Jesús se conecta para esta entrevista desde Göttingen, Alemania. Está a más de 10.000 kilómetros de Cotacachi y se prepara para subir al escenario del Good Good Festival, un encuentro de “música del mundo” que durante dos días reúne bandas de cinco continentes, con sonidos que van del hip-hop y la electrónica a la salsa, el desert blues o el thai-psych rock. Jatun Mama, el dúo que comparte con Félix Maldonado, se presentó también en un pequeño club llamado Nörgelbuff, donde suelen presentarse proyectos de reggae, cumbia electrónica y otros cruces sonoros.
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Antes de tocar, Bonilla tiene un pequeño ritual. Se inclina, se pone un collar de protección y piensa en los abuelos. Dice que, al hacerlo, siente el abrazo de su casa, la energía de su comunidad, la presencia de quienes lo cuidan aunque estén lejos. “El tocar también es entregar y recibir energía; y yo creo que es importante estar ahí abrazados por la gente que nos quiere, la familia, los panas, por todos”. Este músico confiesa que aún se pone nervioso antes de cada presentación. Pero eso es algo que no quiere dejar de sentir. “Esa emoción es una parte importante de la vida de cualquier artista”.

Nació en Turuku, una de las 45 comunidades quichuas que forman parte de la UNORCAC, en Cotacachi. Califica su territorio como pequeño, pero profundamente querido. Le gusta la paz, el sonido, la montaña y repite con orgullo que allí todavía se vive en comunidad. Es el menor de cinco hermanos y creció pegado a la música porque en su entorno se celebran varias fiestas al año relacionadas al maíz y al calendario agrícola. Aunque sus padres trabajan de la tierra, todos los hermanos se dedicaron a la música. Son la primera generación en hacer de ella su oficio.
Su primer modelo fue su hermano Roberto, que tocaba guitarra, charango y quena. Jesús empezó por las flautas tradicionales, las sikus y —ya en la adolescencia— se dejó atravesar por otras estéticas como el rock, el metal y el reggae. Esos sonidos lo llevaron a comprarse su primera batería y aprender a tocarla a fuerza de práctica y curiosidad.
Asimismo, recuerda que sus padres siempre los criaron para ser independientes. Por esa razón, estudiar producción musical en la Universidad San Francisco de Quito fue posible gracias a una beca y a un préstamo. “Ni siquiera yo sabía claramente de qué se trataba la carrera, pero me emocionaba aprender a tocar y producir. Sabía que me ayudaría a construir algo que en ese punto no tenía claro musicalmente”.
De lo que sí tenía certeza era la necesidad de registrar esas melodías que, para él, eran un lenguaje familiar que merecía ser cuidado.
En Quito vivió siete años: cuatro dedicados a la universidad y tres a trabajar en proyectos de enseñanza musical y de lengua quichua. En 2012, nació su primer gran proyecto llamado Humazapas. Aunque el grupo se configuró con el tiempo, su origen está en un puñado de adolescentes de las comunidades de Turuku, San Pedro, Jatun Topo y Anrabí que decidieron rescatar sus sonidos y bailes y llevarlos a otros escenarios.

Hoy Humazapas es un colectivo de 12 personas, ocho músicos y cuatro bailarines, que se presenta como una fiesta andina y ha logrado llevar su propuesta a festivales dentro y fuera del país. El nombre se traduce coloquialmente como “cabezones” y hace referencia a las pelucas que utilizan en escena, inspiradas en la antigua Danza de los Abagos, un baile ya extinto cuyos personajes llevaban pelucas confeccionadas con cola de vaca.
La banda firmó con ZZK Records, un sello con base en Buenos Aires y presencia en Los Ángeles, que se ha dedicado a impulsar música latinoamericana de raíz. Su disco “Sara Mama” fue considerado en la categoría de Mejor Álbum Global del Año en los premios Grammy. Con ese impulso comenzaron las giras: México, Alemania y otros países europeos. Bonilla siente que con Humazapas han trazado un camino “interesante”, aunque insiste en que la ruta sigue en construcción y que están trabajando en un segundo disco.
Mientras la tradición se afianzaba en ese primer proyecto, en Jesús empezó a crecer la necesidad de un espacio más libre. Ese lugar es Jatun Mama, que se concibe como un territorio de experimentación, un diálogo entre ritual y electrónica.
“No estamos tan amarrados a esta necesidad de seguir manteniendo lo tradicional, sino a un espacio donde puedes componer e interpretar música que pueda convivir no solamente con elementos tradicionales de la música ecuatoriana, sino con elementos globales”. La idea apareció hace tres años, después de tocar con Humazapas en un festival de música electrónica. Jesús se preguntó qué pasaría si se aproximaran al formato del festival sin perder su mirada de comunidad y de esa duda nacieron los primeros beats.

