Marsuarte nace de una forma de mirar el arte que va más allá de lo comercial. Patricio Ávila y Martha Parra, una pareja de conocedores y coleccionistas de arte, entendieron que esta industria no es solo algo que se adquiere, sino que se aprecia y se comparte. De esa convicción nace su nombre, una síntesis entre Martha de Ávila y su práctica creativa. Un puente entre creadores, públicos y una familia que asumió la cultura como una responsabilidad compartida.
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El equipo de Harper’s BAZAAR Ecuador conversó con una de sus herederas, Paola, quien asumió —tras la pandemia— la dirección de esta galería. La misma que abrió sus puertas en 1985, en la Avenida 6 de Diciembre, en Quito. Desde sus inicios, se movió —según Ávila— en un entorno profundamente social y cultural, lo que permitió su rápido crecimiento en la Capital. Con el tiempo, ese primer espacio quedó pequeño y, a finales de los años noventa, se trasladaron a un local construido especialmente para la exhibición de arte. Diseñado con una doble altura, respondía a una necesidad clara: ofrecer a los artistas y a sus obras un lugar pensado desde la arquitectura para ser visto y recorrido.
El verdadero patrimonio —enfatiza Ávila— siempre han sido los artistas. La galería mantuvo una relación cercana y directa con figuras del arte ecuatoriano como: Oswaldo Guayasamín, Oswaldo Viteri, Eduardo Kingman, Gonzalo Endara Crow, entre otros, “acompañando sus trayectorias desde el criterio, la confianza y el respaldo constante”. A ese diálogo se sumaron artistas extranjeros que encontraron una plataforma seria y exigente, como Carlos Catasse, cuya relación con la galería se extendió por casi dos décadas y se convirtió en el único artista extranjero en recibir el Premio Mariano Aguilera, el máximo reconocimiento de la pintura en el país.
Ávila relata que estos casos —como el del artista ruso Víctor Anufriev— reflejan esa lógica de apoyo mutuo y colaboración sostenida. “No solo exhibimos nombres, construimos relaciones duraderas. Esta cercanía nos permitió garantizar la autenticidad, la procedencia y la calidad de cada obra, consolidando nuestra galería como un espacio de lujo cultural”.
Marsuarte —además de su galería principal— contó con locales en el hotel JW Marriott Quito, en el hotel Swissôtel Quito y en la Avenida La Coruña, ampliando su alcance dentro del circuito cultural. Actualmente, este legado familiar continúa desde su establecimiento en el parque de Cumbayá. Según Ávila, ahora dialogan con nuevos gustos, nuevas formas de habitar el arte y una lectura estética más contemporánea. Su madre aún visita la galería, observa, conversa y acompaña. El intercambio es permanente y el aprendizaje fluye en ambos sentidos.
“Hemos incorporado joyería, objetos y piezas de decoración que no responden a una ruptura, sino a una evolución natural”.
En la entrevista, esta quiteña comenta que también han realizado subastas benéficas y colaboraciones con distintas fundaciones, entendiendo el arte como una herramienta de apoyo y solidaridad. En 2005, tras el paso del huracán Katrina en Nueva Orleans, Estados Unidos, la galería organizó una subasta para recaudar fondos destinados a los damnificados. Acciones como esta se han repetido a lo largo de estas décadas, con el apoyo de instituciones privadas.
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Paola, con una vida rodeada de obras y artistas, se ha visto orientada a difundir el arte ecuatoriano fuera del país. Realizó tres exposiciones en Boston, Estados Unidos, y hoy mantiene ese espíritu renovado desde Cumbayá. Para terminar la entrevista, asegura que las innovaciones no buscan reemplazar, sino ampliar la mirada de la galería, manteniendo intacta la exigencia, el criterio y la sensibilidad que los ha definido. Más que un negocio, Marsuarte es una prueba viva de que cuando el arte se sostiene desde el compromiso, puede atravesar generaciones. (I)