Es una escena triste de la película. Ha pasado algo que ya estaba predestinado y todos los personajes no tienen más remedio que mostrar su tristeza. En Nosotros, mi papá y el perro —el filme de Pablo Arturo Suárez que se estrena en salas nacionales el primer fin de semana de febrero— la tragedia está presente. Sin embargo, de golpe, alguien dice o hace algo y el espectador solo puede reír. No es una carcajada, sino ese acto tan humano de que, en un momento complicado, puede y va a pasar algo que ayude a que esa situación sea llevadera.
Cuando el elenco de esta película se ha juntado para lidiar con su dolor, uno de ellos dirá algo que será tan gracioso que no habrá más respuesta que la risa. La obra de Suárez hace eso varias veces y no como fórmula, sino como guiño a lo que sucede en el día a día de todo ser humano. Las amarguras no son nunca enteramente amargas, siempre existirá algo que nos ayudará a salir del agujero para entenderlo mejor.
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En Nosotros, mi papá y el perro, Sebastián —un Alejandro Fajardo absolutamente increíble— tiene 45 años, ha sido despedido de su trabajo; no sabe cómo conectar con su hijo adolescente, que ya no quiere estudiar por ser youtuber; tampoco tiene idea de cómo cuidar a su padre, adulto mayor adicto a la pornografía; y sabe que la relación con su esposa —una impresionante Monserrath Astudillo como Marinés— se sostiene por un hilo que pronto se romperá. La crisis está ahí, servida y todo estalla cuando su hermano menor Pedro —un Stéfano Bajak que se lo puede querer y odiar por igual— regresa luego de ocho años de estar fuera del país, sin avisarle nada a nadie, en compañía de su novia rusa, Masha. Llega porque quiere el dinero que le corresponde como herencia.
Esta sinopsis solo ofrece el lado trágico y problemático del filme, pero va más allá. Se trata de una película sobre el amor que, por encima de todo, siempre está ahí para la familia, incluso cuando parece lo contrario. En el medio, risas seguras, ya sea por lo que sucede entre los actores o por la manera en que se ha editado el filme.
“La película surge de esta necesidad de hablar sobre las dinámicas masculinas de una familia en la que la mayoría son hombres, pero en la que todo gira alrededor de la figura de la madre”, dice Suárez al hablar de la génesis del filme.
Pero aquí hay una particularidad: esta madre está muerta y hay un vacío que no tienen cómo llenar. “Lo que quería era construir una historia sobre las dinámicas familiares, pero desde una comedia como la vida misma”, confiesa el director, que coescribió el guion junto a Daniela Granja y el comediante Esteban “Ave” Jaramillo.
Una producción particular
Pablo Arturo Suárez apostó por una manera particular de producción: no recurrió a fondos públicos. No por rechazo a esta forma de financiamiento, sino para no tener que esperar una respuesta, que bien pudo ser positiva o negativa. Nosotros, mi papá y el perro se financió con fondos privados, que se fueron sumando en este camino de ocho años de desarrollo.
Hacer cine en Ecuador toma tiempo y en ocasiones significa hacerles frente a situaciones externas. Y este largometraje no fue la excepción: el rodaje se realizó entre enero y febrero de 2020, justo un mes antes del inicio del confinamiento por la pandemia. “Nos tomó tiempo cerrar el presupuesto para acabar la película. Entonces fueron algunos años hasta que esté listo. Lo lindo es que no envejeció mal, parece que fue filmado ayer”, confiesa el director y tiene mucha razón.
La fuerza de esta película está en la relación de los personajes, en las escenas sostenidas en sus diálogos y en las sensaciones que aparecen en pantalla. Sebastián está perdido y a través de él se puede ver la desesperación de los demás. Si Nosotros, mi papá y el perro no ha perdido vigencia —a pesar de haberse rodado hace seis años— es porque es una película que habla de algo que a todos nos toca. Además de hacerlo con mucha gracia, como pasa en las escenas en las que Sebastián debe ir a sacar a su papá de un cine porno, humor garantizado.
El resultado es un trabajo muy en onda del cine independiente de comedia de Estados Unidos. Para quien ve este tipo de películas, la comparación con las obras del cineasta Alexander Payne está muy presente y revela la profundidad de lo que pasa aquí. ¿Qué hizo la diferencia? Es un trabajo colaborativo delante y detrás de cámaras. “Desde el inicio, desde esa semilla con mi hermano, hasta el proceso del guion, fue un viaje colaborativo que permitió ese balance entre comedia y los momentos de reflexión que son un contrapunto interesante en la película”.
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Con un presupuesto final de US$ 150.000, el filme ha participado desde el año pasado en varios festivales de cine en diversos lugares. Entre ellos en San Francisco Latino Film Festival, el Toronto Latin American Film Festival y recientemente ha entrado en festivales en Bucaramanga, en Colombia, en Houston y en New Hampshire, Estados Unidos.
“Curiosamente encontró un camino interesante en Norteamérica en festivales de cine con tinte latino o independiente, más pequeños”.
Él no quiere que sus próximos proyectos se demoren 10 años —su primera película, Tan distintos, es de 2016—, sino hacerlos en tres. Por lo pronto, hay dos proyectos en desarrollo: Cuando llegaron los helicópteros, un filme que espera rodar a fines de año, que es la historia de una pareja, sucede en la Amazonía y funciona como un alegato en contra de la extracción petrolera. El segundo, todavía muy temprano en preproducción, es Tu silencio y el pasar del tiempo, una historia con el foco puesto en la vida de su abuela en el Quito de los años 50. (I)