Jatun Mama se consolidó como dúo formado por Bonilla y Félix Maldonado, también músico comunitario. Desde Cotacachi, ambos comenzaron a construir una propuesta que algunos describen como música quichua experimental: una electrónica que no parte de los centros globales, sino de la experiencia de los pueblos y que se alimenta de rituales, instrumentos y lenguas propias.
Su primer disco, “Ura Uku”, fue producido entre tres sellos: Eck Echo y ANTA Records, con base en Berlín, y Kimchi Records, la disquera que Bonilla impulsa, y se publicó en plataformas digitales en septiembre de 2025. El primer sencillo, “Chificha Pugru”, apareció en julio como una puerta de entrada a ese universo. En otros temas, Jesús ha utilizado grabaciones de cantos rituales y bombos para reforzar la textura sonora y la carga simbólica de las composiciones.
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Bonilla parte de melodías vinculadas a rituales y luego añade capas de sonido que ayudan a intensificar su intención, ya sea para la siembra, la cosecha o las celebraciones que marcan el tiempo en su comunidad. Sobre el futuro, cuenta que ya tiene adelantado el segundo disco tanto de Humazapas como de Jatun Mama; y que espera lanzar el nuevo trabajo de este último proyecto a finales de 2026 o inicios de 2027. En ese álbum se escucharán más de sus gustos por el hard tech y el objetivo de seguir rescatando su idioma y sus instrumentos, al tiempo que intenta “destruir un poco lo que ya está establecido y construir una nueva propuesta”.

A pesar de las giras, Jesús vive en Turuku. Dejó Quito y el ruido de la Capital para volver al lugar donde se conectó, por primera vez, con la música. Es coordinador de la carrera de música popular en el Instituto Superior Luis Ulpiano de la Torre, en Cotacachi; y ha montado un estudio en su casa, un espacio que describe como una especie de portal. Cuando entra, el tiempo se alarga, pueden pasar cinco o seis horas sin darse cuenta. Se emociona, se llena de ansiedad por las cosas pendientes, pero se queda ahí, cargando pistas, grabando, construyendo los primeros tracks de lo que vendrá.
Esa emoción quiere que la sientan también las nuevas generaciones. Por eso, junto a otras personas de la comuna, ha impulsado una escuela de transmisión de saberes para niñas y niños. Ellos conocen los proyectos, se acercan a la casa a tomar clases, aprenden a tocar y los conciertos se realizan dentro de la comunidad. Lo que más le gusta a Jesús de ese proceso es que su mamá se involucra. A ella le encanta bailar, estar ahí, compartir con las vecinas y los vecinos.
Para él, esa escuela es tan importante como los discos o las giras.

En cada presentación vuelve la certeza para él de que lo quichua es bailable. Su música se puede y se debe bailar. Piensa que las estructuras sonoras de Latinoamérica —las de los Andes, la Costa, la Amazonía— son nuestras, de todos, y que deberíamos permitirnos bailar. Tal vez por eso insiste en que la música es el único lenguaje verdaderamente sincero que ha encontrado.
Su deseo es que esa sinceridad deje de ser un privilegio reservado para quienes pueden pagar estudios o instrumentos, y se convierta en un derecho. “Quiero que todos podamos tener acceso a ella, respetuosa con lo que creemos, con nuestro pasado, nuestro presente; más para los pueblos de nacionalidad ancestrales”. Desde Turuku al escenario de un festival en Göttingen, esa es la ruta que Jesús Bonilla está trazando a través de este arte. (I)