Antes de convertirse en tendencia o en un objeto de exportación, el poncho fue —y sigue siendo— un abrigo de identidades. Reconocible por su forma rectangular y la abertura central para la cabeza, esta prenda tiene su origen en las prácticas textiles prehispánicas de los Andes, según investigaciones académicas. Tradicionalmente, se elabora con fibras naturales como lana de llama o alpaca; y su nombre proviene del término quichua punchu, antecedente directo de la palabra "poncho". Mucho antes de que la colonización intentara homogeneizar la indumentaria andina, funcionaba como un mapa de pertenencias, jerarquías y territorios.
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El investigador boliviano David Daniel Huarachi Mamani describe el poncho como “un distintivo de poder que legitima a la autoridad”, y lo vincula con las raíces nativas y los afectos del pueblo. Ese archivo de poder, memoria y pertenencia recorre los telares de Otavalo, Cacha o Saraguro. Según la Academia, en Ecuador se han identificado alrededor de 15 tipos de ponchos que funcionan como identificadores comunitarios.
Cuando la moda ecuatoriana decide intervenir el poncho —abrir su rectángulo, alterar sus proporciones o trasladarlo fuera de su territorio— no parte de una tela en blanco. El desafío consiste en encontrar un equilibrio entre innovación y respeto por los códigos culturales que la prenda encarna.
Harper's BAZAAR Ecuador presenta tres marcas que han asumido ese reto desde miradas distintas.
Olga Fisch Folklore
Olga Fisch fue una artista y coleccionista húngara cuya fascinación por la artesanía ecuatoriana transformó su vida. Llegó al país a finales de la década de 1930 y, al descubrir la riqueza de los textiles indígenas y el arte popular, decidió dedicar su trabajo a preservarlos y proyectarlos internacionalmente. Su colaboración con artesanos contribuyó a perfeccionar técnicas, difundir saberes y sentar las bases de lo que hoy es Olga Fisch Folklore.
Ese legado permanece vivo en la marca dirigida por su familia.
Margara Anhalzer, de 63 años, y su hija Bernie Polanco, directora general y gerente de la firma, describen al poncho como un vínculo esencial con esa tradición. "Eran muy diferentes antes de la llegada de los españoles. El color, el tejido y el diseño definían de qué provincia venía una persona, similar a los bordados de las blusas o la forma de los anacos. La parte de adelante es el futuro; la parte de atrás, el pasado; la parte superior, el cielo; la inferior, la tierra".

Cuando asumió el liderazgo de la casa, Anhalzer decidió profundizar en esa memoria colectiva. Para ello contrató historiadores que le permitieran comprender, desde una perspectiva más documentada, el origen de ciertas formas, colores y usos. "Había mucha información oral y vivencial de Olga; hoy la complementamos con investigaciones".
Anhalzer señala que muchos de esos significados culturales se han perdido con la aceleración de la vida y la desaparición de diversos oficios tradicionales. Durante las últimas dos décadas, numerosos ponchos fueron reemplazados por versiones confeccionadas en hilo acrílico, de menor valor cultural y material. Frente a ese escenario, Olga Fisch Folklore no solo rescata diseños tradicionales, sino que también reactiva oficios.
“Nosotros pedimos las piezas, no el producto terminado, porque la terminación y la costura forman parte de la garantía que damos al cliente”. Actualmente, trabajan con cerca de 60 artesanos, dependiendo del material, la región y la demanda; y mantienen un sistema de trazabilidad que permite conocer, a través de la página web de la marca, quién elaboró cada pieza.

Aunque el poncho fue tradicionalmente una prenda masculina dentro de la cultura andina, Olga Fisch Folklore también lo ha reinterpretado para el vestuario femenino. La marca busca conservar la autenticidad del tejido y de las técnicas artesanales mientras desarrolla piezas con una sensibilidad contemporánea. "La gente busca que esta prenda abrigue y cumpla con esa funcionalidad con un toque de moda. No solo quieren una pieza decorativa".
Entre las propuestas de la casa destacan ponchos elaborados en telar tradicional de pedal, telar de cintura y telar industrial, además de opciones teñidas con pigmentos naturales. En sus colecciones utilizan algodón, lana de oveja, baby alpaca y alpaca, junto con técnicas como el ikat y el macramé. Cada pieza disponible en su página web identifica al artesano que la confeccionó y tiene precios que oscilan entre los US$ 170 y los US$ 400. Para Anhalzer, el poncho representa una "tradición atemporal": una prenda capaz de preservar la memoria textil andina mientras encuentra nuevas formas de dialogar con el presente.
Uku
Aunque nació oficialmente en 2021 durante la pausa que trajo la pandemia del covid-19, Uku llevaba años gestándose de manera silenciosa. Su fundadora, Rafaela Andrade Holguín, de 34 años, creció en Latacunga y hoy describe la marca como el resultado de una suma de experiencias personales y objetivos sociales.
Estudió Administración y cursó una maestría en Marketing, pero fueron los años de trabajo junto a organizaciones sociales, en distintas provincias del país, los que redefinieron el rumbo de su carrera. Allí conoció de cerca las condiciones de pobreza extrema que enfrentaban muchas mujeres de Cotopaxi y comenzó a preguntarse cómo podía aportar a la transformación de esa realidad con un proyecto.
“El principal objetivo de Uku siempre fue ayudar a que las mujeres salgan de ese círculo de pobreza”.
Su idea debía ofrecer una vía concreta para que esas mujeres pudieran generar ingresos sin abandonar sus hogares ni el cuidado de sus hijos. Fue en ese camino cuando conoció a doña Luz y, a través de ella, a Sandy, una joven de Tilipulo que cosía desde los 12 años. A partir de ese encuentro comenzó el proceso de consolidación de la marca, que tomó cerca de seis meses. Con el apoyo de colaboradores locales, Uku produjo un primer lote de 12 ponchos en dos colores y los lanzó a través de canales digitales.

