En retrospectiva, 2025 fue —en muchos casos— un año de excesos visuales, compras rápidas y estéticas importadas que no siempre dialogaron con nuestra realidad. Conversamos con Pamela Vivero, asesora de imagen, para descifrar qué prendas, hábitos y narrativas estéticas ya no responden a cómo vivimos en la actualidad.
“Muchas veces estamos copiando tendencias pensadas para otros climas, otros cuerpos y otros estilos de vida”, enfatiza Vivero. El resultado es un armario lleno de prendas que ocupan espacio, pero no resuelven nada. Suéteres gruesos o capas que apenas usamos un par de meses al año son algunos ejemplos de cómo la moda, cuando no se adapta, termina desconectándonos de nuestra propia forma de vestir.
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Vestirse para otro clima
Cada temporada, el invierno europeo vuelve a imponerse como aspiración estética. Chompas voluminosas, capas estructuradas y prendas diseñadas para temperaturas extremas dominan el imaginario visual, incluso en contextos donde ese frío no existe o aparece apenas de forma puntual. En Ecuador, esa lógica no se sostiene, el frío no es una condición permanente que justifique vestirnos como si estuviéramos sobreviviendo al invierno.
El problema no es mirar hacia afuera, sino hacerlo sin filtro. Comprar ropa pensada para otras latitudes termina creando armarios poco funcionales, dominados por piezas como abrigos demasiado pesados o botas altas de cuero que —lejos de acompañar el día a día, explica Vivero— se vuelven incómodas frente a la lluvia, la humedad o los cambios bruscos de temperatura. En un país de microclimas, con muchas variaciones concentradas en un territorio reducido, la moda necesita responder a esa realidad cambiante.
Más que construir el clóset alrededor de prendas diseñadas para el invierno extremo, Vivero asegura que tiene sentido apostar por capas ligeras, chaquetas livianas y telas transpirables. Los textiles naturales y las piezas versátiles no solo ocupan menos espacio, sino que se adaptan mejor a trayectos que pueden ir de Quito a Guayaquil en una misma semana.




El fin de la elegancia incómoda
Durante años, la idea de que “la belleza cuesta” se instaló como una verdad incuestionable. Zapatos altos imposibles, prendas que aprietan, estructuras que limitan el movimiento, todo parecía justificarse bajo la promesa de verse elegante. “Hoy no necesitas usar tacones ni prendas incómodas para verte elegante. El verdadero lujo está en poder moverte, sentirte libre y seguir viéndote bien”, señala Vivero.
La moda contemporánea propone otra lectura del lujo, una que prioriza la funcionalidad sin renunciar a la estética. En un contexto como el ecuatoriano donde el día transcurre entre caminatas largas, transporte y cambios de temperatura, insistir en códigos que incomodan deja de tener sentido. Para Vivero, la elegancia ya no se construye desde el sacrificio, sino desde la coherencia entre el cuerpo, el estilo de vida y lo que se lleva puesto. Elegir comodidad no es bajar el estándar estético, es redefinirlo.




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El minimalismo neutro
El minimalismo se ha consolidado como sinónimo de elegancia. Pero en su versión más repetida, beige, blanco, gris, fórmulas silenciosas, convirtiéndose en una estética ajena a nuestra forma de vivir. En países como el nuestro, donde el color atraviesa el paisaje, los mercados, la música y la cotidianidad, neutralizarlo todo no siempre es una elección consciente, muchas veces es una imitación automática. “El error está en copiar la estética sin adaptarla. Las tendencias pueden inspirarnos, pero siempre hay que tropicalizarlas para que funcionen en nuestro contexto”, explica Vivero.
Y ahí está el punto. El problema no es el minimalismo, sino entenderlo como una renuncia al color. Vestirse de forma simple, depurada o intencional no implica borrar la identidad visual latinoamericana. También se puede construir un look minimalista desde un monocromo azul, un verde profundo o incluso desde estampados bien pensados. El orden, la proporción y la coherencia no dependen del beige, señala Vivero.
En un territorio tropical, lleno de contrastes y vida, el color no es exceso, es lo que somos. Adoptar una estética minimalista no debería obligarnos a vestir como si viviéramos en otro continente. Al contrario, “la clave está en reinterpretarla desde nuestra cultura, entendiendo que la sobriedad también puede ser vibrante y que la elegancia no está reñida con la alegría visual”, concluye Vivero.




Pensar el clóset para 2026 es entender que la moda no debería imponernos una versión ajena de nosotras mismas. No se trata de seguir fórmulas externas ni de perseguir estéticas que no dialogan con nuestro entorno, sino de construir un estilo que acompañe, funcione y evolucione con quien lo lleva. (I)