En esta industria, la mirada suele quedarse en quien firma la colección y no en quienes la hacen posible. Detrás de cada lanzamiento hay un trabajo técnico esencial. Son las manos que convierten una idea en una prenda real y quienes construyen las piezas que vemos en pasarela, pero pocas veces reciben atención. Esto ocurre con muchos oficios artesanales que luchan por mantenerse visibles y valorados con el paso del tiempo.
Según la historia de la moda, los patrones se desarrollaron entre la Edad Media y el Renacimiento, cuando la indumentaria empezó a alejarse de las túnicas y los faldones simples, utilizados por muchas civilizaciones antiguas. En esa época, las prendas se construían con modelos rectangulares y poco estructurados, ajustados al cuerpo con sogas o cintas.
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Con la aparición de opciones más elaboradas —como túnicas y jubones con mangas—, sastres y modistas comenzaron a desarrollar técnicas para adaptar los textiles a la anatomía humana. Así nacieron los trazos y los cortes que dieron paso al patronaje como base de la confección moderna.
Este proceso es “trasladar un diseño, de un boceto 2D a la tridimensionalidad”, dice Marisol De Otero, maestra patronista y dueña de la escuela La Costura. Después de terminar la carrera de cine en la Universidad San Francisco de Quito, se encontró con una nueva pasión por el vestuario y la moda. Tuvo la oportunidad de vivir y estudiar en Barcelona en el Instituto Central del Sistema Martí, un lugar con más de un siglo de experiencia en modistería.
En aquel periodo, en España surgió un auge de academias y talleres dedicados a enseñar el oficio desde un enfoque más especializado. Hasta entonces, la formación era principalmente práctica: se aprendía pasando de confeccionista a aprendiz, con un proceso rudimentario basado en la experiencia, la repetición y las pruebas sobre la prenda. Entre las instituciones más reconocidas a nivel mundial se encuentran el Colegio de Nuestra Señora del Carmen, la academia de corte de María del Carmen Feliu y el Instituto Central del Sistema Martí, vinculado a una tradición de enseñanza que se remonta al siglo XIX.
En este contexto, Mariola Sanabria, diseñadora gráfica y exalumna del sistema Martí, destaca que la formación recibida en el instituto fortaleció su técnica, le permitió impartir clases y reforzó su vínculo con una profesión que ya sentía cercana, al haber crecido en una familia vinculada a la sastrería y a la modistería. Recuerda además que, desde los seis años, experimentaba con retazos de tela en casa, intentando convertirlos en prendas, como una falda improvisada que “quedó fatal”.
Tras años de trabajo como diseñadora, Sanabria fundó en 2015 su propia escuela, Fashion Art Academy, con el aval del Sistema Martí, y más adelante asumió la coordinación del departamento académico y online del instituto. Durante la pandemia, esta experta creó un curso digital que continúa activo y que permite formar estudiantes de distintas partes del mundo mediante material audiovisual y tutoriales.
Para Irina Blojina, diseñadora de moda y académica, el patronaje es una parte esencial de este rubro porque permite mejorar la producción a través de la especialización del trabajo. Su formación empezó en una escuela técnica para aprender el proceso manual y luego estudió en la Universidad Tecnológica Equinoccial, una de las primeras en ofrecer una carrera universitaria en moda en Ecuador.
A lo largo de su carrera trabajó en el área de patronaje en Marathon y luego en la docencia y la coordinación académica. Desde allí impulsó mejoras en los procesos de producción, analizando prendas internacionales para optimizar cortes, reducir costos y aprovechar mejor los materiales. Ella habla de la llegada del patronaje digital, que cambió la forma de trabajar al permitir crear más moldes en menos tiempo. Se capacitó en el sistema Gerber, uno de los primeros programas digitales para moda.
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De Otero asocia la labor del patronista como un arquitecto de prendas: “Tal como un arquitecto no es nadie sin sus cálculos y planos, un diseñador no puede llegar a nada sin bases de moldería”. Algo en lo que Blojina coincide: “No por nada Tom Ford, a pesar de ser arquitecto de profesión, encontró su camino en la moda”.
Además, señala que el área técnica de la moda suele estar desvalorizada frente a la parte creativa, lo que genera una brecha en la formación de artistas. En muchos casos, la falta de conocimiento sobre patronaje y construcción de prendas dificulta la materialización de los diseños y afecta el desempeño profesional. Por ello, considera necesario reforzar esta enseñanza desde las instituciones educativas para evitar un desfase entre la creatividad y la técnica. Desde su experiencia, el patronaje es un conocimiento complejo que integra matemática, anatomía, textiles y pensamiento crítico, aspectos que no pueden ser reemplazados por la tecnología.
Las tres expertas están de acuerdo en que la moda se sostiene sobre tres aristas fundamentales que funcionan de manera interdependiente. Se necesitan creativos capaces de transformar la inspiración en diseño, patronistas que traduzcan esas ideas en estructuras mediante la moldería y confeccionistas que materialicen cada pieza con precisión técnica. También señalan que su visibilidad solo puede fortalecerse a través de espacios de diálogo que permitan replantear su organización y reconocer el valor de cada etapa del proceso.
El futuro es incierto, pero, a pesar de la gran brecha que persiste, hoy en día los jóvenes se interesan cada vez más por los oficios manuales, con el sueño de crear algo con sus propias manos. Esto deja la esperanza de que las nuevas generaciones logren un equilibrio justo para esta profesión. (I)