Un año después, Andrade se mudó a Estados Unidos. Desde allí impulsó la formalización del comercio electrónico y, en 2023, lanzó la página web que hoy sostiene buena parte de las ventas internacionales de la marca. Lo artesanal continúa marcando el camino de Uku. La firma comenzó trabajando únicamente con Sandy y hoy también integra a Belén y Normita en su equipo de artesanas. Para la elaboración de los telares estableció alianzas con un proyecto de mujeres en Tungurahua que utiliza acrílico reciclado, al que progresivamente han incorporado mezclas con algodón y nuevos desarrollos en lana.
Uno de los retos actuales del proyecto, mientras Andrade divide su tiempo entre Chile y Ecuador, es avanzar hacia materiales cada vez más naturales y sostenibles, capaces de reducir alergias y mejorar la experiencia de uso en mercados con estaciones mucho más marcadas. Sobre las siluetas distintivas de la firma, Andrade confiesa que nacieron de una necesidad personal. “Soy muy torpe con las manos, entonces, cuando utilizaba esta pieza, era un peligro. Por eso quise que fuera más fácil de poner y más cómodo”. Esa observación la impulsó a desarrollar opciones que se sientan más cercanas a una chaqueta: capas estructuradas, cuellos pensados para ampliar la movilidad y ajustes que permiten superponer prendas por debajo sin perder comodidad.

El proceso ha sido completamente empírico. En sus palabras, ha consistido en "probar y rehacer junto a las artesanas, corrigiendo hombros, largos y la caída de la prenda". Su producción también otorga flexibilidad. Cada pieza puede adaptarse a las necesidades del cliente: acortarse, alargarse o modificarse según sus preferencias, manteniendo siempre el trabajo manual que caracteriza a la marca. En su página web se pueden encontrar opciones desde los US$ 40 hasta los US$ 90.
Awka Wilka
Esta marca traza una conexión que cruza continentes: de Quito a Luxemburgo. Desde el centro de Europa, la cineasta y creadora ecuatoriana Gabriella Moya encontró en el poncho andino el primer puente tangible con su país. Estas fueron las primeras piezas que decidió trabajar, una cápsula inicial pensada tanto para el frío y la lluvia como para el clima extremo de los Andes: una prenda capaz de abrigar y, al mismo tiempo, dejar respirar la piel.
Para esa primera producción, Moya viajó en 2022 con su padre por mercados y comunidades hasta llegar a Peguche, donde encontró el textil que buscaba. Este era una mezcla de alpaca pura con lana de borrego. La marca conservó la grasa natural de la fibra. Para ella, lejos de ser un defecto, esa película de grasa convierte al poncho en un abrigo casi impermeable.
“En Ecuador no hablamos de eso: el poncho es impermeable porque no le hemos quitado la grasita al hilo, esa parte natural es lo que más gusta aquí en Europa”.
Con César y Adela, una familia de tejedores de Peguche con la que hoy trabaja en confianza absoluta, desarrolló el primer modelo. Partieron de un poncho tradicional y lo intervinieron sin traicionar la materia: mantuvieron el tejido, pero modificaron su estructura. Moya llevó desde Luxemburgo el molde inicial y propuso abrir huecos, redondear el cuello, eliminar la capucha y forrar el interior con seda o terciopelo para adaptarlo a pieles europeas más sensibles a la fibra natural. El resultado fueron capas-poncho de cortes limpios, con interior suave y exterior firme, capaces de soportar la lluvia gracias a esa característica.
“En tres semanas llené cinco maletas: los primeros 12 ponchos crudos se vendieron”. Desde entonces, Awka Wilka ha mantenido el mismo patrón base. Moya decidió “mantener el poncho como lo que siempre ha sido: una capa tradicional. Lo que cambia son los detalles, no su esencia” y ha trabajado sobre las variaciones: bolsillos, botones forrados, terciopelo, sedas y una paleta de color que pasó de los beiges y azules profundos a fucsias fosforescentes, naranjas intensos y lilas eléctricos.

Asimismo, cuenta que el nombre significa "sagrado linaje". Para ella, el poncho sigue siendo, antes que nada, un objeto de protección, no un accesorio ornamental. Por eso decidió despojarlo de iconografía y símbolos bordados y concentrarse en la materia: fibra natural, densidad justa, una textura ligeramente áspera que habla de la vida del animal y de la montaña.
La carga simbólica se desplaza a otras piezas de la firma —como los cinturones y hebillas trabajados en peltre y plata, inspirados en la cosmovisión andina—; en los ponchos, en cambio, lo esencial es que la prenda cumpla su promesa ancestral: abrigar, proteger del frío y de la lluvia, acompañar el cuerpo en climas cambiantes, incluso a miles de kilómetros de los Andes.

Tras esa primera cápsula, Awka Wilka extendió su lenguaje en 2024 a las capas bordadas, donde sí reaparecen las narrativas textiles. Una de las series toma como punto de partida el Yamor, la festividad que cada septiembre celebra en Otavalo, en torno a la bebida elaborada con siete variedades de maíz y, con ella, la gratitud a Allpa Mama, la Madre Tierra.
Estas piezas parten desde los US$ 360. Sin embargo, para Moya, el verdadero valor del proyecto está en el vínculo construido con quienes las elaboran y el mensaje de identidad cultural que llevan las creaciones. "Lo más lindo es que mis artesanos pueden replicar los diseños y venderlos en sus propios mercados; es un acuerdo de colaboración". (I)
Fotografía Daniel Queirolo / Maquillaje y Peinado: Veronica Segarra / Modelo: Tiff / Agencia: D.I.S Management