición. Su estructura permite llevarla tanto como collar o como coronilla, ampliando sus posibilidades de uso. Elaborada en plata mediante un proceso que incluye escultura en cera, vaciado y trabajo manual en metal, esta pieza tiene un valor de US$ 250.
Narrativas talladas
La práctica de la quiteña Tatiana Cruz se construye desde la premisa de la joyería como un vehículo de energía, historia y significado. A través de su marca homónima, la diseñadora ha desarrollado un lenguaje donde las piedras son el punto de partida y no un complemento, definiendo tanto la forma como la intención de cada pieza.
Con más de dos décadas de trabajo, su proceso parte de la selección de materiales —su origen, su carga simbólica y su relación con el cuerpo— y del tallado directo de las piedras, para luego dar forma a composiciones que funcionan como talismanes contemporáneos. En este universo, referencias al barroco quiteño, la iconografía religiosa y la simbología universal conviven en piezas que se entienden como sistemas completos.
En contraste, el collar del escarabajo introduce una narrativa distinta, pero igualmente cargada de simbolismo. Tallado en turquesa y acompañado de crisocola andina, cuarzos y spondylus, se construye como un mapa de significados donde cada material aporta una capa: renacer, intuición y protección. Con un valor de US$ 1.300, esta pieza resume la esencia de la marca, donde el trabajo manual, el tiempo de elaboración y la carga conceptual convergen en un solo objeto.
Inspiración ancestral
Con base en Guayaquil, Luzma es la marca de joyería de autor de Luz Marina Jara, una diseñadora que construyó su lenguaje a partir de la reinterpretación de símbolos precolombinos y figuras ancestrales. Su trabajo —explica— parte de una búsqueda vinculada a la memoria cultural, donde la joya se entiende como un objeto de conexión.
Desde sus primeras piezas, la marca ha explorado la representación del cuerpo y la identidad a través del metal, particularmente con figuras como la Venus de Valdivia o rostros indígenas que remiten a distintas culturas del territorio. Para Jara, estas referencias se traducen en composiciones contemporáneas que conservan su carga simbólica, con piezas que, además de acompañar un look, lo anclan a una historia.
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El proceso detrás de cada joya es completamente manual y se apoya en técnicas como el repujado, que permite trabajar el volumen directamente sobre el metal. El resultado son piezas ligeras en peso, pero visualmente contundentes, donde el relieve y la textura construyen una estética reconocible. Por ejemplo, la gargantilla con rostro indígena lleva esta intención hacia un terreno más directo, funcionando como un gesto de identidad y afirmación visual. Forma parte de un set completo —que incluye aretes, anillo y brazalete— con un costo de US$ 410.
*Créditos
Fotografía: Daniel Queirolo. Dirección de arte: Estefanía Córdova. Diseñadores y marcas: Maya KO, Magma, Tatiana Cruz, Luzma Joyas y Jervis Studio.
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