Cuando organicé mi boda, descubrí que planificar una celebración de este tipo significa tomar muchas más decisiones de las que imaginaba. Algunos detalles los teníamos claros desde el principio; otros fueron apareciendo en el camino. De algo sí estábamos seguros; queríamos que esta experiencia fuera significativa tanto para nosotros como para nuestros invitados.
Un estudio sobre la mediatización de las bodas, publicado en la revista académica Religions, sostiene que estos eventos son un “punto de encuentro” entre las instituciones, las normas y las preferencias individuales. Por lo tanto, es una práctica social en la que conviven las decisiones personales y las expectativas colectivas. La elección del lugar, el número de invitados, el tipo de ceremonia e incluso el vestido blanco forman parte de una tradición que cada pareja puede conservar, adaptar o transformar. Pero ¿cómo decidir qué es realmente importante?
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Carmela Tello, wedding & event planner, manifiesta que este gran día ha cambiado mucho con el paso de los años. Hace aproximadamente 40 años, las celebraciones eran más sencillas. En esa época, “el enfoque estaba en cumplir con el criterio que imponía la sociedad”. Solían realizarse en la casa de los padres o de los abuelos. La lista de invitados dependía de la capacidad del espacio y la música se sintonizaba desde una emisora de radio o, a lo mucho, se contrataba a un DJ. Más adelante, las orquestas ganaron protagonismo, hasta convertirse en algo casi indispensable. Hoy, la música es una gran prioridad en los matrimonios, con una producción más sofisticada que incluye tarimas, pantallas e iluminación, sobre todo porque “la mayoría sí quiere una buena fiesta”, señala Tello. Posteriormente, los casamientos se mudaron a los hoteles, pero su ambiente cerrado impulsó la búsqueda de espacios al aire libre. “Así nacieron las quintas”, recuerda.
Las ceremonias también han cambiado. “Antes siempre eran católicas, especialmente en sociedades como la ecuatoriana; ahora vemos más ceremonias simbólicas, hechas a la medida de lo que cada pareja quiere transmitir”, explica la organizadora. El estudio, mencionado anteriormente, también identifica una mayor diversidad en este ámbito, señalando que es más frecuente que se celebren al aire libre, en playas o en jardines.
En nuestro caso, decidimos casarnos por la iglesia católica porque representaba las creencias de ambos. Nos preparamos para comprender cada símbolo del rito, elegir las lecturas y encontrar un oficiante con quien nos sintiéramos identificados. Queríamos conservar la tradición, pero también participar en las decisiones y hacer que ese momento tuviera un significado propio. Actualmente, en Ecuador hay mayor apertura para que las bodas reflejen los gustos individuales. “Es importante que los novios participen en el proceso y hayan elegido lo que realmente les interesa para su día”, comenta la especialista. El gran día ahora es menos clásico, tiene menos protocolos y se piensa más como una ocasión para disfrutar, compartir y pasar un buen momento.
La pandemia del COVID-19 influyó en esta transición. Para Tello, la celebración cobró más peso para cada pareja, en lugar de cumplir con expectativas sociales. En su visión, quienes acompañan a los novios pueden tener más impacto que algunos de los elementos materiales de este día. Pamela Dávila, organizadora de eventos y dueña de la marca Frágola, recuerda que en ese tiempo ganaron popularidad las uniones íntimas o “boutique”, con una lista de invitados reducida. Aunque señala que esta tendencia es más habitual en las ceremonias civiles que en las eclesiásticas. La lista de invitados se convirtió en una de las decisiones más personales para nosotros. Queríamos reunir a quienes conocían nuestra historia y habían formado parte de nuestra relación. En lugar de pensar en una gran fiesta, era importante compartir ese momento con personas realmente significativas en nuestras vidas.
Otro factor que ha influido en la transformación de los eventos nupciales es la expansión de las redes sociales.
Para las organizadoras, plataformas como Instagram, TikTok y Pinterest les permiten conocer celebraciones de todo el mundo, descubrir nuevas tendencias y obtener referencias para crear su propia estética. Si bien estas imágenes sirven de inspiración, también incentivan el deseo de que cada evento tenga su propia esencia, en lugar de ser una réplica de otra.
En mi caso, Pinterest fue una de las herramientas que más utilicé para definir el concepto visual de mi evento. Busqué referencias sobre colores, texturas, flores, vajillas y muebles, y las recopilé en un moodboard. Esto coincide con lo que ha observado Dávila en su trabajo. “Antes la novia llegaba donde la decoradora y le explicaba cómo se imaginó desde niña este día especial, pero ahora ellas llegan con fotografías que encontraron en Pinterest”. A partir de esas referencias, señala que los proveedores pueden reunir distintas ideas y desarrollar propuestas de diseño acordes con lo que buscan los novios.
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Esta búsqueda se refleja, de igual manera, en el crecimiento de la industria nupcial. De acuerdo con un informe de Fortune Business Insights de 2026 sobre el mercado global de servicios de bodas, los servicios de alquiler y catering representarán el 35,25 % del mercado mundial de estas prestaciones en este año, lo que los convertiría en el segmento con mayor participación. El estudio además señala que la influencia de las redes sociales motiva a las parejas a planear bodas con experiencias exclusivas, visualmente llamativas y hechas a la medida. Esta demanda ha impulsado a los proveedores a expandir sus paquetes y servicios.
Para Dávila, la comida, por ejemplo, puede convertirse en un elemento central del evento mediante una presentación distinta, “con una vajilla especial o una oferta gastronómica de autor”. Lo mismo ocurre con la música, los artistas y los detalles que los invitados pueden llevarse como recuerdo.
Por otro lado, decidir cómo será este encuentro y qué experiencias se ofrecerán implica tomar decisiones sobre el presupuesto. En nuestro caso, el lugar fue una de las primeras elecciones. Una vez reservado, pasamos a buscar el servicio de catering, la decoración y la música. Cada decisión conllevaba encontrar un equilibrio entre lo que teníamos en mente y lo que podíamos costear. “Es fundamental fijar un presupuesto desde el principio”, dice Dávila. A partir de esa cifra, se pueden distribuir los recursos entre los distintos servicios y fijar las prioridades de cada pareja. Mi esposo y yo establecimos rubros para todo, desde el catering hasta la impresión de las invitaciones. Esto nos ayudó a filtrar con qué proveedores podíamos trabajar y cuáles descartar.
Al final, buscamos que todas las decisiones tuvieran sentido. Queríamos encontrar un equilibrio entre lo que nos imaginábamos y lo que era posible, y crear momentos inolvidables que pudiéramos recordar con cariño, con detalles que nuestros invitados también pudieran disfrutar. (I)