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Fotografía: Daniel Queirolo.

Hay secretos bien escondidos en el Centro Histórico de Quito. En este sector, detrás de cada fachada hay historias, museos íntimos, secretos, leyendas y familias enteras que dejaron pequeños rastros de lo que fue su vida. El mundo de Iván Cruz es uno de esos secretos a voces. Al atravesar una puerta alta de madera, el ruido de la calle se apaga. Una casa antigua de tres pisos se despliega al pasar el pasillo principal. Es un lugar donde las épocas se superponen y el coleccionismo convive con plantas que parecen crecer en todas las direcciones. Apenas entras, un árbol de magnolia grandiflora te recibe en un patio interno y deja pasar algunos rayos de sol de la mañana entre sus ramas.

Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo.

Esperamos al dueño de este universo en la terraza del último piso. Allí, piezas de culturas como la Manteño-Huancavilca o Jama-Coaque conviven con monsteras de hojas enormes. También está un pequeño comedor, libros y pilas de discos. La vista se abre hacia el Panecillo y a todas las casas que acompañan a la virgen en las faldas. Iván Cruz llega al espacio. Basta con una búsqueda en internet para saber que ha estado involucrado por décadas en el arte y en la cultura del país. Se destaca por sus investigaciones, sus publicaciones y, por supuesto, las colecciones que adquirió con el tiempo. Tiene 79 años y, entre sarcasmo y una risa breve, dice que ya está en el ocaso de su vida. Es, sin duda, una persona reservada, celoso de lo que pasa puertas adentro y de lo que cuenta.

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“Soy quiteño, hijo de quiteños, nieto de quiteños y bisnieto de quiteños”, indica con firmeza. Su infancia fue en el barrio conocido como Mama Cuchara, junto a sus cuatro hermanos. Su padre, militar, murió a los 50 años, cuando él tenía solo nueve. “Desde ese momento mi madre tuvo que afrontar una casa con cinco hijos. Educar, mantener y vestir”. Tomamos una taza de café en esta terraza —donde también aparece su perra Pepa mientras se escucha de fondo boleros y latin jazz— aquí Cruz recuerda esos primeros pasos que dio en el coleccionismo, una obsesión en su vida. Cuando estudió en lo que fue el colegio San Luis Gonzaga, en el centro de la ciudad, obtuvo sus primeros objetos.

Fotografía: Daniel Queirolo.
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Fotografía: Daniel Queirolo.

“Era un juego de muebles que el padre del lugar estaba botando. No sé cuánto me costó ni de dónde saqué la plata. Esta ha sido la historia de mi vida. Nunca tengo dinero pero siempre he querido cosas”.

Aunque también hace un análisis de dónde pudo nacer ese interés. “Tiene algo que ver con la muerte de mi padre, la orfandad y la casa de mi abuela que estaba llena de cosas viejas". Terminada esta etapa escolar, las únicas cosas que podía estudiar Cruz eran leyes, ingeniería o medicina. Se decidió por la primera, junto a filosofía. A los 20 años se casó. Tenía un amigo poeta en la universidad con quien se veía a la hora del café. Él le presentó a Luce de Perón, gestora cultural, con quien luego trabajaría en la galería en la capital conocida como Artes. Juntos crearon exposiciones, eventos, conciertos y obras de teatro. Si algo recalca este personaje es que, en ese momento y en Latinoamérica, no había una tendencia a especializarse en algo. Por esa razón, empezó con arqueología, arte colonial, arte contemporáneo, entre otros. Durante 35 años, se vio sumergido en este mundo.

Luego de que terminó su matrimonio y en búsqueda de otro hogar, halló la casa en la que nos encontramos durante esta conversación. “Sabía que no quería irme a los valles y tampoco quería un departamento. Cuando la encontré estaba en una mala condición”. Medio año pasó en permisos municipales y dos en la restauración completa del lugar. 

Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo.

Mientras recorremos su casa, parece que hay un diálogo entre las piezas. La posición, la composición, las pinturas colgadas que responden a una razón, a una historia detrás. Cruz confiesa que no siente que el coleccionismo sea una profesión; para él es un gusto, como el fútbol. “Generalmente uno se dedica a hacer un banco y luego una colección, pero yo no hice lo primero. Me considero un mal anticuario, en el sentido de que hago lo que no se debe hacer, que es enamorarse del stock. El anticuario vende, pero yo intento guardar lo más posible”.

Él no habla mucho cuando nos muestra los salones de su hogar, pero sí contempla, como si las memorias le llegaran cada vez que se detiene frente a una pieza. Y eso es lo que dan ganas de hacer cuando uno entra a este lugar: contemplar, pasar horas viendo cada objeto, cada detalle. Se ve una estética trabajada durante años y que probablemente hoy cobra mucho más sentido. Cruz colecciona de todo: desde cucharas de plata con nombres grabados de antiguos dueños, manteles de mesa, libros, música, fotografías, puertas, bateas… la lista es interminable. Cuando le pregunto por un número total de piezas en su casa, la respuesta es negativa. “Sé todo lo que hay, pero no lo tengo enumerado”. Podríamos pasar días contando lo que hay en estas paredes.

Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo.

Historiadores han descrito cómo, durante el siglo XX, el coleccionismo de arte en Ecuador fue un asunto de élites y de casas grandes. Había familias que acumulaban arte colonial, objetos arqueológicos, pintura moderna y bibliotecas inmensas como parte de su manera de habitar la ciudad. Esas colecciones privadas convivían con un Estado que recién comenzaba a construir un sistema de museos nacionales y provinciales. Muchas pasaban de una sala familiar a una vitrina pública, otras se vendían a anticuarios o salían del país. En la memoria de Cruz aparecen nombres como los Gangotena o los Jijón: casas llenas de objetos, vajillas, retratos y libros que, con el paso del tiempo, se dispersaron en remates discretos o en ventas “a puerta cerrada” a compradores extranjeros. Para él, ahí se perdió una parte decisiva de la historia cultural del país.

