“¿Cómo suena Brenda?”, le pregunté en la mitad de la entrevista. “Es la nueva música ecuatoriana”, contesta, con absoluta certeza, Brenda Andrade, quien tuvo la dicha de nacer en un hogar con una mezcla de raíces serranas y costeñas. Esto le permitió crear su identidad a través de dos culturas separadas por montañas y ríos. Su familia —de acuerdo con su relato— tenía la costumbre de vacacionar en el pueblo de sus parientes paternos. “Al mes de nacida yo ya me movía entre Otavalo y Guayaquil. Con el paso de los años, me sorprendían los paisajes, la cultura, la diferencia entre la comida y la música”.
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A los tres años empezó a cantar. Su abuela paterna, llamada Teresa, le hacía escuchar sanjuanitos y agrupaciones como Los Hermanos Miño y el Dúo Benítez Valencia. Por otro lado, en Guayaquil tenía parientes con los que escuchaba boleros, vals y pasillos. Obtenía la identidad de cada región a través de notas musicales y cariño familiar. Aunque tenía esta tendencia por lo artístico, nunca pensó en hacerlo profesionalmente y estudió publicidad y redacción creativa en la Universidad Casa Grande. Hoy, en medio de la entrevista, reflexiona que esos conocimientos le dieron otra visión.
“Me hizo entender que la música —o cualquier otro arte— no es solo una forma de expresión, puede convertirse en un negocio. No cambié de oficio solo de industria”.
En 2019, su amigo pianista, Miguel Gallardo, la puso en contacto con un productor para gestar un proyecto sonoro, pero la pandemia de Covid-19 pausó los planes. “Fue una oportunidad para tomar la valentía de escoger y decidir. Mi papá estaba preocupado, pero yo estaba segura de que esto me haría feliz”. Al retomar el proyecto hizo un homenaje a Julio Jaramillo, no solo por su trabajo, sino por las memorias que tenía con su familia. Andrade —a pesar de no tener una educación formal en un conservatorio— estudió por su cuenta la voz del Ruiseñor de América; los matices, la intención, la fuerza y las influencias tangueras en algunas canciones.
Para ella, esta temporada la ayudó a prepararse como intérprete y a seguir explorando su voz para generar una identidad propia. La composición también tocó su puerta y —apenas se acabaron las restricciones— recorrió el país. “Me fui a Imbabura, a las comunidades, porque quería aprender y estudiar la música nacional de la mano de la gente que sabe tocarla. Me quedé un mes y medio con mis kumbarys —compadres en quichua—. Luego pasé por Santo Domingo de los Tsáchilas, Esmeraldas y El Juncal”.
Con esas experiencias, las creaciones empezaron a florecer. A esta guayaquileña le daban ganas de componer sanjuanitos, bombas… todos los géneros que estaba conociendo. La clave, según su relato, estuvo en reconocer su mestizaje y vivirlo a través de su arte. En 2023, lanzó su primer EP (un formato musical intermedio entre un single y un álbum completo), titulado En la tierra, que consta de dos canciones (En la tierra y Capullito). Con esto se presentará a más de 3.000 kilómetros de Ecuador, llevando por primera vez un requinto a Viña del Mar.
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“Mi identidad siempre está presente. En mi primera canción lo digo. Por más que esté perdida en el mundo, volver a mi tierra, en este caso mi país, me hace tocar nuevamente mi rumbo”. Su idea de participar en este festival nació de la curiosidad. Había visto a Renata Flores, una cantante peruana que hace rap quichua, lo que la motivó a investigar. Descubrió que la postulación es abierta por lo que tuvo un primer intento en 2024, con una respuesta negativa. Un año más tarde lo logró, transformando su rutina actual en prácticas y ensayos. “Lo he tomado con mucha responsabilidad. Estoy preparándome en el tema artístico y en el espacio visual”. Andrade busca representar al país con la colaboración de artistas y diseñadores nacionales como Jonathan Ortiz.
“Más que ganar quiero dejar el nombre del país en lo alto y que vean a estos nuevos artistas emergentes que están desarrollando la música nacional”.
La canción con la que se presentará, un sanjuanito con la cadencia de la bomba andina, ha cambiado de significado. Inició siendo una canción inspirada en una relación, ejemplificando a esa persona en el capullo, pero hoy siente que es ella misma, al estar floreciendo.
Andrade lanzará un nuevo EP este año, donde juega con el yumbo, el género tradicional que se asemeja a los latidos del corazón. Es la canción más arriesgada que ha compuesto. “Es rarísima, no tiene coro. Ya veremos cómo la recibe el público, pero de eso se trata, de jugar”. Para esta artista guayaquileña, el canto se ha convertido en una herramienta para conectar con las personas, una forma de sanación, de desahogo y de medicina que le ayuda a atravesar cada momento de su vida. (I)
Fotografía: Amanda Espinosa de los Monteros