A lo largo de una carrera que abarca más de tres décadas, Lucy Liu se ha transformado en una de Los ángeles de Charlie; en una implacable y letal líder de la Yakuza en Kill Bill, de Quentin Tarantino; en una abogada brillante y sin filtros en Ally McBeal, de David E. Kelley; e incluso en una versión femenina del Dr. Watson en Elementary, la reinterpretación contemporánea de Sherlock Holmes producida por CBS.
Pero en Rosemead, que marca su primer protagónico dramático, Liu deja atrás su faceta de estrella de acción para asumir un papel profundamente íntimo y emocionalmente descarnado. En esta nueva película independiente, la actriz ofrece una interpretación inquietante y definitoria de su carrera como Irene, una madre inmigrante china y viuda que enfrenta su propio diagnóstico de cáncer terminal mientras intenta acompañar el agravamiento de la esquizofrenia de su hijo Joe (Lawrence Shou), a punto de entrar en la adultez.
Basada en un artículo publicado en 2017 por Frank Shyong en Los Angeles Times y ambientada en el Valle de San Gabriel, al sur de California, la película —dirigida por Eric Lin, en su debut como realizador tras una larga trayectoria como director de fotografía— traza un retrato crudo de la alienación y la estigmatización de la salud mental, dentro de la comunidad asiático-estadounidense. En este contexto, la necesidad de “guardar las apariencias” —la estricta prioridad de evitar la vergüenza y preservar la imagen pública— alimenta una cultura de silencio profundamente arraigada. Sin embargo, Liu sostiene que Rosemead cuenta, en esencia, una historia universal: la del amor incondicional de una madre por su hijo.
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“Solo quería contar la historia desde otro ángulo y comprender realmente por qué ella fue llevada por ese camino y por qué sintió que no tenía otra opción”, cuenta Liu a Harper’s BAZAAR sobre su intención de humanizar a su personaje, quien comete un acto inconcebible para proteger a su hijo —y a otros— en los últimos días de su vida.
“Queríamos resaltar de verdad cuánto se amaban y dejar claro que ella actúa desde un lugar de profunda compasión hacia su familia, pero también desde un espacio de pérdida. Se había aislado tanto que la soledad se volvió abrumadora y desde ahí ya no fue capaz de tomar decisiones con los pies en la tierra”. Liu siempre supo que la temática oscura de Rosemead sería difícil de vender. Parte de ella, confiesa, no creía que la película llegara siquiera a ver la luz. Se sumó al proyecto como protagonista y productora a comienzos de 2019, pero durante años la cinta no logró conseguir financiamiento.
A pesar de la frustración que le generaba el limitado interés de Hollywood por historias lideradas por actores asiáticos que no incluyeran artes marciales ni fueran Crazy Rich Asians, Liu se mantuvo firme en su decisión de seguir adelante con el proyecto. “Para mí, la parte más importante de ser productora es asegurarme de que estas historias estén disponibles para otras personas, para que no se sientan aisladas".

Para interpretar a Irene, Liu retomó el mandarín que hablaba durante su infancia, cuando creció en un hogar chino en el vecindario de Jackson Heights, en Queens. Volver al único idioma que habló hasta los cinco años le permitió reconectar de forma natural con su niña interior.
“Creo que trae de vuelta muchas de las sensaciones de cuando realmente eras pequeña. Es un idioma cálido y, al mismo tiempo, muy vulnerable, así que hay una sensación de protección asociada a la lengua, pero también una de estar expuesta”, comenta sobre hablar mandarín extensamente por primera vez frente a una cámara.
Y aunque en casa habla inglés, Liu se ha esforzado por transmitir el mandarín a su hijo Rockwell, que hoy tiene 10 años. “Creo que es algo que, con el tiempo, espero que valore. Ahora está tomando clases y no necesariamente es fácil. Pero me encanta que esté haciendo el esfuerzo. Eso me hace muy feliz y su maestra es muy paciente y maravillosa. Creo que aprender otro idioma es fundamental, sea cual sea —pero especialmente el chino, viniendo de esa herencia—, porque el mundo se abre de una manera enorme”.
