No es la primera vez que Bandalos Chinos visita Ecuador. De hecho, esta es su tercera vez en el país, pero esta ocasión se siente distinta. La banda aterrizó en un mes extraño para Quito: esos días donde el cielo pasa de estar completamente despejado a descargar una lluvia intensa 10 minutos después. Fue cómico, si pensamos en la sesión de fotos que organizamos al aire libre con este grupo.
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Hace dos semanas, también bajo un frío persistente, pero en Buenos Aires, Gregorio “Goyo” Degano, vocalista de la banda, explicó —durante una entrevista virtual— que se sentía como una de las canciones de su nuevo disco Vándalos, que da nombre a su gira actual. “Hoy te diría que me siento como Revelación II. La canción tiene un beat que te levanta, pero la letra habla de no estar conectado con uno mismo. Eso me hace sentir el frío”.
La agrupación nació en 2009 en Beccar, una de las áreas metropolitanas de Buenos Aires. Mucho antes de los premios, las giras por Europa o las noches de concierto eran, literalmente, un grupo de amigos que jugaban a hacer música. Ellos mismos recuerdan que, al principio, era solo una actividad más entre andar en bici y jugar fútbol; no había planes de éxito, ni contratos ni estrategias. Hacer canciones era una extensión de la amistad, una excusa para estar juntos y experimentar con sonidos sin pensar en listas de reproducción, views o mercados. Han pasado casi dos décadas y hoy, esos mismos amigos, lideran una de las propuestas musicales argentinas más influyentes de la escena latina.
“En algún momento la cosa se profesionalizó tanto que dejamos de jugar”, admite Goyo, al recordar los años de giras intensas que siguieron al éxito de discos como BACH y Paranoia pop. Desde ese sentir, nace Vándalos. Incluso su nombre parece reflejar una maduración que, al mismo tiempo, les permite reinventarse. Seis meses de trabajo en un estudio en Argentina, acompañados por la influencia de bandas como LCD Soundsystem, dieron forma a un álbum que se lanzó oficialmente en abril de 2025.
Con dos nominaciones en la entrega 26 de los Latin Grammy por Mejor Álbum Pop/Rock y mejor canción alternativa, esta propuesta fue bien acogida. Goyo manifiesta que más que inaugurar una etapa, el reto fue volver a divertirse. “Lo más desafiante fue realmente volver a jugar en el estudio. Una vez que entramos en ese flow todo fue muy natural”. Esto no implicó mirar atrás, sino cambiar la manera de trabajar para que la banda volviera a sentirse un lugar de disfrute.
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Él describe a la industria que los rodea como una caja de Pandora. “Es un organismo vivo, está en movimiento y cambia constantemente. Todo el tiempo está en expansión. Primero, con la llegada del internet, que democratizó el arte y dio oportunidad a los que no teníamos un contrato discográfico ni un estudio. También pasamos de una primavera postpandemia —en donde había muchos festivales y shows por todo el mundo— a un momento en el que cada vez es más difícil hacer rentable una gira”. Aun así, el vocalista reconoce que nunca hubo tanta visibilidad para la música latina. En ese contexto, está el reto de encontrar un equilibrio entre pasión y trabajo.
“Para nosotros la música era nuestra pasión. El problema surge cuando eso se convierte en tu fuente de ingresos para vivir. Y más aún cuando lo haces con tus amigos”.
Ahí entra en escena la estructura interna de la banda. Él explica que no es “Goyo y los Bandalos Chinos”. No hay un dueño ni una figura que concentre el poder. Son seis amigos, seis socios en partes iguales, con el mismo poder de decisión y un voto que pesa lo mismo para cada uno. Goyo lo define con ironía como una “democracia totalitaria”: hasta que no estén todos de acuerdo, es difícil que algo avance. Esa forma de decidir puede volver más lento cualquier proceso, pero también asegura que nadie se sienta un empleado dentro de su propio proyecto.
Poco después de la pandemia, la banda decidió acudir a terapia. “Fue un espacio que nos dio muchas herramientas para balancear la vida profesional y el goce que encontramos en lo que hacemos”. Cuando intenta ejemplificar la evolución de la banda, recurre a la imagen de un día entero. La mañana son los primeros EP de 2014 y 2016, algo fundacional, con la fuerza del sol saliendo. El mediodía y la tarde corresponden a lo que ellos llaman la etapa Jodorowsky: los años de BACH, Paranoia Pop y El Big Blue, una fase cancionera, luminosa, que los fue llevando, disco a disco, a otro nivel. “Ahora estamos entrando en una etapa más nocturna”, dice sobre Vándalos, un disco de siete u ocho de la noche, cuando la luz empieza a apagarse y aparecen otros climas.
Lo que viene después todavía está en borrador. La banda se encuentra en una etapa de génesis, “muy verde”, sin un norte completamente definido. La sensación para él es la de crear un álbum largo, con muchas canciones y muchos climas, donde aparezcan rastros de todas sus épocas y, más que una ruptura total, haya un repaso de su propia historia. En Quito, a pesar de la lluvia, del aterrizaje de madrugada y de los años de movimiento por Latinoamérica, Estados Unidos y Europa, no se muestran como una banda agotada, sino como un grupo que ha aprendido a adaptarse y a disfrutar de cada lugar.
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Mientras recorren la Plaza de San Francisco, buscando casi como un juego ese último adoquín de la leyenda de Cantuña, quedó claro que siguen manteniendo esa esencia que nació en la adolescencia. Hoy toman decisiones creativas más complejas y sostienen una carrera internacional, pero todavía disfrutan perderse en una ciudad nueva, improvisar chistes entre toma y toma y reírse entre ellos. “Cambiamos el productor, el estudio, el contexto. Cambiamos el tiempo que le dedicamos, la forma de hacer las canciones y la metodología. Todo lo renovamos, lo único que no pudimos cambiar fue a nosotros mismos”. Tal vez por eso, luego de 17 años, Bandalos Chinos sigue pareciendo un grupo de amigos que hace música recorriendo el mundo. (I)
Hoy, 5 de junio, se presentarán en Puembo gracias a Caña Producciones y también visitarán Guayaquil para encabezar el Festival Fuerza Natural.
*Créditos
Maquillaje y Peinado: Ela Pinto. Agradecimiento especial: Numen.