A finales del siglo XX y en las primeras décadas del XXI, el péndulo se movió hacia el lado contrario. El Estado endureció la legislación sobre el legado. La reforma más decisiva llegó con la nueva Constitución de 2008, que amplió la definición de patrimonio cultural y reforzó las obligaciones del Estado para su protección. En los años siguientes, con nuevas normas y organismos, buena parte de lo arqueológico y colonial pasó a ser declarado patrimonio de la nación, con fuertes restricciones a la venta y exportación de artículos.

Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo.

De acuerdo con Cruz, este intento por proteger lo que quedaba y evitar nuevas fugas, en la práctica, dejó al coleccionista privado en una zona gris. Para él, hoy estas personas son “simples tenedores”. Es alguien que no puede vender ni sacar obras del país. En general, si una pieza fue legalmente adquirida y registrada antes de ser declarada patrimonio, su propietario conserva la posesión, pero se queda en esa figura. Está sujeto a restricciones para vender, trasladar o exportar. Para él, ese cambio legal, sumado a la falta de inversión consistente en museos y reservas, “mató el negocio” y produjo una paradoja: se frenó el mercado sin que el Estado logre realmente cuidar las colecciones. Él mismo ha visto elementos que eran de su propiedad y, por falta de buena práctica, terminaron destruidos después de años en reserva. Entre las grandes casas que se vaciaron y las bodegas públicas que no terminan de organizarse, su casa funciona como una rareza: un lugar —cerrado al público— donde las piezas siguen hablándole a alguien que las mira todos los días.

Con este panorama, él afirma que el artista está condenado a una segunda muerte. “La primera cuando la naturaleza manda y la otra cuando su obra no puede competir en los mercados internacionales. ¿Dónde se vende un Botero? En Nueva York, en París. Pero aquí en el Ecuador ¿qué? Guaysamín no se puede sacar, ni Ramiro Jácome, ni Kingman, ni Varea. Nada se puede sacar. Aquí nadie compra y a nadie le interesa”.

Fotografía: Daniel Queirolo.
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Cruz logró tener amplias colecciones históricas gracias a su trabajo. Entre finales de los años ochenta y la década de 1990, una parte importante de sus piezas arqueológicas pasó a las colecciones del Banco Central del Ecuador; más tarde, entre la segunda mitad de los 2000 y los primeros años de 2010, su colección arqueológica se integró al Museo de Arte Precolombino Casa del Alabado, donde hoy se exhibe como parte de la muestra permanente.

Para él, este vicio, como lo llama, hace que se olvide de la realidad. No importa que la plancha o la cocina se hayan dañado, “había que comprar un santo”. Guarda pequeñas memorias, como aquella en la que alguien decía que, cuando él pasaba, los retratos colgados en la pared se sonrojaban. Así esta casa se llenó. De broma, le comento que parece estar ya completa y él afirma que tal vez podría llenar otra, que estos 380 metros de terreno ya están colmados. Cada espacio tiene un aire diferente, pero su biblioteca parece ser el lugar que más dialoga con él. Décadas de conocimiento e investigación en estanterías. La luz entra de manera bondadosa, como si no quisiera dañar lo que está adentro. Cruz se mueve en este lugar, como en toda su casa, con la fluidez de quien conoce lo que tiene y se relaciona con cada elemento. Todos los días aprende algo nuevo: al sacar sus libros, recuerda, crea y analiza.

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A esta edad, dice que ya no está interesado en planes a futuro ni en lo que pase después con su colección. Es crítico de la situación actual de la cultura y repite que debería ser rentable, como en otras partes del mundo. Pero, incluso en lo que podría leerse como pesimismo, aparece un apasionado que sigue inventando. Poco antes de finalizar el recorrido nos muestra su nuevo proyecto, “que está cocinando”. Es sobre el tejido social urbano que se esconde en los pesebres clásicos de los siglos XVIII y XIX. Cuando se camina por su casa, es evidente el cariño que le tiene a su colección y el ingenio con el que decide mostrarla. Hace pocos meses compró unas bases para piezas pequeñas que giran sobre su propio eje gracias a la luz solar. De alguna manera poética, es como si la casa estuviera en una relación simbiótica con los objetos.

Fotografía: Daniel Queirolo.
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Fotografía: Daniel Queirolo.
Fotografía: Daniel Queirolo.

“Yo creo que la obra de arte tiene la posibilidad de ser decodificada. Más allá de la cerámica o de la antigüedad, guarda un sentimiento, una sensación humana. Los problemas que tenían los chorrera o los manteños son exactamente los mismos que los míos: la salud, la vida, la guerra, los hijos, los padres, la eternidad. El arte es algo que tiene miles de niveles de comprensión. Entonces, cada vez el objeto te va dando nuevos mensajes. Uno ve, se divierte, sufre y los cuida, los limpia, los pone y los cambia”.

Pareciera que estos elementos le hablaran y marcaran el ritmo de sus días. Nos despedimos de él con un apretón de manos y con la sensación de que, al cerrarse esa puerta, también se cierra, por un momento, un mundo paralelo. Uno de esos lugares que quizás no se visite de nuevo, pero que se queda habitando en la memoria como un secreto compartido entre las cosas y quienes todavía las escuchan. (I)