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El lenguaje fue un elemento central en la construcción de Irene, una mujer a quien las circunstancias hacen sentirse pequeña, pero que aun así no retrocede cuando se trata de apoyar a su único hijo. Liu trabajó de cerca con un dialect coach, analizando meticulosamente cada línea para dominar no solo el acento correcto y el uso del mandarín, sino también el inglés entrecortado que hacía que Irene se sintiera invisible y no escuchada dentro del sistema médico.
“Las personas marginadas y los inmigrantes llegan aquí y carecen de la representación y el acompañamiento que necesitan en las consultas médicas, o incluso en la escuela o en terapia, para comprender realmente lo que se les está traduciendo. Creo que hablar en el idioma original crea una suavidad, una forma muy especial de acceder a esta mujer que realmente existió. Hay una amabilidad real y una profundidad genuina cuando la escuchas hablar en su propia lengua. Hay silencios dentro de las conversaciones que dicen muchísimo. En inglés, en cambio, la manera en que es percibida —o incluso cómo se expresa— resulta mucho más directa. No es tan matizada. Y, para mí, eso me recordó profundamente a cómo crecí y a cómo veía a mis propios padres”.
Durante el proceso de dar vida a Irene, Liu pensó menos en su propio hijo y más en su madre, científica, y en su padre, ingeniero civil, quienes emigraron desde Pekín y Shanghái, respectivamente, antes de conocerse en Nueva York. La actriz aún recuerda episodios de su infancia, en las décadas de 1970 y 1980, cuando sus padres eran tratados con condescendencia en el supermercado por hablar inglés con acento, o cuando su familia era blanco de insultos raciales en espacios públicos.
“Siento que muchas personas no entienden cómo pueden herir las palabras y el enorme daño que pueden causar en la forma en que los niños se ven a sí mismos”. Aquellas experiencias traumáticas dejaron a una joven Liu con el corazón roto y llena de enojo hacia sus padres por no alzar la voz frente a la injusticia. Sin embargo, al interpretar a Irene, la actriz desarrolló una comprensión más profunda de las luchas que ellos enfrentaban; y hoy reconoce que simplemente estaban tratando de sobrevivir y de poner comida en la mesa.
“Fue devastador para mí presenciar ese trato humillante fuera de casa, así que no sorprende que viviéramos una vida tan cerrada hacia adentro. Probablemente era una forma de protección y una manera de esquivar la dureza de la realidad”.
Desde hace décadas, Liu ha enfrentado en silencio los sesgos sistémicos que han afectado a los actores asiático-estadounidenses. En los años noventa, los agentes de talento la enviaban a audiciones para papeles estereotipados —la palabra exótica aparecía con frecuencia en las descripciones de personajes— o para roles que claramente no estaban escritos pensando en un actor asiático. “No había tantas oportunidades para audicionar porque buscaban un tipo muy específico. Yo no encajaba en ese molde y probablemente nunca lo haré. Creo que es importante ser visto más allá de la apariencia y que lo verdaderamente relevante sea lo que aportas, no cómo te ves en primer lugar”.
Y aunque en algunos periodos apenas conseguía una audición cada pocos meses —en contraste con sus colegas blancos, que podían recibir decenas de oportunidades al día—, Liu nunca consideró tener un plan alternativo ni dudó en abrazar su identidad cultural. “Esas eran las oportunidades que se me presentaban, así que hice lo mejor que pude con ellas. Ojalá hubieran sido más, incluso si no me quedaba con esos papeles. Al final, audicionar implica aprender a convivir con el rechazo, pero como las oportunidades eran escasas, cada vez que entrabas a una sala tenías que darlo todo”.
Lucy Liu ha sido famosa durante tanto tiempo que, para muchos millennials y miembros de la Generación Z asiático-estadounidenses, suele ser la primera figura asiática que recuerdan haber visto en la televisión o en el cine. Sin embargo, incluso en el punto más alto de su fama global a comienzos de los años 2000, la actriz no leía la prensa sobre sí misma, lo que le permitió evitar el escrutinio generalizado en torno a los personajes que interpretó —en particular Ling Woo en Ally McBeal y O-Ren Ishii en Kill Bill—, ambos señalados con el tiempo por perpetuar el estereotipo de la “dragon lady”.
No fue sino hasta hace algunos años que Liu sintió la necesidad de responder públicamente a esas críticas, algo que hizo a través de un ensayo publicado en The Washington Post.
“Para mí, no estaba interpretando un estereotipo. Estaba interpretando a un personaje y si alguien lo ve como un estereotipo solo porque soy y me veo asiática, no sé qué decir frente a eso. No creo que nadie esté llamando dragon lady a Sharon Stone por haber cruzado las piernas [en Basic Instinct], así que me parece muy interesante que esa etiqueta solo pueda asociarse a la forma en que tú y yo nos vemos. Es una lástima. Eso no empaña la manera en que viví esa producción ni a las personas con las que trabajé. Y si hoy interpretara a un personaje sexual, no sé si la reacción sería la misma, porque sería un tema mucho más controvertido de plantear. En Kill Bill todos éramos asesinos, entonces ¿por qué ponerle esa etiqueta específicamente a O-Ren? Me parece francamente absurdo”.
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Aunque reconoce que “todavía hay mucho más espacio” por ocupar para las personas asiáticas dentro de la industria, Liu admite que es “realmente maravilloso” ya no ser la única cara como la suya en las grandes salas del sector. “Hoy hay muchísimos creativos increíbles en la industria haciendo lo mismo [que yo] y me llena de orgullo saber que tenemos una comunidad capaz de participar en las artes y, al mismo tiempo, empoderarse a través de ellas".
Aun así, añade: “Al comienzo de mi carrera, trabajé con gente maravillosa, pero muchas veces era porque esas eran las únicas opciones disponibles; y con el tiempo esas colaboraciones se transformaban en relaciones muy valiosas”.
Durante años, la principal forma de protesta de Liu frente a la falta de respeto dentro de la industria fue trabajar lo más posible para normalizar los rostros asiáticos en Hollywood. (Como ella misma dijo en alguna ocasión, quería tener suficiente “dinero para decir que no”). Sin embargo, durante la pandemia de Covid-19, con un inusual espacio para reflexionar sobre su trayectoria, tuvo una revelación sobre su lugar en Hollywood y comprendió que sus valores habían cambiado.

“Reconocer tu propio valor es una parte fundamental del proceso de convertirte en quien eres y creo que ese valor no tiene que ver únicamente con el dinero. También tiene que ver con los roles. El reconocimiento que tuve conmigo misma fue poner mis propias manos en el volante y eso implica involucrarme en la producción de un proyecto [como productora], pero también saber decir que no”.
Rosemead podría marcar el inicio de un nuevo capítulo, con varios proyectos protagonizados por Liu actualmente en desarrollo. La actriz acaba de terminar un papel ultrasecreto en The Devil Wears Prada 2; encabezará la próxima película de Lulu Wang, producida por la compañía de Barack y Michelle Obama, junto a Charles Melton; y dará vida a una pequeña comerciante de falsificaciones de lujo en Chinatown que se adentra en el mercado negro en Superfakes, la nueva serie criminal de Peacock.
“Me encanta la idea de poder explorar este mundo que existe y que, evidentemente, se ha convertido en una gran amenaza para las marcas reales”, dice Liu sobre la serie, producida ejecutivamente por los hermanos Safdie. “Me interesa ver qué hay detrás del branding, por qué la gente cree que es importante ser percibida de cierta manera o llevar determinada marca. ¿Qué dice eso de ellos y qué creen que dice sobre quiénes son? Hay muchísimo detrás de todo eso”.
Y aunque su papel más reciente ya ha generado un esperado rumor de nominación al Oscar, Liu insiste en que su prioridad es que el público vea Rosemead. “Quería asegurarme de que esta familia fuera recordada, de algún modo, a través de su lucha y no desde un lugar de vergüenza para la comunidad”, afirma la actriz, quien reconoce que, como muchos de sus personajes más icónicos, Irene aún no la ha abandonado del todo. “Creo que honrarlos de esa manera es importante, porque nunca sabemos realmente qué está atravesando alguien. Solo queremos que la gente vea la película y sienta que tiene una opción para no sentirse sola, especialmente en tiempos tan difíciles”. (I)
Este artículo fue originalmente publicado por Harper's BAZAAR Estados Unidos.